Capítulo 18. Un desenlace no muy feliz.

Los funerales son una ceremonia inútil.
Se conglomeran personas que en tu vida has visto con el fin de verte botar lágrimas y mirar, si es que son valientes, tras el cristal del moribundo cadáver.
Resulta que recibes mil y un abrazos de gente desconocida, repitiendo las mismas palabras de consuelo una y otra vez, como si creyeran que con eso solucionaran algo.
En realidad, no saben nada.
Mamá nos dijo, a Oxley y a mí, que quería ser velada durante tres días y dos noches, y como no podemos faltar a sus deseos, aquí nos tiene.
La ceremonia es ridícula.
Nuestra vecina, una viejecilla cotilla, que usa un delantal de esos que regalan en las carnicerías, se acerca a mí. No hace otra cosa que llorar y repetir lo maravillosa que era mi madre, olvidando que cuando ella vivía, no hacía otra cosa que llamarla perra comunista.
No logro entenderlo.
Pese a ello, le devuelvo mis agradecimientos de la manera más cortes que el dolor y recelo me permite, sin conseguir el éxito de quitármela de encima.
Logan, a unos pasos de mí, me ve atorada. Como siempre, se ve en el papel de salvarme el pellejo, disculpándonos y llevándome fuera del estrecho espacio.
Encendemos nuestros cigarrillos y les damos desesperadas caladas, como si la vida dependiera de ello. Como si la vida depende de ello.
—¿Cómo estás? —me pregunta, empujando el humo por la nariz.
—No sabría como estarlo —respondo con sinceridad— Resulta que mamá ha muerto ¿Sabes?
—Sí, lo sé.
Parece ya un diálogo maquinal, pero no nos importa. Él está aquí, apoyándome, y de todo corazón, se lo agradezco. No tarda Oxley en unírsenos, con un cigarrillo ya en su boca.
—Ya queda poco —comenta Oxley, mirando su muñeca—. Se cubre de tierra y todos marchan lejos.
Un gruñido escapa de los labios de Logan. Arroja la colilla del cigarrillo a la hierba y la aplasta, llevándose los dedos a los labios, en donde prende una argolla de plata.
—No te olvides que vuelven —dice Logan, mirando hacia el cuerpo fúnebre—. Esto es cíclico.
—A nadie le interesa la metafísica o esas idioteces, imbécil.
Me molesta realmente lo idiota que puede llegar a ser Oxley, sin embargo, trago la ola de insultos que recorre mi garganta, y persigo con la mirada a los hombres de ternos negros que cargan con el cajón de mamá.
—¿Piensas que pueda reencontrarla? —murmuro lo suficientemente bajo para que no se escuche y, efectivamente, nadie oye.


La casa que alquilamos con Logan es tres veces más grande de las que he habitado en mi corta existencia. Resulta que tiene un patio de fondo inmenso y silvestre, con árboles y muchas enredaderas. Crecen también frambuesas, las que recoge María, nuestra vecina, para prepararnos mermelada y tartas.
Hay algo dulce en vivir con Logan.
Todas las mañanas, cuando el despertador suena a las seis, y el alba aparece, amanecemos con un humor de dioses. Logan me cuida y trabaja. Trabaja en una empresa constructora, conduciendo camiones, y sale muy temprano y vuelve muy tarde. Pese a ello, llevo bien mi soledad. Es algo que se me da desde siempre.
No soy muy buena en cuestiones del hogar, pese a ello, intento hacerlo. Por los tres.
Tras la muerte de mamá las cosas dieron un vuelco, y, como Oxley dijo, la tierra de volcó sobre ella y sencillamente, desapareció.
Tuve que ingeniármelas para sobrevivir.
Dentro de los planes de mamá nunca estuvo el morir, por lo que las deudas extraídas en vida hubieron de ser pagadas con el remate de la casa. Y gracias a Dios Logan estuvo y está aquí, ahora, para mí.
Sus padres se trasladaron definitivamente a los Estados Unidos. Tras el trágico desenlace que hubo en Cuba, decidieron frenar el caos de los partidos políticos, y poner fin, una vez por todas, a tanta tontería.
Mamá murió luchando por ideales. Oxley casi también lo hace. Fue una lección que son sirvió a todos, y pese a las pérdidas, nos devolvió algo de paz.
No se habla más de Derecha ni Izquierda. Aquí todos son agnósticos y no creyentes. No se habla más, dijimos.
Y no se ha hablado más.
El impasse con Oxley fue arreglado. Nuestro viaje a la capital fue arreglado. Logan nos perdonó, o al menos, a mí.
Consigo llevar a flote estos sentimientos tan disparatados y consumarlos de una vez por todas. Amo a Logan, es todo lo que sé. Y amo al bebé que llevo dentro.
Logan no está de acuerdo con hacer pruebas de embarazo. Confía plenamente en que este hijo es suyo, y, aunque la incertidumbre está presente, yo también lo creo así. Si no fuera de esa forma, él me aseguró que lo aceptaría como suyo.
Oxley no está tan perdido. El muchacho de ojos brillantes ha decidido definirse. Es gay, al menos, por ahora. El episodio que robó tantas vidas al menos dejó algo de bueno: el amor. Su nombre es Ignacio, un muchachito de recién cumplidos dieciocho años, buen mozo, y con un futuro brillante. Quiere dedicarse al cine, y Oxley quiere ser su guionista. Veamos si resulta.
Logan y yo nos proyectamos en grande. La casa que nos dejaron sus padres es demasiado espaciosa y muy cara de mantener. Estamos haciendo las transacciones para venderla y adquirir una más pequeña, en un barrio bueno, con un amplio patio y frambuesas. El sentido de madurez es ya parte de nosotros, aunque todavía no superamos el hecho que existe un niño en nosotros e intentamos en ello sacar sus frutos.
Quiero estudiar literatura y Logan me apoya. En mis tiempos libres, además de ocuparme en las cosas del hogar, avanzo mis proyectos. Logan quiere estudiar medicina y su padre está contentísimo con ello. Se acerca navidad, y ellos vendrán a visitarnos, y de paso, a ayudarnos a construir nuestros planes y deseos.
Estoy segura que todo resultará magnifico.


mutisija:

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Rico

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Y si fingimos que nos queremos?

Agua, puchito, mezcla hecha por la gaby y mentolatum para el resfriado

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DRAMA - Matias Lira

The best

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La mejor pelicula chilena

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JACINTO-NOVELA

CAPÍTULO 17. “ROBERTO”


La macabra noche de aquel fin de noviembre parecía dejar con el alma en mano a todo habitante de la tranquila ciudad de Potyhul. Y una pajera de enamorados, que gozaban sosegados la amena noche veraniega, fue asaltada también por la injusta mano del antagonista defensor del mal.
Con ojos inquietos, y los sentidos en alerta, bajaban las escaleras destrozadas por las balas. El olor a pólvora penetraba el lugar y el desosiego era el único alimento de las paredes. Gabriela, parecía más pálida que nunca. Las ojeras se acentuaban en su fino rostro y sus labios hinchados y rojizos parecían formar un puchero trémulo cada vez que volvía la cabeza para ver a su amado. Logan llevaba constantemente el ceño fruncido, preocupándose si no de otra cosa que buscar a alguien dentro de la casa, pues él estaba consiente de que las vigilias podían durar algo más de lo normal.

La joven iba descalza, cuando sintió un trozo de vidrio insertarse en su pie. El material punzante le atravesó la carne, sin darle tiempo siquiera para guardar silencio. Las lágrimas brotaron del fondo de su corazón, no solo por el dolor, si no por todo lo vivido. Logan se apresuró en socorrerla, rogándole guardar silencio y secándole las lágrimas que le cubrían todo el rostro. Los azulados ojos del joven se habían vuelto cristalinos.
–Tranquila –dijo él, acariciándole la espalda.
Retiró con sumo cuidado el vidrio de la delicada piel de Gabriela, y cuando lo arrojaba al suelo, cayó en la cuenta de algo que no se había percatado antes.
Era uno de esas advertencias, hechas con recortes de revistas. Un papel desgastado y amarillento, a unos centímetros de Gabriela.
—Logan…—la voz de Gabriela sonaba como un alarido— No…
El mensaje era breve y ambos habían sabido ingerirlo en unos cuantos segundos.

“El medio más eficaz es la confesión,
pues sino, todos sufren”

Y al pie de la página, un poco más pequeño:
Oxley.

—Bueno —empezó ella—. Ya sabemos por qué no ha vuelto. Logan, debemos hacer algo, esos mierdas le habrán estado buscando desde ya mucho tiempo, y como no han encontrado nada… nos cagaran a nosotros. Logan, yo no quiero que nada malo te pase. Te amo. Y Oxley, bueno, él no ha renunciado al partido, mi madre tampoco… son demasiadas evidencias, suficientes para aniquilarlos. —Silencio—. ¿Logan, estás ahí?

El chico tenia esa mirada ausente, como quien olvida de pronto donde esta y solo es capaz de concentrarse en una cosa y olvidar todo lo demás. Lograba escuchar vagamente a Gabriela, en un constante monologo, pero lo eludía con facilidad. En su mente solo había espacio para la concentración en aquel tema que le volvía loco, que instaba a la bestia demoniaca de su interior a aparecerse con toda su viveza y poder. Una punzada aguda le estranguló la nuca, y ahogó un grito de horror. Sentíase tan ardiente de pronto, que optó por abandonar aquella habitación impregnada en oscuridad y desastre, dejando en solitario a su joven novia.

—¿Amor, qué pasa, qué haces? —Oyó muy por lo bajo—¿Estás bien, necesitas ayuda?

Levantó el brazo e hizo un gesto con la mano, indicando que le dejase en paz. Gabriela entendía aquel lenguaje, y sin embargo se sintió tan incomoda como la primera vez. No todo en esta relación es pintado a color —pensaba ella— hay cosas que odio de él, y es aquello lo especial.
En el fondo, Gabriela reconocía que trataba darle vueltas a un asunto sin pies ni cabezas. El suceso de Logan, por supuesto, le resultaba incomodo, pero no lo bastante preocupante como el peligro que corren sus vidas en este mismo instante. Pero la idea de tener que enfrentar el asunto de Oxley, saber que ocurría con el chico, con su madre y que pasaría con ellos…la aterraba locamente. Su alma ahora era trémula y llorosa, presa del inquietante pavor. Sabia que su consuelo era hablarlo con Logan, que él buscase una solución. Y otra, que resultaba eficaz siempre, era plasmarlo en el papel.

—Antes debo arreglar esto —pensó en voz alta—. Que tal si mamá llega, y se topa con este desastre… ¡inconcebible!

Recogió cada vidrio, cada trozo de madera o de algo y volvió la mayoría de las cosas a su sitio. Consiguió unas cuantas velas, las cuales dispersó a lo largo de la casa. Abrió las ventanas, permitiendo que la brisa cálida impregne el lugar y sus poros. Se detuvo un momento para observar la luna, y para conversar consigo misma, convenciéndose de que todo resultaría bien, y que no hay nada del que preocuparse. Anduvo a través del corredor con un incienso en mano y la casa se llenó de paz y fragancia a vainilla. Preparó café, derritiendo los terrones antes y disolviéndolos junto al café, como alguna vez su abuela le enseñó. Y disfruto de aquella noche como si nada hubiese ocurrido, llenándose de la fragancia que desprendía su gran tazón, del aroma que brotaba de las letras que grababa en su cuaderno y alimentándose de la esperanza que Logan, Oxley y Loreto se encontraban tan amenamente como ella estaba.

El sol traspasaba los cristales, las cortinas y parecía que también sus parpados. La joven, en consecuencia, se los refregó con las manos. Frunció el ceño y dio un amplio bostezo. Se había quedado dormida, arrellanada en una posición incomoda en el diván medio destrozado de la gran sala de estar. El cuaderno estaba aún en su pecho, intacto. Y el tazón de café fuertemente sostenido por su mano izquierda. Lo dejó en el alféizar de la ventana y se incorporó de un brinco.

—Dios… —exclamó, viendo el reloj—- Son ya las tres…

Las tres de la tarde, un día excelente, y la casa completamente sola. Se preguntó donde estaría Logan, y si quedaría algo en la nevera, pues el estómago le gruñía. Se desperezó un tiempo más y acercándose al televisor intacto, comprobó que la electricidad ya había llegado.
—Mierda—-se quejó, pateando la nevera—-. Tendré que ir a comprar.
No había nada que fuese apto para ingerir, nada más que la clara de un huevo de hace meses y un cartón de leche que venció hace mil años.
Más que disgustada, agitó la cabeza y empuñó las manos. Agradeció al menos tener algo de dinero, que su madre se había encargado en depositar. Hubo ascendido las escaleras como un relámpago hacia su habitación, echarse encima chándal, coger el dinero e irse literalmente corriendo hacia el almacén más cercano.

Mientras traspasaba la amplia calle de su vecindario, cayó en la cuenta de que la gran mayoría de las casas habían sido allanadas como la suya, teniendo a los dueños de casa haciendo guardia en los pórticos y lanzando miradas de desconsuelo.

–Vecina –le exclamó una regordeta–. ¿Han entrado esos vándalos a su casa también?

Gabriela se acercó hacia la mujer, creando con la mano un escudo contra el sol sobre la frente, para mirarle mejor. La mujer, de cabellos pelirrojos, de rostro pálido y demacrado, le sonrió.

—Sí—replicó—.Anoche, como a las diez, comenzaron a disparar.

—Dicen que su casa fue una de las primeras…

La joven trató de descifrar la expresión del rostro de la mujer, pero los rayos del sol le golpeaban justo en el rostro.

—No lo sé —repuso—. Pero dejaron la casa que ni le cuento.

—Sí —le siguió—. Aquí también…están buscando a mi negro. Yo no sé como éste tonto se fue a inscribir a esa cuestión del partido. ¡Yo le dije, le dije que era riesgoso! Una debe ser siempre imparcial, señorita, fijarse en lo debido no más, y no creerse el cuento de las luchas ni todas esas mentiras. Yo sé que usted me entiende, señorita ¿O no es así?

La joven asintió y esta vez si distinguió la expresión en el rostro de la mujer. Era acusación, le miraba fijo, como echándole la culpa de algo. Gabriela sentíase ofendida, sin embargo no andaba de ánimos como para iniciar una pelea.

–Tiene razón, señora. Y claro, no estoy inscrita en ningún partido ni asociación. Pero un conocido, que alguna vez en mi vida vi, es al que andan buscando… tengo el presentimiento que éstos necesitan deshacerse de cualquier persona a como de lugar.

—Si pues mija, así son los ricos y poderosos. Mientras menos problemas causemos, mejor… ¡pero mire usted, que todos andan tan revoltosos en este tiempo, y así nos cagan a todos!

—Yo creo que si uno tiene una postura, debe guardársela, y no afectar al resto. Bueno, señora, me temo que tendré que dejarla. Mi vieja no llega aún, y debo alimentarme… ¡Adiós!

—¡Adiós, mijita! ¡Ande con cuidado!

Gabriela mira sobre el hombro a la mujer y le dedica una sonrisa. Al menos, había despejado rumores. Esa mujer era la chismosa del barrio, y por supuesto urgía en información sobre todo lo que aconteciese en el sitio, para desparramarla a todo el vecindario.

El almacén Moctezuma se ubicaba en una esquina; un edificio antiguo, de sólido concreto y de una arquitectura estrafalaria que le singularizaba del resto de casas que constituían el barrio Fentton. Gabriela traspasó la pesada puerta con algo de dificultad y sentíase atestada a aquel olor a añejo que provenía del antiquísimo edificio, que con el calor insoportable del día parecía hacerse más intenso.
La joven tenía la costumbre de contener la respiración y olvidar por completo el repugnante olor que desprendía la mezcla de productos en el local, viéndose los pies y caminando insegura a través de los angostos pasillos. Veía frutas, vegetales y congelados sin llamarle mucho la atención. Se dispuso a avanzar hacia la nevera con los helados, pero quien creía reconocer y tener al frente, paralizó sus movimientos.
Se trataba de aquel joven que usaba esos tejanos desgastados y viejos, muy holgados, a juego siempre con aquellos bototos oscuros que parecían tener miles de años y permanecer intactos. Levantaba los ojos poco a poco, mientras sentía bombear desbocado su corazón en los oídos.
–¿Oxley? –La chica pareció respirar nuevamente tras decirlo.
La miró de una manera penetrante, como si pudiese traspasarle las entrañas. Sus ojos castaños lucían tristes, y la expresión de su semblante era sombría…al parecer, no habían sido los mejores días para Oxley. Pero de pronto, el muchacho, reconociendo que habían sido demasiados días sin ver a Gabriela sentíase inmerso en un inmensa alegría que le inundaba el corazón, bombeándole por el torrente a cada milímetro de su ser. Oxley se acercó a la joven, esbozando una sincera sonrisa. Gabriela, en cambio, le veía con los ojos cristalinos, radiante y llena de incertidumbre. No sabía bien que decir, no pudo si quiera intentar reproducir palabra alguna. Oyó aquella melodía pegajosa, que reproducía su memoria cada vez que estaba cerca de él y se sintió danzar. No pudo concentrarse en otra cosa más que en la música y en los desolados y a la vez alegres ojos de su mejor amigo.
–¿Qué te hiciste en el pelo? –le dijo él–. Parece…algodón de azúcar.
Las palabras del muchacho fueron para ella como oír campanas. Esbozó una amplía sonrisa, que le ocupaba todo el rostro, y estiró el brazo, a la altura de su hombro.
–Te extrañe mucho –dijo, sin contestar.
El carmesí ocupo las mejillas del joven, dándole un aire pueril. Siempre tan fuerte– se dijo ella– y ante mí, siempre tan débil. Él también olvidó que la joven llevaba el pelo teñido rosa y solo podía prestar atención a sus labios y las palabras que estos emitían.
–No me digas eso –susurró, agitando la cabeza–. Puedo llegar a creérmelo, y eso no estaría bien.
Gabriela agitó las pestañas y sonrió tontamente. Oxley la miraba también, aturdido.
–Me preocupé mucho –confesó–. Me aterraba la idea de que algo llegase a pasarte.

Oxley notó que algo extraño le ocurría a Gabriela. No era que le molestase, al contrario, parecía llenarle de júbilo la variante que su amada presentaba. Sucedía que la joven adolescente no le veía más con esa mirada de desconfianza, la cual había ganado en este último tiempo, tras conocer a Logan Lerman e iniciar una relación con él. Y sin embargo, antes, cuando ella se encontraba profundamente enamorada de su mejor amigo…le veía como en este instante lo hacía, medio perdida y hechizada.

—Ox… –susurró con timidez– ¿puedo abrazarte?

El muchacho se desternilló a carcajadas. De veras parecía otra persona, y aunque le costara creerlo, le gustaba esta nueva personalidad. Oxley extendió los brazos y sintió el corazón hinchado en amor. Hubo aspirado el aroma que emergía de los cabellos caoba de la adolescente, la piel fría y tersa de aquel sublime rostro fusionarse con su garganta descubierta, y aquel místico campo que los rodeaba cada vez que se hallaban tan juntos.

–¡Permiso, permiso! –Chillaban unos mocosos, tras la feliz pareja–. Córranse, queremos helados.

Y sin embargo, el rostro de Gabriela se iluminó. Vio a los cándidos niños con amor, y no concibió sentirse molesta. Se zafó con rapidez del abrazo y cogió con cuidado la mano de Oxley, llevándosela a los labios y dándole un tierno beso en el dorso.

–Gaby…–susurró, viéndola con los pómulos enrojecidos.

–Disculpen… –le dijo a los niños, alejándose–. Oxley ¿Quieres acompañarme? Compraré unas cuantas cosas, y podemos preparar el almuerzo juntos…

–Vamos a un café, mejor. –La voz de Oxley sonó de pronto más débil y el rostro dejó de brillarle como hace unos momentos lo hacia.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras abandonaban el local, dándose cuenta de la metamorfosis que había sufrido el ánimo de Ox.

—No, no pasa nada. ¿Qué te parece ir al Escoses?

Pese a que trató de mejorar el semblante y cambiar el tono de voz, no consiguió hacerlo. Gabriela aceptó la discreción de su amigo y prefirió asentir y guardar silencio.
Caminaron despacio, sintiendo el sol abrasarles la piel. Iban cogidos de la mano, cada uno envuelto en sus propios pensamientos y sin los ánimos suficientes como para entornar los labios y emitir palabra. Gabriela, entre las ideas que sumergían de su mente, recordó a Logan, y pensó por un segundo en llamarle…pero recordó que había desaparecido por la noche y suponía que se hallaba metido en algo, tratando de dar una solución a su problema. De pronto se sintió culpable, imaginando que Logan estaría preocupado en ayudarla, y ella, con Oxley paseando como si nada.
La voz de su amigo la distrajo de sus pensamientos, olvidando por completo lo anterior.
–El Escoses —dijo—. Es éste.
–No lo conocía…
–Ahora lo conocerás.

El olor café y tabaco del lugar se infiltró por las fosas nasales de la joven, y le produjo una sensación de mareos. Con concentración y con el recuerdo de aquel sabroso grano que probó en la capital a poco menos de un mes, la enfundaron de valentía para avanzar parsimoniosa a través del local. Se apretó a Oxley y vio el sitio como un edificio gigante y nebuloso. Pensó que muchas veces le ocurría lo mismo, que se sentía pequeña, incapaz de dominar su propio cuerpo, y sentirse más parte de la nada, que de sí misma. Controló aquella sensación, pestañando insistentemente y apretando de vez en cuando el brazo del chico. Pronto se hubo sentido dueña de si misma y consiente del lugar, pudo respirar y sentir que lo hacia.

—¿Otra vez con tus achaques? —le dijo él, observándole pacientemente.

Ella asintió.

—Jamás han desaparecido…-entonces guardó silencio bruscamente y recordó que con Logan, se sentía más parte de ella que nunca.

—Es extrañó —observó—. Deberías ser más fuerte, recuerda que eres inmortal.

—No por completo —objetó—. Aun no soy vampiro.

Oxley afirmó los codos sobre la mesa y cruzó los dedos. Con ellos sostuvo la barbilla. Gabriela veía las pestañas erguidas del chico, tan largas y espesas, cubriéndole aquellos ojos castaños.

—Pero eso no será por siempre —dijo—. Sabes que algún día te congelarás. Te queda poco tiempo.

—No sé. Tú te quedaste congelado a los dieciséis. Yo cumpliré diecisiete, y sigo siendo mortal.

—No has matado a nadie —puntualizó—. Yo he matado a cientos. Tienes tu porción de humana por un tiempo más, pero no creas que será eterna. La ponzoña de alguna forma acabará contigo.

Gabriela frunció el ceño, y Oxley reconoció que el tema debía acabar.

—Lo sé —farfulló—. No me lo recuerdes, por favor.

En ese momento la mesera los interrumpió, preguntándoles qué deseaban servirse.

—Cappuccino —dijeron al unísono.
Entonces se desternillaron en risas y se miraron tiernamente.

—Yo no sé muy bien —empezó él, dándole un sorbo a su taza—, pero esos Africanos de mierda han dejado la puta a lo largo del continente. Me cuesta mucho concebir que parte del partido también participe en toda esa mierda.

—Siempre te he dicho que esto no es cuestión de partidos –puntualizó Gabriela.

—Gabriela —habló más bajo, agachándose un poco sobre su espalda—. El partido fue para mí un apoyo. Yo no creía en nada, y el Comunismo lo fue todo para mí.

—¿Fue?

—O tal vez siga siéndolo…pero, es que ¡diablos! —la frente se le llenó de arrugas, lucía mal—. Gaby, ¿puedes prometer que esto no se lo dirás ni a Logan?

—Lo prometo.

Lo miró con atención, olvidando todo lo demás. El café que recorría su boca de pronto le supo amargo y el olor a cigarrillo dejó de molestarle.

—Estuve en Cuba, fui invitado a una convocatoria general del partido. Llegaron desde todos los lugares del mundo, habían más de Potyhul de los que llegarías a pensar. –Hablaba demasiado rápido–. Se nos dijo que sería una convocatoria importante, de suma relevancia. Un mes completo en la Habana, en un hotel de cuatro estrellas, lleno de extranjeros y una tremenda incertidumbre, pues no nos mandaban a buscar nunca, y ni mucho menos nos dejaban averiguar. Llegó el día, después de mucho, y nos hicieron prometer que no diríamos absolutamente nada a nadie… y si llegaban a enterarse que alguno de nosotros había corrido con el rumor, ellos lo sabrían, y se encargarían de acabarte. Gaby… cuando llegamos al lugar, era precioso, un lugar de ensueños, el mar, la arena, el bosque un poco más atrás…aquel pasto verde y húmedo, las colinas. ¡Era un paraíso! Y el fondo, cerca de unos cráteres, que daba a un subterráneo… nos amontonaron a todos allí. Nos hicieron esperar durante varias horas, de pie, aburridos y preocupados otra vez. Fue cuando menos lo esperábamos… traían un bulto, envuelto en un edredón, que emitía sondas o qué se yo, que nos ensordecía. Nos cubrimos los oídos, pero no los ojos. Y fue en ese momento cuando vi al monstruito ese, el habitante de Júpiter…
—¿Gili? ¿Viste a Gili? —exclamó ella, golpeando con las palmas la mesa.
—Tranquilízate, por favor… —susurró, reprendiéndola con la mirada—. Sí, era ese, Gilei… Todos quedamos anonadados, Gabriela… No podíamos creerlo. De pronto el aplauso fue masivo, estábamos orgullosos de nuestros líderes, y de la oportunidad que nos habían dado para conocerlo. Pero de pronto caí en la cuenta que no era ése el verdadero motivo por el cual habíamos sido convocados…nosotros íbamos a ser parte de la matanza que suscitarían los del partido mixto. ¡Eran todos parte del partido original, y utilizaban al monstro ese para acabar con nosotros! Esas ondas nos estaban destruyendo no solo los tímpanos, sino que nos afectaban más allá. Fui uno de los pocos que cayó en la cuenta sobre ello…vi a lo lejos a una mujer desvanecer en el suelo; los imbéciles creían que ella lo hacía de pura emoción, pero no… comenzaron a caer más y más, y yo ya estaba demasiado lejos como para comprobarlo. Gaby… yo…tengo que contarte algo más.

La mirada del chico se nubló y miró sobre la cabeza de la joven.

—¿Roberto? ¿Eres tú? ¡Qué haces aquí, viejo!
—¡Sí! ¿Hermano, cómo estás?
Oxley se puso de pie y estrechó en sus brazos al robusto hombre que estaba tras Gabriela. La chica se volvió y saludó con un beso en la mejilla del sucio rostro de Roberto.
—Ella es Gabriela…mi amiga —dijo Oxley—. Y él es Roberto, un antiguo amigo.
—Un gusto, Gabriela.
—Lo mismo digo.
—¿Estás trabajando en la mina? —preguntó Oxley, yendo por una silla y haciendo señas al garzón. Gabriela comprendió entonces que no podrían acabar con la conversación y lo antes dicho seguía dándole vueltas en la cabeza. Por un momento detestó a Roberto y se obligó a comportarse.
—Sí —replicó—. Es duro, pero se gana bien.
—No puedo creerlo —dijo Gabriela— ¿Esta andando el proyecto Mina Kichua? ¡Y que pasa con toda esa gente que sigue protestando!
Trató de integrarse, pero Oxley la miró a través del rabillo mal.
—No sé…-Roberto se rascó la cabeza, y miró incomodo a su amigo— Ya debe saber usted que la principal labor del gobierno es mentir ¿no?
—Ajá…me parece increíble…
—¿Y cómo has estado, Roberto? –Interrumpió su amigo, desviando los ojos de ella–¿Sigues con Amalia?
—Si… nos vamos a casar en Enero… las invitaciones las emitiremos el mes próximo, para que estén listos.
—Estupendo, por supuesto que iremos—se apresuró a responder Gabriela. –¿Cuánto tiempo llevan juntos?
—Uf…demasiado. Ni recuerdo cuanto, pero nos conocimos de cabro chicos. Yo tenía quince y ella trece.
Yo le echo unos treinta —pensó Gabriela—. Vaya, en algunas partes existe aún el amor.
—Es mucho tiempo…felicitaciones.
-Gracias. —la miró ahora como triste—. Yo quería darte mis condolencias…aunque no te ves muy triste que digamos. Tienes suerte que Oxley haya sobrevivido, para que te acompañe. Yo también estuve, con mi mujer…y realmente lamento sobre Leyna. La apreciábamos mucho…

El mundo, el sonido, el olor, la vista y todos los sentidos para Gabriela se detuvieron. Fue como una fría bofetada, inesperada y fuerte. Una detonación de ése algo que le revolvía los intestinos se desparramó en su interior. Quería gritar, quería encontrar sus cuerdas vocales, pero no las hallaba. Quería llorar, pero no podía. Se sintió tan mal, devastada y todo, que atinó a levantarse y abandonar ese café. Solo tenía la noción de que sus pies avanzaban con una inercia maravillosa, guiándola a cualquier sitio, un sitio mejor y alejado de todo. No había más noción del tiempo, y nada pareció importarle.
Su alrededor era nebulosa y sus sentidos nulos. Solo estuvo consiente a la hora de aplastar el trasero sobre las baldosas que cubrían una lápida y sentir en su mejilla el frío vidrio de las inscripciones.

“Antonieta de la Garza, 1886” Leyó y los párpados se cerraron.


El poeta

Todos me pensaban muerta, lloraban ante mi cadáver… yo también quería hacerlo. A mi costado, un tuerto era como si me viese, escondiendo en su mirada un aire renuente. Era el único en la ceremonia que no echaba ni una lágrima, guardaba cierta compostura, con las manos cruzadas tras la espalda y el semblante muy tenso. Tenía la nariz rota, aguileña. Le quité los ojos de encima: su mirada me paralizaba, y me paralizaba aún más la idea de que pueda verme. Distinguí entre el gentío a mi madre, con el rostro lleno de melancolía y los ojos vidriosos. Me conmovía, sin embargo, las lágrimas no caían. Recordar que realmente estaba muerta era sentir las cuchillas en mi pecho con una agudeza que me quebraba el alma en gritos sordos, recordar que pese al dolor no podía llorar, me torturaba las mil veces que sufrí antes de morir. El resplandor del broche de oro de mi madre me distrajo, siguiendo con la vista ágil el brillo chocar contra el cristal del ataúd. El rostro cetrino y delgado me apretó el corazón, me costaba aún aceptar que aquel cuerpo ya no me pertenecía. Un grito agudo me estremeció el alma, era mi madre. No, era suficiente, no podría aguantar presenciar algo como eso; el espíritu duele aún más cuando no sabe como expresarse. Eché un vistazo rápido a Mark: seguía viéndome, esta vez con una sonrisa en el rostro y el ojo perdido. Escuche con mayor intensidad el grito de mi madre, sintiendo como me traspasaba el pecho. No creía soportarlo, sin embargo, la imagen de aquel hombre me retuvo. Él sabía que yo estaba allí, y los recuerdos inundaron la memoria que creía perder con rapidez.

Mark Simon era mi amado, mi joven poeta, aquel que antaño tanto amé. Amaba su presencia, sus palabras, su personalidad. Me gustaba la curva de sus labios, cuando sonreía al verme. Me gustaba como ladeaba la cabeza a la hora de recitar un poema… y me gustaba oír todas las noches brotar de sus labios dos simples palabras “te amo”. Un día tuve que dejar la universidad, por qué él así lo quiso. Necesitaba dinero extra, necesitaba arriesgar y financiar la poesía, ¡cumplir su sueño! Y yo lo acepté. Trabajé de muy joven, mantenía nuestro hogar, mientras él ocupaba días completos escribiendo versos que jamás fueron reproducidos. La frustración ocupó lugar en su vida, y el odio por la gente que no sabía apreciar su trabajo terminó por arrebatarle la cordura. No trabajaba, ya no escribía, gruñía todo el día, y se quejaba de las horas en que yo llegaba. La vida conyugal de pronto se volvió amarga, y los sueños e ilusiones que mantenían la esperanza parecían ya valer nada. Un extraño sentimiento empezó a nacer en mí: comencé a odiarle en secreto. Estoy segura que él lo comprendió, él veía tras de mí, veía mi alma. Siempre dijo que yo era el único motivo para mantenerle vivo, lo único puro en su vida. Un día dejó de repetirlo y un día yo dejé de amarle.
Mark comenzó un juego descabellado, en el cual yo era la protagonista. Se trataba de un juego brutal, en el cual, en una hora acordada, los cortes de luz y las persecuciones eran eternos. Ya no era más poseedora de mi cuerpo, mi integridad había sido derribada. El temor se apoderó de mí y me impedía actuar, me imposibilitaba a defenderme. El ritmo de los días era constante, suave y monótono por las mañanas, las tardes en constante espera y cavilación, y las noches, una ponzoña amarga que me abrasaba la garganta.
Una idea, chispeante e inquieta, atravesó mis pensamientos: fue un destello fugaz, que logré atrapar con tremenda resistencia. Acabarlo. No lo amaba, y no había nada en él que infundiera en mí estimación alguna como para dejar a un lado aquella resolución. Debía actuar con astucia y naturalidad, era todo lo que sabía. Era el miedo, el miedo ése del que deseaba librarme. El miedo se convirtió de un enemigo constante a mi mejor alimento.
Esa noche llegué a casa más tarde de lo normal, con la escusa de haber ido a por una botella de Wisky. Preparé la mejor cena, a través de recuerdos latentes de lo que alguna vez pude llamar felicidad. Las sonrisas eran correspondidas aquella noche, y sin embargo, por un momento sentí que volvía a amar.
—¿Qué celebramos? –preguntaba debes en cuando.
—Por nosotros –respondía.
El alcohol y la amargura de la realidad hicieron acto de presencia a las doce en punto. Chillé como un animal, con la garganta desgarrada y los labios hinchados y ensangrentados. Mi odio fue alimentado y las pequeñas gotas que se fusionaron con la sangre seca de mi corazón ya habían sido degradadas. La suave luz de la luna teñía la habitación y me permitía desplazarme con astucia. Cogí con firmeza el pequeño broche de oro, que alguna vez mi madre me obsequió. Pensaba traspasarle el cuello y desgarrarle una arteria, pero antes le haría sufrir. No sería una muerte sencilla.
El recuerdo me causa escalofríos, y cierto arrepentimiento, no por haber tomado la resolución de darle muerte, sino por la poca destreza de mi plan. Yo estaba cegada por el odio, y no había sido completamente racional. Me abalancé sobre su cuerpo, apretándole con mis muslos y con los brazos firmes sosteniéndolo por los hombros. Abrió los ojos con brusquedad y me observó confundido… mi brazo se alzó, como por inercia, y clavé el broche sobre el ojo que me veía horrorizado.
Un grito y una serie de sonidos infrahumanos abandonaron sus delicados brazos, me tomó por los hombros, y los apretó, sintiendo como me quebraba los huesos. Con una brusquedad tremenda, se tumbó sobre mí, exponiendo por los dientes y chorreando la sangre que caía a borbotones de sus ojos. Ya no sentía, sabía que tenía los huesos rotos y el peso de muchas toneladas sobre mí. Sangre bañándome el rostro… y sus ojos, sin iris ni pupilas. Estaban los dos intactos, límpidos.
Aquella noche fue un último suspiro, impregnado en una vaga esperanza de felicidad, que empezó a apoderarse de mí. Pero cuando aquella fracción de segundo terminó, volví a abrir los ojos, encontrándome en el mismo sitio. El cadáver cubierto en un manto blanco, rodeado en flores y perfume. Y a su lado, el cabizbajo poeta reiniciaba su escritura.


JACINTO-NOVELA

           CAPÍTULO DIECISÉIS
         LA AK- 47
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Era una calurosa mañana de primavera, en donde los rayos formaban estrías en el pasto verde y el firmamento estaba más celeste que nunca. Gabriela, la joven y hermosa medio vampiro se ocultaba en la sombra del alero de la gran casa, mientras fingía leer un libro de filosofía. La joven se encontraba sola, su madre se hallaba fuera del país —por cuestiones del partido— y su novio a estas horas ensayaba para una próxima obra que pensaban estrenar en la inauguración del nuevo teatro municipal.

Gabriela arrojó el libro a un lado, sin percatarse como las hojas de éste se desprendían a medida que giraban por la hierba húmeda. Se acomodó las gafas y descansó la cabeza sobre el respaldo. «No tengo derecho a quejarme —pensó—, cualquiera desearía estar en mi situación. Menos yo». Sucedía que hoy se cumplía un mes de su llegada a Potyhul, y todo seguía tal cual como si nunca se hubiese marchado. Recordó el rostro de Logan aquella vez en el aeropuerto, los ademanes reprimidos y las sonrisas fingidas, la mueca de horror que cruzaba todo su rostro, y la diabólica mirada dirigida por un largo rato a Oxley. Sin embargo, fue insuficiente la reacción que éste presentó al enterarse —nadie se lo había dicho aún, pero los rostros de Gabriela y Oxley hablaban por sí mismos—, se acercó unos pasos a Gabriela, movió los labios, como diciendo ­”¿Por qué?” y eso fue todo. Acabó cuando Gabriela se arrojó a sus brazos y aquella fuerza se apoderó de los dos. No había que perdonar, no había por qué sufrir, pensaron al unísono; solo sabían amarse, para eso fueron hechos. Y sin embargo, Logan parecía llevarlo mejor que Gabriela, pues a la joven el sentimiento de traición e incomodidad no la abandona, al menos, cuando se encuentra lejos de él… como sucede ahora.
Se sintió realmente molesta y deseosa de estrangularse a sí misma. Un sentimiento de odio se apoderaba de ella. El sol de pronto desapareció y el firmamento se volvió encapotado. Una sonrisa cínica se curvó en los labios de la joven, y, asiendo los brazos firmemente a la silla de plástico, se incorporó, viendo con gran impresión el cielo. Por un segundo olvidó el odio y la incertidumbre bañó sus pensamientos “¿Es que acaso el tiempo a comprendido como me siento? Pues no hay otra explicación, yo de pronto me sentí mal…y el sol desapareció, de la nada.” Luego de eso se echó a reír y se sintió muy presumida… “¡El sol iba a desaparecer, solo por ella!”

La casa ya estaba helada y Gabriela con la ropa insuficiente como para sentir el frío calarle los huesos. Con sus delgados y a alargados brazos rodeó su pecho y corrió escaleras arriba, con la intención de abrigarse en el edredón floreado de su cama. Sintióse entonces amparada, cuando se súbito la imagen en su mente estalló.

Oxley.

Aquel nombre la tenía afligida hasta la médula, durante treinta y un días no había dejado de pensar en Oxley, y era en sus momentos de soledad, cuando terminaba la culpa por lo que había hecho a Logan, cuando el santo nombre la sacudía con todas sus fuerzas. Mordió la mullida almohada, reprimiendo un grito de impotencia. Ella nunca había puesto en duda que al llegar a Potyhul tendría siquiera pensar en una elección… ¡Nunca se le habría ocurrido, siquiera inconscientemente, que tendría que elegir entre Logan y Oxley! ¡Jamás! Pero Oxley sí lo pensó y se lo hizo saber. Al principio Gabriela se lo tomo como una broma, porque, vamos ¿no era él quién reconocía el dolor que sentía Gabriela? ¿No fue ella quién repetía todas las noches el nombre de su amado, y hasta llegaba a confundirlo con Oxley? «¡Sin embargo! —pensaba— ¡sin embargo! Él lo sugirió, no, que digo ¡Lo demandó! ¡Necesitaba una jodida respuesta!, y yo se la ofrecí».

Estaba dado por sentado cual sería la replica.
No había nada que decir…
No existía un bálsamo que pudiese calmar el fuego que abrasaba a Oxley.

Desde aquel día no le han visto más, no se sabe realmente si continúa en la ciudad, ni en el país. No asiste a clases, no esta en casa… ni siquiera una llamada. Nada. Oxley desapareció. Huir, en estas circunstancias, puede ser el mejor remedio. Huir, correr, dejar todo atrás, oculto tras la llave de la indiferencia, dejando un camino de pólvora, y un paradero incógnito para todo aquel que intente convencerle de lo contrario.

Gabriela, en aquella especie de delirio y desquite con la almohada, había dejado de escuchar, sin lograr identificar el firme sonido de las pisadas acercarse por las escaleras. La madera de la habitación crujió y fue allí cuando la joven, asustada, se incorporó de un salto sobre la cama.

—¿Quién anda ahí? —exclamó—. ¿Logan?

La oscuridad de la noche le impedía ver. Y sin embargo sentía ese algo en la habitación, ese estremecimiento de su alma que le advertía sobre la presencia de su otra mitad.

—Soy yo —replicó con voz sosegada.

Gabriela soltó un suspiro ahogado, y volvióse a tumbar sobre la cómoda cama. Logan se sentó a su lado. En medio de la oscuridad, pese a la proximidad de sus cuerpos, no podían verse.

—¿Cómo entraste?

Gabriela recordaba haberse asegurado de que las puertas estén cerradas.

—La puerta estaba entornada —contestó—, y entré.

El ceño de la joven se frunció.

—Yo cerré las puertas —murmuró—. Estoy segura que las cerré.

Una brisa de tensión rodeo a los jóvenes, aunque Logan tenía una apariencia más tranquila.

—No tiene importancia —dijo—. Lo más probable no te hayas dado cuenta.

—Sí…da igual.

La preocupación abandonó su cuerpo, y sintióse más tranquila.

—¿Cómo te fue? —le preguntó, esbozando una sonrisa.

—Muy bien —replicó—. Estamos listos para presentarnos el fin de semana.

Bajo el manto negro que los cubría, Gabriela identifico una sonrisa en el rostro de Logan.

—¡Que bien! —exclamó—. Me alegra muchísimo.

—Lo sé.

El joven buscó a tientas el cuerpo de la joven, rodeándola con los brazos. Sintieron el latir de sus corazones golpeándoles en el pecho, y la agitación de sus respiraciones, todo maximizado, producto de la oscuridad.

—Oye…—susurró— ¿no has hecho nada, en todo el día?

—Estamos de vacaciones —contestó—. Hacer nada es mi deber.

—Podrías haber averiguado sobre Oxley…

Gabriela dejó de sostener su cabeza contra el pecho de Logan y trató de encontrar sus ojos.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto. Él, su madre y la tuya llevan demasiado tiempo fuera. Y eso es extraño.

«¡Era eso! —pensó—. Creía que se estaba preocupando de veras por Ox«.

—Logan… lo de mi madre fue una coincidencia. Ella se fue mucho antes ¿o no recuerdas?

—Da igual —dijo, atrapando a la joven con sus brazos—. Durmamos un rato, estoy agotado.

Gabriela se acurrucó a Logan, atrapando el pecho, las manos y pies de éste. La tranquilidad inundaba el lugar y parecía que no había nada porqué preocuparse, nada más que amarse infinitamente. Logan depositó mil besos en la nuca de su novia y apretó los párpados, encontrándose con la imagen de aquel rostro pálido y ovalado, con aquellos brillantes ojos negros, mirándole con ternura.

—Te amo —susurró ella, antes de despegar en sus sueños.

En la acera principal del barrio pobre “Fentton”, Jefferson, Arthur y Patrick Orwell cruzaban miradas cada minuto, aguardando al llamado de Estoraques, el muy estúpido de su hermano que se hallaba al interior del domicilio que pensaban allanar.

—Alguien podría sospechar si nos ve a los tres juntos, quietos como idiotas, viendo a la nada —opinó Arthur, que parecía ser el más sensato de los cuatro.

—Estamos en una ratonera —arguyo Jefferson—. Hay tantos más como nosotros. Somos unos vándalos más.

Se contagiaron de la risa del mayor, sin embargo, Arthur continuaba ejerciendo dominio.

—Nos vamos a separar.

—No jodas, tío —espetó Jefferson, otra vez—. No pienso moverme.

—¿Qué pasa, Jeff? ¿Tienes miedo?

—Cállate. Yo no tengo miedo, a nada.

Se oyó un ruido, proveniente del ramaje de los árboles, y los tres se volvieron a ver.
Era Estoraques.

—¿Qué ocurre? —preguntaron— ¿Ya se puede?

—Sí —replicó, con voz cansada. Había estado corriendo.

Con sigilo cruzaron el desgastado y polvoriento asfalto, viendo continuamente por el rabillo del ojo los alrededores, pues no necesitaban espectadores, esto debía ser confidencial.

Arthur se había encargado de organizar a los Orwell para aquella misión. Sus hermanos no eran especialistas en el tema, ni mucho menos, pero, al igual como el resto del continente africano, estaban entusiasmados en participar en la misión de Salvación.
La misión de Salvación consistía en apoderarse de todo el tercer mundo, toda Latinoamérica y la India. Los cabecillas eran los Africanos, quienes se habían organizado en estos últimos años de manera tal que habían sabido disimular la armonía entre cada país y la amistad gestada a través de enfrentamientos bélicos auspiciados tanto por los del Oeste como los del Este. En aquel sentido, la organización había sido tal que debía permanecer la escala ascendente por muerte producto del hambre, la desnutrición, las enfermedades venéreas y la constante guerra eran solo disfraces para un solo objetivo: acabar con las máximas potencias de una buena vez, y unir por la fuerza al resto de países. Y era el turno de Tryx, cantaban en sus mentes los Orwell.
Como actuarían por la fuerza —porque no había de otra, justificaban ellos—, primeramente debía haber una masacre. Y esa masacre surgiría con los enemigos, con los habitantes contagiados por las ideologías enemigas. Y, como no son tan malos, les darían una oportunidad. Hoy era la noche titulada “las piedras verdes” en donde se allanaban las casas sin que los individuos se percaten y se deje una serie de advertencias para que confiesen o mueran.

Estoraques precedía al resto de sus hermanos. No era un derecho por ser el más astuto, ni nada por el estilo, era el derecho que se le concedía al más estúpido para servir de escudo en el caso de ser atrapados… aunque, verdaderamente, como estaba calculadas las cosas, no existían motivos para fallar. Se agarró a la puerta entornada, y aseguró mirando solo con un ojo si el sitio estaba accesible. Hizo un gesto con la mano, para que le siguiesen.

A lo largo de Potyhul ocurría en muchas casas más algo como esto. En cada hogar que exista un solo partidario a algún partido, da igual si es rojo, negro, azul ¡todos! iban a la bolsa. El olor a cenizas se sentía por los aires.

Arthur, quién escondía las municiones, asió con firmeza sobre su hombro la AK-47 —el fusil más corriente y popular en áfrica— y apretó del gatillo, dirigiendo disparos a por doquier.
Estallaron antiguos floreros de cristal, espejos, ventanas, paredes… ¡todo se desmoronaba en aquella casa! Y lo único que provocaba en aquellos cuatro sujetos era un motivo más para reír. “Tenemos el poder, tenemos el poder”, era la vaga frase que cruzaba sus vacías cabezas.

—¿Qué esperan? —gritó, sin dejar de disparar— ¡Corran, corran!

Estoraques retiró del bolsillo de sus vaqueros el documento firmado por Mondacka, el líder de la misión Salvación, y lo arrojó.
Segundos después no se oyeron más disparos, la pólvora se respiraba desde fuera del hogar y el humo huía de las aperturas de la vieja casa.


Novela Jacinto

        CAPITULO QUINCE.
        ESPÍRITU DE ANTAÑO
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SOLO LLAMAME LA FLOR DE TRES PETALOS SELLADOS….

Gabriela miró el boceto con repugnancia. No llevaba una línea, y ya quería escupir sobre ella. Se preguntó porque la idea de mujer soltera y reacia a dejar de serlo no abandonaba sus pensamientos; entonces Oxley apareció en la habitación, con el cabello estilando y el cuerpo desnudo.

Verdaderamente, aquella era la causa.

Recordó con una mueca de asco la tarde anterior, llenándose de una extraña melancolía. Su primer día en Hualope había resultado un fracasó, pues en primer lugar no se dedico a pasear como se había propuesto, ni mucho menos ir a la gran casa de arte que pretendía ver apenas tocase suelo capitalino. Odió por un minuto a Oxley, y se odió por amar tanto a Logan.

Le surgió la idea de que estaba tratando de echarle la culpa a alguien de su pesar y dejó de pensar. Arrojó el lápiz sobre el escritorio y acunó la cabeza alrededor de sus brazos descubiertos.

—¿Qué pasa bonita?

Gabriela dio un brinco sobre si misma. Solo entonces, teniendo la ventana frente a ella, conjunta de una gran impresión, se percató de lo radiante que el sol estaba; sintió como los cálidos rayos se infiltraban por sus poros, sintió la tibia brisa revolverle los cabellos, y sintió aquel fascinante olor de los granos de café, que vendían en la cafetería frente al hotel.

—Quiero salir —anunció ella—. ¿Me acompañas?

No hubo que decir más. Gabriela ya había olvidado el enfado que sentía por Oxley. Ahora, solo podía almacenar en los sentidos y pensamientos aquel olor a café. Se dio una rápida y refrescante ducha, agradeciendo al agua fría que le resbalaba por el cuerpo sudoroso, por la falta de costumbre a aquel permanente verano. Ello le hizo recordar donde quedaba Tryx, un pequeño país-isla centroamericano, vecino de la Habana cubana; por ello Huapel, capital de Tryx, era calidez y caribe. Todo en dicho país lo es, excepto Potyhul… aquella enigmática ciudad que la vio crecer.

—Delicioso —murmuró—. Es el mejor café del mundo.

Oxley observaba con admiración a la joven. Gabriela se ve linda, con más color en el rostro. El cabello húmedo le asienta y la sonrisa también.

—Eres hermosa —le dijo—. Y sí, es el mejor café.

Los pómulos de la joven permanecieron intactos, los comentarios de Oxley ya no la inmutaban.

En la cafetería se respiraba un aire tibio, más a gusto que el de la intemperie abochornante. La suave música, el olor a madera y café, y el diseño rustico, hacían del lugar acogedor, y facultado de cierta inspiración para el escritor que se acercaba a él, por lo que Gabriela y Oxley, no dudaron un momento en llenar sus pensamientos en historias.

—¿Cómo estás? —preguntó, dejando a un lado el papel y el bolígrafo.

—Es irrelevante que lo preguntes —replicó Gabriela.

La joven no despegó los ojos del papel, sin embargo no podía continuar escribiendo.

—Es importante —dijo—. Muy.

Levantó los ojos y con una sonrisa burlona, contestó.

—Estoy excelente. Inspirada. Enamorada de este café y del recuerdo de Logan.

Oxley tomó un sorbo de café.

—¿Del recuerdo?…

—Sí —dijo—. Así somos los humanos, cuando no tenemos cerca el producto de nuestro apetito

—Eso suena frío. —Escrutaba atentamente el rostro de Gabriela, con la intención de saber si estaba siendo sarcástica, pues no distinguió tono alguno en su voz. —Yo creía que había una unión más fuerte entre ustedes dos.

—La hay.

Gabriela retornó la tarea de escribir, con la pura intención de no prestarle atención a Oxley.

—¿Entonces?

—No tengo deseos de hablar —informó, sin verle a los ojos—. Quiero escribir.

Oxley no siguió hablando. Sintiéndose incomodo e ignorado. Deseó abandonar aquel sitio, pero si lo hacía, corría la posibilidad de que Gabriela no lo siguiera —estaba por sentado que lo haría— y así no conseguiría formular su plan. Sin embargo —pensó—, ella, de alguna forma apreciará el gesto de dejarla, para que fluya en la escritura y disfrute de su soledad. Verá en ello un gesto amable y considerado.
No bastaron de unos segundos, cuando Oxley estaba fuera del lugar.

El crepúsculo anunciaba su llegada a través del horizonte. Gabriela recorría las amplías calles de Huapel con el corazón en mano, viendo maravillada cada sitio y lugar que tuviese enfrente. Había vuelto al hotel para buscar a Oxley, sin hallarlo; por lo que decidió pasear, y se encontraba saliendo de la Casa Azul de bellas Artes de Huapel. Sintió una tremenda conmoción al encontrarse con citas de grandes, pinturas magníficas, esculturas, y toda una serie de placeres visuales y emocionales que tanto la gratificaban. Sin embargo, el exitoso encuentro había acabado, y ahora debía volver a la realidad… que en estas circunstancias seguía pareciendo —y perteneciendo— a un sueño.

—¿Oxley?

Gabriela se extrañó al no recibir respuesta. Dejó el vino y los cigarrillos sobre la mesa, y arrojó los pantalones y camiseta sobre la cama. No aguantaba el calor. Esta noche Gabriela pensaba embriagarse y fumar mucho. Se conectaría a Internet y hablaría con Logan, harían un brindis cibernético y mañana se enfrentaría a otro día sin él.


—Cuando tomas vino —decía, paseando desnuda y con una copa a través de la habitación— te sientes mullido, suave.

Tomó un gran trago.

—Y cuando fumas marihuana —exclamó—. Se te agilizan los sentidos.

—Y cuando mezclas y eres una incipiente, te puedes ir en la pálida.

El corazón de Gabriela latió desbocado, tensándosele todo el cuerpo, olvidando la copa en su mano y sintiendo el cristal quebrándose en el suelo.

—Podrías avisar —refunfuñó—. Mira lo que has hecho.

Oxley rio disimuladamente.

—Que linda estas.

Gabriela reparó que continuaba desnuda, sin embargo, no se sintió avergonzada ni mucho menos.

—Limpia eso ¿vale?

Había olvidado qué hacia desnuda, con una copa en la mano y fumando marihuana. Oxley había arruinado su ritual.

—No me digas que te irás a la cama… —murmuró él, dejando de recoger el resto de vidrios— Esta noche no lo permitiré.

—Has lo que quieras —replicó—. Sírveme vino.

Oxley trajo dos copas y se acomodó a los pies de la cama de Gabriela.

—Esta irritable —le dijo—. No sé como te aguanto.

Gabriela se rio.

—Porque me tienes ganas —sonrió—. Los hombres son así.

—Eres mi mejor amiga.

—Eres mi mejor amigo, también.

La joven extendió la pierna sobre el regazo de Oxley.

—Durmamos juntos —le pidió ella—. Y sírveme más vino, por favor.

Oxley le llenó la copa y se tumbó junto a ella, sintiendo la rigidez de su cuerpo desnudo.

—No te tocaré —le aseguró—. Dormiremos.

—Dormiremos —repitió ella, como si se estuviese convenciendo.

Dejaron al unísono las copas sobre la mesa de noche, y se envolvieron los cuerpos a través de sus brazos. Mirándose y sintiendo la respiración cálida, conversaron durante toda la noche. Sintieron, en el fondo de sus corazones, un antiguo sentimiento: confortabilidad. Eso era, eso les unía. Gabriela le contó sobre Logan, le confesó que lo había mordido, le dijo cuanto lo amaba y le habló sobre los recuerdos que venían como alternados fragmentos a su mente sobre un pequeño de ojos azules y una flor de jacinto. Le confesó la claridad que tenía en sus emociones; le confesó que seguía amándolo tanto como antes; le prometió que algún día harían el amor, y le repitió muchas veces que su corazón, alma y cuerpo estaban con Logan, sin embargo, una parte de ella permanecía con él.

—¿Qué puedo hacer para que me la devuelvas? —le susurró, acariciándole el cabello.

—¿Te incomoda que la tenga? —preguntó con suavidad.

—Solo cuando te tengo cerca. —informó—. Cuando estás cerca de mí el vacío que hay en mi alma aclama por ti. Me desespera.

—¿Y cuando estoy lejos?

—Estoy con Logan… y él lo es todo.

—Debe dolerte mucho tenerlo cerca —pensó en voz alta—. Me imagino fuego.

—Ni siquiera fuego —repuso—. No siento nada, ese es el problema.

—¿Nada, ni dolor?

—Me arrebata los sentidos; ese es el máximo sufrimiento.

—¿En este instante no estas sintiendo algo?

—Eres esa milésima parte en mí —se explicó—. Siento, me siento abochornada… y confortada.

—Me siento desdichado —admitió—. Me duele que no puedas corresponder… tú tienes todo de mí.

—Lo tengo —dijo ella—. Y lo aprecio.

—Te amo.

Lo miró a los ojos y acarició sus pómulos.

—Te amo…

Oxley descansó la cabeza sobre el cuello de Gabriela y aspiró profundamente.

—Me pregunto… —murmuró— si tu sangre sigue sabiendo igual de bien.

Esa noche Gabriela y Oxley estuvieron unidos a través de los recuerdos, pensamientos y sangre. La sangre que guardaba consigo la milésima parte que Oxley poseía y el entero que Gabriela portaba. No hicieron el amor, no se besaron, pero algo más, algo fuerte, y algo —pensó él— que Logan no podía darle: el placer de una mordida. La ponzoña que es depositada es uno de los máximos placeres que puede tener un humano o un medio vampiro.


El mes de noviembre fue calidez, inspiración y sentimientos encontrados para los dos jóvenes de la habitación ciento nueve. Habían ganado el concurso de poesía, y se llevaban consigo además de galardones y felicitaciones, el recuerdo del sol, la inagotable fuente de café y el peso de amores imposibles.
Amores imposibles, se dijo a sí misma Gabriela, viendo a través del rabillo a su mejor amigo.
Los jóvenes, después de aquella noche, en donde la sangre se vio fusionada, no pudieron despegarse. El efecto de la ponzoña en sus cuerpos y la conexión de antaño se los impedía. Habían hecho el amor, se habían besado y habían jurado bajo una noche estrellada y sobre la blanca arena amarse para toda la eternidad. Pero la realidad los volvió a tierra y supieron que aquello era imposible. Se habían amado como nunca aquel mes, y sin embargo, no podían permanecer juntos. Pues él continuaba siendo la milésima parte de ella.

Logan… ¡Logan! Si estuviera enterado, si solo llegase a saberlo… aunque temía y sabía muy en el fondo que él lo tenía por sentado. Logan Lerman estaba del todo consciente de dicha relación que su amada novia y el poeta tenían. Por un momento llegó a pensar que no podría contra él, que el tiempo hablaría y se apoderaría del sentimiento. Que la costumbre es más fuerte. Sin embargo, jamás dudo que su amor era insuficiente. Y eso valió la pena. Gabriela se había entregado a él, con alma, corazón y cuerpo. Todo le pertenecía. Y aunque ella odiase la posesión, que una persona se adueñe de ti, no había tenido de otra… no era dueña de sí misma, y de esta forma, el pesar y culpa la tenían mal. No dejaba de pensar en aquel mes con un deje de angustia, pese a haberlo disfrutado, no podía dejar de pensar que había traicionado…. y eso no era lo peor. Se odiaba, de una manera masoquista, de una forma que nadie podría soportar…. una forma en la cual nadie jamás desea que lo odien.

—¿En qué piensas? —le preguntó—. Te ves cansada ¿por qué no duermes?

El grupo “Reinulay” volvía a Potyhul, descendiendo a través de los aires fuera de Huapel. El firmamento estaba oscuro, despejado y solo las nubes muy tenues se veían a través del pequeño cristal.

—Estoy pensando en que decirle a Logan —replicó—. No logro imaginar como reaccionará. Me aterra.

—Supón que se lo tomará bien. Logan es un tío raro.

—Nadie podría tomárselo bien —repuso—.Yo me lo tomaría tan mal, que me marcharía, lejos, para no verle más.

—¿Estás segura?

Gabriela trató de imaginar a Logan engañándola, con alguien como Pamela, una hermosa muchacha que cursaba el último año de secundaria en el mismo salón que Logan. La imaginó desnuda, sudorosa y gritando. Se sintió mal, destruida. Sintió impotencia, ganas de levantarse y patear todo lo que estuviese cerca. Reparó un segundo en un gran detalle: no era la misma situación, para nada. Gabriela no se acostó con un simple muchacho… se acostó con Oxley. Su mejor amigo. Entonces empezó a imaginarse una relación como la suya, solo que Logan ocupaba su lugar y el de Oxley era remplazado por una chica cualquiera. Esta vez no sintió rabia; sintió una especie de compresión. Aunque los celos no dejaron de atormentarla mientras masoquistamente reproducía la imagen en su mente, siguió cuestionándose si Logan pensaría lo mismo. Si lo entendería.

—No —replicó—. No estoy segura. Puede haber la posibilidad de que Logan lo entienda.

—¿Entienda qué?

Oxley entendía bien a que se refería, sin embargo, deseaba que ella lo repitiese en voz alta.

—Lo nuestro. Nuestra relación.

—Si llegase a comprenderlo, terminaría conmigo —bromeó Oxley—.Totalmente.

—Siempre te amaré —se apresuró a decir, mientras le acariciaba el dorso de la mano.


***


Arrastró los pies sobre aquel frío mármol y se sintió estúpido. Aquel mes había significado una sola cosa: NADA. No sentía nada, se resignaba a penas a respirar, comer y dormir. Se concentró únicamente en estudiar y se preparó de tal forma para los exámenes finales que consiguió un excelente en cada uno de ellos. Extrañaba tanto a Gabriela, se sentía tan hueco, y había esperado tanto, que ahora, llegado el momento del fin, no se sentía para nada animado… bueno,—pensó— es un gran logro. Estoy sintiendo algo.
Durante aquel mes lo atormentó una especie de temor… era algo que rodeaba al rededor suyo, un presagio que le tenía la cabeza vuelta loca. No desconfiaba de Gabriela, pero si de Oxley. Y aunque se mentalizó durante toda la noche, no logró llegar a ningún acuerdo. Le causaba pavor verlos, no quería aceptarlo… no quería reconocerlo. Si los veía, si la veía, lo sabría, pues él y ella estaban conectados, y no había secretos.
Ya no había secretos.

—Vamos cielo, levanta el cartel—le motivaba su madre, con un tremendo júbilo por ver a su pequeña hija.

Su pequeña hija, así comenzó a llamarle luego de un mes de continuas visitas. Se había encariñado tanto a la joven que ya la sentía de esa forma… además, sentía que le debía algo, pues ella había conseguido volver a la vida a su hijo. A su dulce Logan.

Logan levantó y agitó los brazos, mirando de un lado a otro, huyendo los ojos del gran cristal que tenía enfrente, el cual en cualquier momento enseñaría al grupo de jóvenes, en los cuales estaba su novia.

—Te noto distraído —le dijo el padre, que era más observador que Betty— ¿Qué ocurre, no estás feliz?

—Lo estoy —mintió con rapidez. —A sido mucho tiempo, y no sé como comportarme.

—Solo ha sido un mes —insistió—. ¿Quieres tomar algo?

—Por favor.

Se alejaron, no sin antes hacer un juramento de que el vuelo arribaba en una hora más a Betty, sin conseguir que esta los acompañe, pero al fin, cediendo para que se alejaran un momento.

—Puedes confiar en mí, hijo. ¿Qué ocurre, anda algo mal?

—No, papá —replicó—. Estoy ansioso, eso es todo.

Logan lo escrutó atentamente.

—¿Se trata de ese chico, el hijo de Vladimir?

—Más o menos —murmuró, dándole un sorbo a la soda.

—Ella te ama.

—Ya lo sé.

—¿Entonces, cuál es el problema?

—Que también lo ama a él.

—Mmm… —murmuró—. ¿Te llamó?

—¿Ella? Sí.

—¿Se vieron por cámara, o algo?

—Pocas veces, pero sí.

—¿Y?

—Decía que me extrañaba… pero papá —exclamó— ¿A qué viene eso?

—Contesta, ¿estaba él cerca?

—No.

—¿Y ella, no se veía nerviosa?

—¡No, papá! Estaba normal, como siempre. Creo.

Logan padre se quedó un minuto en silencio, acariciándose el mentón y viendo atentamente a la nada.

—Lo averiguaremos después, ahora vámonos. Betty debe estar nerviosa.

Logan comenzó a cuestionarse muchas cosas, cuestionó las vídeo llamadas, y se dijo a si mismo que era un idiota. Él solo disfrutaba de ver, de oírla… y jamás se preguntaba sobre sus reacciones, si ocultaba algo. “Bueno, será porque la amo” Convencido que su padre era un idiota, y de que no tenía que temer, asió bien alto el cartel y miró a través del cristal.

Ahí estaba ella.


JACINTO.

CAPÍTULO 14.
MAYORÍA DE EDAD.


Cuando Gabriela hubo acabado de arreglarse el cabello, echó una ojeada a su reflejo a través del gran espejo que tenía frente a ella: el vestido le ceñía la cintura, y las caderas se abultaban. Su rostro estaba sutilmente maquillado con polvo, máscara de pestañas y rojo en los labios. Sonrió con complacencia, pues la imagen le gustaba.
Estaba ansiosa y muy nerviosa. Hoy era el cumpleaños numero dieciocho de Logan, y quedaban dos meses apenas para que el año acabase. Todo esto la tenía muy impresionada, y en el fondo, asustada: ya veía como Logan cogía las valijas y se marchaba a Europa, dejándola sola en aquella infernal secundaria. Pero hoy no debía preocuparse de aquello, se había dedicado a disfrutar con soltura los maravillosos meses que pasaron como un soplido junto a su novio, y hoy, en una fecha tan especial como el cumpleaños de éste, se dedicaría nada más que a lo mismo.


Asió contra su pecho el regalo y echó un vistazo más a su reflejo. La voz de su madre la obligó a apresurarse, pues llevaban una hora de retraso.


—¿Traes el regalo?


—Sí, mamá. Relájate.


Loreto tenía serios problemas para manejar su nerviosismo, y más si debía enfrentar a la familia de Logan, especialmente cuando en aquel lugar se hallaba un vampiro como Logan Padre. En un comienzo Loreto se rehusó a establecer relaciones con aquella gente, pero producto de la insistencia de su hija, tuvo que ceder…y conocerlos. Le espantaba la idea: Logan padre, la mano derecha del líder Occidente, y ella teniendo una hija con uno de los muchos lideres de Oriente. Sin embargo, el viejo vampiro supo demostrarse amable, y despejar del todo los vínculos políticos que esta familia presentaba. Olvidaron, por tanto, la condición medio vampira de Gabriela y la suya misma.


Condujo en silencio el tramo completo a casa de Logan, olvidándose de la melodiosa música y del olor a vainilla que el monovolumen presentaba. Solo Gabriela reparaba en ello, deleitándose y despejando el hilo de sus pensamientos. Aparcó el coche, y a las dos se les apretó la boca del estómago. Gabriela sintió el obsequio como una pesada roca.


La casa de los Lerman estaba tal cual como la conoció Gabriela la primera vez: con ese impecable estilo minimalista y con esa grandeza excesiva. Tocaron el timbre, y Loreto creyó que no podría aguantar más: quería huir, pues ese vampiro le revolucionaba todo el cuerpo. Tras la puerta apareció Betty, la madre de Logan, una dulce mujer de rostro ovalado con rasgos acentuados y rizos cobrizos.


— ¡Loreto, Gabriela! Adelante, adelante.


El hogar las infundo de calor, protegiéndolas de aquella fría noche de octubre. Las mujeres buscaron a través de la habitación al festejado, encontrándose con una serie de rostros que hasta ahora no habían visto. Betty se adelantó, con una gran y sincera sonrisa en el rostro, para indicarle los nombres de los integrantes de aquellos numerosos amigos. Entre ellos, estaban los chicos de la secundaria. Y Oxley.

— ¡Gaby! —Exclamó Ox, acercándose a la muchacha—. ¿Cómo te encuentras?

—¡Tú por aquí! —repuso, sin contestar a la pregunta. Ox echó una carcajada.

—Vengo a ver a mi mejor amigo ¿Qué hay de malo en ello?

—Seguro —murmuró—. Estoy muy bien, ansiosa ¿y tú?

—Estoy tranquilo y feliz ¿Sabes que partimos mañana, verdad?

—Lo sé —replicó—. Es esa una de las causas de mis ansias.

Oxley sonrió, sintiendo como el corazón le andaba más rápido.

—Estaremos un mes completo en la capital —dijo—. ¿No te parece emocionante?

—Sí. —No sonaba animada—. Extrañaré mucho a Logan.

—Vamos —le apretó el hombro—. Solo será un mes.

—Un mes —repitió—. ¿Cómo se lo lleva Julián?

—Bien. Quiere ir, pero yo no quiero que vaya —carraspeó—. Puede distraerme.

Gabriela esbozó una sonrisa.

—Tienes razón —dijo, mientras veía sobre el hombro de su mejor amigo, las escaleras—. Allá vamos a ganar.

Logan se acercaba, y a Gabriela se le desbocó el corazón. Lo amaba. Se preguntó como podría soportar un mes lejos de él, y si sería buena idea estarlo con Oxley. Sin embargo, se obligó a pensar que hoy venía a celebrar la mayoría de edad de su novio.
Olvidando a Oxley, Gabriela se acercó con rapidez a la escaleras, donde descendía Logan. Éste también la seguía a través de la mirada: estaban conectados.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó ella, arrojándose a sus brazos.

—Gaby… estás preciosa.

El rubor se apoderó del rostro de Gabriela.

—Ten —le extendió el regalo.

—¿Qué es?

—Ábrelo —sugirió risueña—. Te gustará.

Logan tuvo cuidado con el envoltorio, sintiendo las manos temblar. Tras el papel floreado apareció un cartón dorado atado en un lazo, lo desató y se encontró con Animals, de Pink Floyd. La alegría ocupó todo el rostro de Logan y observó a su novia con complacencia.

—Gracias —dijo, abrazándola.

—Te amo —susurró.

—Te amo.

Logan besó por una fracción de segundo los labios de su novia, apenas sintiendo un lejano roce. Se obligó a separarse un momento de ella, pues debía atender al resto de invitados que esperaban ansiosos el poder felicitarlo.

Como nunca Logan se sintió lleno de cariños y felicitaciones, todos repetían como dicho de la noche “ya eres todo un adulto” y sin embargo, Logan, desde mucho antes que unos números indicasen su mayoría de edad, lo era; las despedidas, los traslados y la dura vida de un pequeño arqueólogo le habían convertido en el joven maduro que es en la actualidad.

Al extremo de la habitación se hallaba el primo de Logan, quien ingresaba al hogar, siendo dirigido por Gabriela. Parecía habérsele arrebatado la conciencia, y solo fijarse en las bellas facciones y en aquel campo místico que parecía rodear a la muchacha que tan atentamente lo había recibido. Se preguntó quien sería, de donde vendría y si estaría dispuesta a ser su esposa. Lucas olvidó que hacia en el hogar de su primo, y si no fuera porque Gabriela lo llevo hasta a él, y mientras oía como sonido de fondo “feliz cumpleaños” no hubiese reparado en que debía felicitarle.

—Joven —dijo Lucas— ¿Podría indicarme donde dejar mis pertenencias?

Gabriela se preguntó de donde habría salido este chico, y por qué hablaba con tanta ambigüedad.

—Claro —dijo, ayudándole a quitarle el abrigo—. Te lo llevo yo.

—Gracias.

Gabriela se alejó y arrojó el resto de cosas en la habitación de los padres de Logan, y cuando cerraba la puerta, se encontró nuevamente con aquel muchacho de cabellos rizados y cuerpo alargado.

—Me preguntaba —se aclaró la garganta— ¿Cuál es su nombre?

—Gabriela —replicó, conteniendo la risa—. ¿Y el tuyo?

—¡Gabriela, Gabriela! ¡Pero que nombre más bello! Como Gabriela Mistral…

La joven, en sus adentros, se desternilló en risas. Había oído tantas veces esa especie de cumplido que ya llegaba a causarle gracia. Vio por detrás de los hombros a Logan carcajeándose, pues había escuchado a su primo.

—Primo ¿Te sorprendería saber que ella es poeta? —dijo, sorprendiendo tanto a Lucas como a Gabriela, pues desconocía el origen de aquel muchacho.

—¿Logan? —se volvió—. ¿Eres amigo de Gabriela?

Logan contuvo la risa.

—Mi querido, galán y gran primo, te presento a mi novia. —Rodeó a Gabriela con sus brazos, protegiéndola.

Una mueca de horror ocupó el rostro moreno del joven.

—Yo…¡Que sorpresa! —había adquirido una expresión inescrutable—. Te felicito, primo, tienes una novia maravillosa.

La tristeza de su voz no la supo disimular y parecía que esa noche le había arrebatado lo más precioso de su ser: su alma, esa joven y hermosa chica se la tenía consigo.

Logan y Gabriela se buscaban a través de la habitación, eran las tres de la madrugada, y la casa continuaba atestada de gente. Logan cumplía formalmente los dieciocho y en unas horas más Gabriela debía marcharse al aeropuerto con rumbo a Hualope. Habían llegado a un común acuerdo de encontrarse a las tres y cuarto en el sótano de la casa, pero a Logan le estaba costando cumplir con esta labor, pues sus invitados solicitaban explícitamente de su presencia y compañía. Gabriela, por su parte, solo quería deshacerse de Lucas, quien lloraba en su regazo.

—Amor —exclamó sin aliento, Logan—. Aquí estás.

—Shh…—siseó, cogiendo con delicadeza la cabeza de Lucas—. Está dormido, ¡vamos!


Una botella de vino, un colchón inflable y unas cuantas velas convertían aquel sitio en la maravilla más grande de aquellos chicos. Sus corazones latían desbocados, y las sinceras sonrisas no huían de sus rostros.

—No hay música —comentó Logan— ¿Por qué?

—La música es una de las cosas que nos une —explicó ella—. Pero quiero que esta noche solo nuestras respiraciones nos acompañen.

Logan la apretó contra su cuerpo.

—Esta noche serás mía.

—No —dijo ella—. Esta noche nuestros gritos y sudor formaran parte del universo.

—Te amo.

Gabriela depositó sus labios aún cubiertos en labial sobre el cuello de Logan, llenándose de calidez y agitación.

—Yo te adoro.

Gabriela observaba al techo, sin sentir nada en especial. Sí, se sentía increíblemente sola y hueca, muy hueca. Como aquella noche se sintió Lucas al enterarse que aquella muchacha de belleza sublime era la novia de su primo, así se sentía Gabriela, dejando el alma con Logan. Solo habían pasado un par de horas de la llegada a Hualope, y ya se sentía tan desanimada como si hubiesen pasado años. Se dijo que fue una pésima idea venir, que como no se recordaba aquellas noches que Logan no conseguía escaparse de casa para ir a dormir con ella, la desesperación e irritación que la invadían, los caprichos que habían adquirido producto del amor y de esa tremenda unión de la que fueron dotados.

Pensó de nuevo en la unión, en esa rareza que los envolvía. Ella siempre fue un medio vampiro, y él un humano corriente. Ella siempre estuvo enamorada de él y él de ella. Se preguntó de donde diablos había surgido aquel acuerdo tácito en el que se declaraba que ambos estarían destinados a estar juntos, a amarse irremediablemente. Recordó que no había pegado ojo, ni en el avión, ni en la acalorada madrugada junto a Logan… aquella enérgica despedida, donde la sangre de ambos se fusionó, donde se amaron intensamente y en donde él le recitaba los más hermosos versos.
Gabriela se apretó el muslo, buscando el papel donde había escrito en el avión. Durante el viaje las palabras de Logan estaban grabadas en su mente, y ella había deseado materializarlas. Abrió el papel, y leyó en voz alta:

*“Quiero colarme por tu ventana todas las noches
Y repetirte siempre al oído lo importante que en mí eres
Quiero traer una flor de jacinto entre mis dedos
Y dejarla en tu pelo, oculta tras tus rizos azabaches
Quiero peinar con mis dedos tu ligero cabello
Y cantarte mientras duermes una canción de amor.

Quiero colarme por tu ventana todas las noches
Así, de la nada, arrojar rocas en tu cristal
Y oírte susurrar “¿quién anda ahí?”
Al menos quiero que finjas que no lo sabes.
Me lo harás aún más divertido.
Escalaré el árbol y tú estirarás los brazos,
Y cogerás mi mano, la atraparás con tus delicados dedos
Nos arrastraremos por el suelo y contendremos la risa
Tú me mirarás entonces fijo y me pedirás que te haga el amor

Y yo te cantaré canciones de amor
Mientras peino tu ligero cabello con los dedos
Teniendo el peso de tu cuerpo desnudo sobre el mío
Y cantaré para ti todas las noches
Y todas las noches me colaré por tu ventana
Y siempre me pedirás que te haga el amor”.*

—No será el mejor poeta, ni vampiro, ni mucho menos especial; pero te ama. —La voz de Oxley resonó en la habitación.

Gabriela se incorporó con rapidez de la cama, viendo sorprendida y algo avergonzada a su mejor amigo, producto de las palabras declaradas.

—¿Vuelves tan pronto?

—No hay taller dentro de una semana; nos regalarán estos días de descanso, mientras a la par producimos material suficiente como para concursar —informó con voz ausente, revolviendo las valijas sobre la cama—. Me encontré con Tamara, y almorzamos.

Gabriela sintió una extraña punzada en el pecho. Recordaba muy bien a esa Tamara…y lo mucho que le había hecho sufrir aquel nombre.

—¿Tamara?

Si consideraba sonsacarle algo más, debía hacerse la desentendida, pensó Gabriela.

—La treintañera… —murmuró, deteniéndose un momento a mirarla— ¿No la recuerdas? Estuve un buen tiempo llorando contigo por nuestra ruptura.

Gabriela no supo disimular la mueca que le ocupó el rostro.

—Sí…ya la recuerdo. Pero, vamos, Ox ¿Cuántas novias has tenido, y por cuantas has llorado? ¡Pierdo la cuenta!


Oxley agitó la cabeza, y reanudo la labor de doblar ropa.

—Tonta.

Gabriela esbozó una sincera sonrisa y volviese a tumbar.

—Buenas noches —exclamó, ocultando el rostro tras las sábanas.

—¡Oye! No te duermas. Recuerda que te comprometiste a salir conmigo…

—Estoy cansada —se apresuró a contestar—. Ha sido un día agotador.

La joven apretó los párpados y se acurrucó al mullido cojín; mientras que, Oxley, arrojaba su corpulenta figura sobre la frágil medio vampiro.

—¡Bastardo! —gritó ella, luchando contra el cuerpo que tenía encima—. ¡Quítate!

Oxley se desternilló en risas. Buscó el rostro de Gabriela, con la intención de depositarle los labios en la frente.

—Oxley, quítate de encima —repitió ella, ahora con voz nerviosa, tras descubrir la intención de su amigo.

—Solo si me acompañas. —Aproximaba cada vez más los labios a ella.

Parecía ser que la atracción que estos dos polos simétricos surgía efectos más que nunca. Los medio vampiros aclamaban el roce de sus labios. Sin embargo, ella no podía dejarse llevar.

No podía.

—Ox… estoy cansada —tenía los ojos clavados a los labios de Oxley—. No duermo desde el jueves.

—Quiero que salgamos juntos. —El aliento le chocó contra el rostro de Gabriela: era cálido—. ¿Si?

Gabriela recordó a Logan. Sus besos, sus ojos, sus palabras. El sentimiento gigante que surgía de su corazón cuando lo tenía cerca.

—¡Oxley, sal! —exclamó a viva voz, incorporándose con una agilidad y fuerzas que no creía haber en ella—. Voy a dormir, y no pienso acompañarte.

—Está bien —replicó con suavidad—. Me quedaré.

—Bien.

Oxley estaba cansado de fingir que Gabriela ya no le interesaba y que la relación de mejores amigos había vuelto; él la deseaba tanto como siempre lo hizo. Y no se rendiría con facilidad, al contrario, haría que esto se vuelva lento y duradero. Ya no había determinación en su actuar, en pensamientos se había vuelto un completo Maquiavelo, teniendo como único fin a Gabriela, sin importar como ésta acabe.


Echar bajo llave, capítulo trece. Jacinto

Capítulo 13: Echar bajo llave.

—¿No estás aterrado? —inquirí con voz ahogada.
Él negó débilmente con la cabeza.
—Tenemos mucho que hablar —dije, desesperada—. En primer lugar, tenemos más de un tema pendiente… pero antes debemos hacer algo por ti, luces fatal.
—No te preocupes. Al cabo de unos minutos me sentiré mejor.
Yo estaba más preocupada por él que él mismo.
—Logan… ¿cómo lo supiste? —le pregunté, conteniendo el tono alterado. Debía mantener la calma—. Que yo sepa no te lo he contado nunca…
En un intento de inclinar la cabeza hacia delante, volvió a tumbarla bruscamente contra el asiento. Se veía tan desesperado como yo.
—Cuidado —murmuré, acariciándole la nuca.
Logan me apretó contra su pecho, con fuerzas que no debía utilizar. Entonces besó mis labios, atrapando la sangre que había en ellos.
—¿Tú también?…
—No —repuso—. Solo quería besarte.
—Logan…
Ya veía que jamás llegaríamos al meollo de lo que necesitábamos saber.
—¿Sí?
—Cómo…
—¿Me entere? Me mordiste esa vez que lo hicimos —su voz sonaba más animada—. Cuando te preguntaba en el baño cuando volveríamos a hacerlo me refería a eso… realmente cuando me muerdes, es una sensación aún más profunda que el mismo sexo.
—Pero Logan… yo no recuerdo haberte mordido —admití—. Solo recuerdo leves fragmentos de esa noche.
Ahora me daba cuenta que no recordaba prácticamente nada de ese día. Solo la sensación de poseer a Logan me venía a la memoria.
—Cuando llegamos al clímax, —me explicó, acariciándome el pelo— tus dientes se clavaron en mi clavícula, como ahora. Al principio me asusté mucho, debo admitirlo, pero la sensación era tan… liberadora, excitante. Acabábamos de hacer el amor, y me sentía como en otra galaxia, pero cuando clavaste tus dientes en mi cuello y succionaste mi sangre… Dios, no sabría decir donde me hallaba.
Parecía divagar en recuerdos que le volvían los ojos refulgentes, como si hablase de una experiencia extraordinaria, de algo que tiene demasiado valor para él.
—Y Gaby —continúo, ya mucho más compuesto—, mi padre me advirtió muchas veces que los soviéticos son… vampiros. Como tú. Tu padre, Daniel, lo es, pero Loreto te puedo asegurar que no. Al principio creí que tú y Oxley no lo eran, parecían un poco más normales, sin embargo continuaban siendo diferentes. Cuando era un crío no tenía idea sobre esto, así que jamás juzgué de vuestra apariencia en ese entonces… pero ahora que estaba enterado, que creía de veras en vampiros, volví a Potyhul y tú, tan radiante, gloriosa ¡eso es, gloriosa! Eres como un imán atrae hombres: los seduces sin proponértelo, forma parte de tu especie. Y, aunque ya creo ser presa total de ti, te quiero de antes, convenciéndome totalmente que todo esto está bien… ¿por qué sabes bien que yo solo no estoy poseído por ti, verdad? ¿Sabes que te quiero con toda mi alma, cierto?
Logan estaba yendo muy rápido, y yo no podía procesar todo. Cubrí sus labios con mis dedos, y antes que nada debía consultarle algo:
—Se supone que al morderte pasas a ser vampiro ¿Por qué no lo eres aún?
—Porque yo debo morir para convertirme.
—¿Por qué?
—Mi padre alteró algo en mi genética, lo que me vuelve inmune en vida a la ponzoña. Lo que sí, me resta muchas energías y defensas… por lo que me conviene abrigarme. Este será un frío invierno –añadió.
Quedé paralizada por un momento.
—¿Por qué no recuerdo nada? –pensé en voz alta.
Logan retiró una lágrima que caía por mi mejilla. No me había dado cuenta que lloraba.
—Te habías puesto a llorar muy fuerte después de haberme mordido. Me pediste disculpas y me explicaste todo… yo en ese momento me sentía más mal por ti que por mí, ya que estabas fuera de ti, muy mal, amor. Me asusté mucho, y traté de tranquilizarte, pero no lo conseguí. Seguías llorando y te ocultaste con una velocidad increíble lejos de mi alcancé. Cuando prendí la luz te vi en posición fetal, en una esquina de la pared. En esos cortos instantes te habías dedicado a morderte el cuerpo y arañarte: sangrabas mucho. Tenías los ojos cerrados y la respiración tranquila: dormías. Te llevé a la cama, curé tus heridas, las cuales sanaban con rapidez. Casi no dormí, temía que escapases y te hicieras daño… —su voz era suave, trataba de contarme todo esto con cuidado, acariciándome el pelo y el rostro— no quiero que lo olvides otra vez, amor. No quiero que pienses tonterías y creas que eres mala: eres la vampirita más linda y buena que conozco, y estoy seguro que Loreto te ha hecho creer lo contrario. Mientras yo este a tu lado, puedes beber de mi sangre y lo sabes. No voy a morir, no me haces daño ¿sí?
Las palabras de Logan cobraban sentido. Recordaba más o menos bien esa noche. Después de morder a Logan me detestaba, quería acabar con mi existencia, y entonces, en medio del frenesí, me mordí una serie de veces, inyectando mi propia ponzoña en mí. Y al parecer, algo había provocado la fusión de ésta con mi sangre.
—No te morderé otra vez, Logan —musité—. Al menos, no por ahora.
Él sonrió para sí mismo y gesticuló algo como “eso es lo que tú dices ahora”.
Acaricié su nívea frente y deposité los labios en ella.
—Me sentí identificada con Luna —le confesé—. Me sentí muy mal, Logan… pero a la vez me sentí extasiada, completa, ¡no sé! Demasiadas sensaciones para un solo momento.
—Demasiadas sensaciones para un solo momento —repitió él.
Cerré los ojos con brusquedad, y oculté mi rostro en su cuello, besándolo y acariciando la cicatriz que quedó alrededor de él.
—¿Cómo no me di cuenta antes? —dije, haciendo alusión a la cicatriz que acariciaba con la yema de los dedos.
—Eres muy distraída… supongo.
El corazón nos latía con fuerza, sentía el suyo a través de mi pecho y estaba casi segura de que él podía sentir el mío.
—Amor —murmuré—. No estoy aún muy bien, ni tengo claro todo… pero tengo una duda existencial.
—¿Cuál?
Me atreví a levantar la cabeza, y observar a través de sus fijos y grandes ojos azules.
—Aprovechando que estamos sincerándonos… puedo decir que te recuerdo vagamente. Ese recuerdo de la niñez, en donde veo tus ojos y el jacinto que me entregaste alguna vez. Recuerdo mucho mejor las cosquillas que me producían verte, sin recordar tu rostro con exactitud —sus ojos se volvieron más cándidos, mientras las yemas de sus dedos continuaban dibujando círculos alrededor de mis mejillas—. Recuerdo muy, pero muy poquito sobre lo que viví contigo, solo tenía ¿qué? ¿Cuatro años, cinco? A penas recuerdo algo muy vago… sin embargo, está allí. Y eres tú, Logan. Es algo que no me cuadra del todo… Como pude olvidarte y no recordarte en el primer momento que nos rencontramos.
»La imagen del día que te marchaste volvió cuando estábamos al borde de la pendiente ¿recuerdas? Supongo que mi mente se agilizó con la idea de la muerte, y me trajo recuerdos que alguna vez fueron muy importantes para mí. Al menos, aquel era un recuerdo importante.
Logan tragó saliva, bajándole la manzana de adán en la garganta. La acaricié con el índice y deposité mis labios en ella.
—Pero Logan… yo pienso que quizás, no sé… ¿tú crees que signifique algo, que nos volvamos a ver, todo esto? No es que me quiera adelantar a nada, pero… yo… no sé si me entiendes. Te siento como alguien especial. Más que Oxley —admití, sintiendo un peso fuera de mí—. Te quiero más que a Oxley… de una manera no muy diferente. Te quiero mucho. Y yo no suelo pensar en ti. Pienso en nosotros.
Logan me apretó contra sí.
—¿A dónde quieres llegar, cielo? —me preguntó con suavidad.
Esta vez no me atreví a verle a los ojos. Sabía que le estaba dando muchas vueltas al asunto y él estaba dando todo de sí para entender.
—Creo que somos algo especial. Creo que eres parte de mí, como yo de ti —me aclaré la garganta—. Eres mi alma gemela.
Logan no dijo nada. Parecía que de pronto el corazón le dejaba de latir.
—Viéndolo de esa forma—susurró—, lo más probable es que sí.
—No es un supuesto —repuse—. Yo sé que lo eres.
—De ese modo, también sé que lo eres.
Froté mi cabeza en su hombro.
—¿No lo dices para conformarme?
—Seguro que no —replicó, medio ofendido—. ¡Eso explica por qué insistía tanto en acercarme a ti! Dios… que tonto soy. ¡Como no me di cuenta!
—¿A qué te refieres?
Ahora la que no entendía era yo. Logan tenía esa manía… aún la tiene de reservarse todos los detalles para sí y cuando terminaba con algo, lanzaba una conclusión sin contexto al aire. A mí también me era complicado entenderle, sin embargo.
—Gaby… ¿sabes cuán apetecible luces? —preguntó de pronto, tomándome del mentón. Yo sacudí la cabeza, medio negando y medio incrédula—. Independiente de los encantos vampíricos y todo eso, para mí tienes un encanto superior que para el resto de los humanos. Cuando te veía… Dios… debo admitir que al comienzo no podía controlar las erecciones. —Sonrió para si mismo, y cruzó una corta mirada conmigo— ¡Lo siento por decirlo así, pero es enserio! Jamás una muchacha me había excitado tanto, y al comienzo yo tampoco te recordaba. Estuve averiguando un poco, dándome cuenta de que eras la misma muchachita que alguna vez tuve que abandonar y de la cual, con mis cortos años, me había enamorado profundamente. Estaba dispuesto a acercarme a ti, pero en ello mi padre me informa que dos compañeros de la escuela son hijos de soviéticos, pero inactivos. Yo estaba bastante alterado cuando supe que eras tú y aprovechándome de la situación me tomé la atribución de vigilarte. Era muy gracioso, pues yo parecía invisible para ti. Hasta ese día en San Juan, donde el estúpido de Oxley te lanzó al agua y yo tuve que intervenir.
»Creo que desde ese día estuve al tanto de que no me abandonarías. Que estarías siempre para mí. Que estaríamos juntos, sin importar lo que eres y lo que soy. Me había vuelto a enamorar, de alguna forma. Y sigo tan enamorado como el primer día… es tan… increíble.
Logan enderezó la espalda, sin dejar de sujetarme y besó mis labios, con suavidad. Enrollé mis brazos alrededor de su cuello y le murmuré en el oído cuanto le quería.
Eran las ocho de la mañana y el instituto ya había iniciado. Saqué las mochilas del maletero y ayudé a Logan a vestirse con el uniforme, puesto que éste aún se hallaba débil. Me apresuré a colocarme el mío y me quedé a cargo del volante, mientras mi chico trataba de disimular lo afligido que se encontraba.
—Se siente bien —dije—, esta confianza. Todo lo que ha sucedido hoy.
—Llevábamos mucho tiempo sin enfrentarlo. Tenía que ocurrir.
Asentí.
—Debe ser así siempre… me refiero a que deberíamos andar con la verdad todo el tiempo.
—Sí. —murmuró—. Lo vamos a tener muy en cuenta.

Pronto volvíamos a la ciudad, me acerqué al primer local, para adquirir algo de comida para Logan. Era la única manera de reanimarlo. Bajé sola, y volví con mucha comida, tanto para él como para mí.
—Panecillos con queso y jamón, patatas fritas, barras de cereal, leche y chocolate —dije, mientras abría la bolsa y le colocaba los alimentos al alcance de sus manos.
En un intento desesperado, partió el paquete de chocolate y se echo media barra completa a la boca. Tomó a morro de la leche y continúo con los cereales, luego con los panecillos y finalmente las patatas. Yo le acompañaba con discreción, evitando entorpecer la labor de alimentarse.
Logan lanzó un eructo. Estaba más que satisfecho.
—Gracias —exclamó, ahora volviendo por completo a su color original—. Eres la mejor.
Negué con la cabeza, y terminando la barra de cereal, eché a andar el escarabajo, en dirección a la escuela.
—Una pregunta más —dije, sin volver el rostro—. ¿Cómo tu padre se enteró que todos los soviéticos son vampiros?
Observé a través del rabillo, distinguiendo una expresión serena en su rostro. Ni un rastro de sorpresa como yo creía.
—Pues… —lo pensó un momento, guardando silencio— a mi padre ya le han mordido.
—¿¡Y le convirtieron!? —grité, interrumpiéndole.
—Sí —murmuró—. Mi papá es un… vampiro. Pero Adalia, nadie debe saberlo ¡nadie! Mi padre reserva aquello con mucha aprensión, solo el jefe principal del partido esta al tanto de su condición, pues el tipo también resulta estar “contagiado”.
—Espera—volví a interrumpir—. ¿Cómo es que el líder del partido puede ser…?
—Los vampiros son más poderosos que los humanos, y especialmente él es uno de los poderosos. Se supone que Wiston, así se llama, eligió el camino correcto al liderar el partido derechista; y lo mismo creen los de Oriente, los socialistas. Cada uno de los ancestrales vampiros se fue por su bando, por así decirlo. De hecho, los enfrentamientos entre el partido de Wiston y Orellana fueron los detonadores de la guerra fría, y claro, eso es algo que se mantiene reservado, porque no vamos a pretender que el mundo se entere que el germen del conflicto más largo, sangriento y estúpido de la historia haya sido provocado por una batalla entre vampiros que luchaban por una ideología… aunque la historia no miente del todo, omite la parte de los vampiros, por el bien de la gente y su cordura.
—¡Logan! —exclamé—… ve más lento. Necesito… ¿Cómo diablos ocurrió esto? Mi madre solo me comentó que los soviéticos convertían a su gente, cuando subían de rango y que mi padre estaba en uno muy alto y…
—Eso es mentira —me cortó—. Los soviets convierten a todos los que se integran al partido. Corren el riesgo de convertir a vampiros locos por la sangre, pero las escuelas que tienen allí, más correccionales que nada, les proporcionan la capacidad suficiente como para soportarlo. Los adiestran y los vuelven casi humanos, exceptuando las cualidades extraordinarias que potencian en los entrenamientos.
»Y respecto a tu padre… bueno, él, junto al padre de Ox, resultan ser los cofundadores del partido ¿increíble, no? Eres hija de uno de los vampiros más poderosos del globo.
Agité las pestañas, incrédula.
—Eso… no tenía idea —comenté, sin saber que decir—. Mi madre no lo mencionó jamás, yo solo…
—Y dudo que lo sepa —se apresuró a contestar—. Como antes dije, nadie puede enterarse de esto. Es información secreta, almacenada bajo llave. Yo la manejo gracias a mi padre, quien no tenía destinado convertirse en vampiro, pero lo hizo. Y ahí tienes los resultados: odia su condición, vive con esa sed terminal y se aborrece.
Logan no continuo. Pareció quedarse en una especie de abstracción mental.
No le exigí que continuase, sabía muy bien que si actuaba así, era por algo. Algo que le incomodaba.
La expresión de su rostro era inescrutable, no podía afirmar si se veía triste, feliz o intrigado.
Pese a lo mucho que deseaba averiguar que le ocurría y algo más sobre los vampiros y su padre, tuve que contenerme: ya estábamos en el aparcamiento del instituto, y ya vamos bastante atrasados.
Logan pareció volver a tierra, pero era tarde. Me besó en los labios y bajamos del coche.
—¿Seguimos luego? —me preguntó, mientras accedíamos al vestíbulo del edificio a través de las grandes y viejas puertas de acero.
—Sí —asentí.
Nos despedimos del sol, adentrándonos a la típica oscuridad del lóbrego edificio. Las paredes, el techo y el suelo era todo de mármol en tonalidades de gris apagado; las ventanas eran escasas y en su mayoría estampadas de vidrieras con el rostro de Dios y santos, recordándonos todo el tiempo que nos hallábamos en un colegio religioso y recordándome precisamente a mí que yo no era bienvenida a este sitio.
Ahora más que nunca podía decir cuanto odiaba este lugar: me causaba escalofríos.
Logan sintió mi tensión y me abrazó por la cintura. Parecía que hoy más que nunca estábamos conectados, a lo que sonreí.
Tuvimos que traspasar por la burocracia de reclamar un pase, no sin antes justificar de manera válida nuestro retraso, dar los teléfonos de nuestros padres para confirmarlo (quienes no nos defraudaron y fingieron demasiado bien), firmar unos cuantos papeles y obtener ¡al fin! El jodido papel.
Logan me acompañó hasta mi clase. Nos despedimos con un corto beso en los labios y luego de verle marchar, tuve que volver a la realidad, por completo. }
La maestra de artes era algo más comprensiva que las mal humoradas monjas de allá abajo. Sin embargo, eso no quitaba que detestase su clase, primero, por arruinarme las calificaciones (era un asco trabajando con las manos) y segundo, por el hecho de haber escogido erróneamente artes por sobre música, y no tener opción de cambiarla, pues una de las reglas que la maestra Lucy tiene es esa: si escogiste mi clase, te quedas. No importa lo que pienses. En ese sentido, la Srta. Lucy no era tan agradable.
No era tan malo, después de todo. Disfrutaba ver como mis compañeros se sentían a gusto realizando lo que realmente les agrada y de esa forma entregando verdadero arte.
Como suele suceder, la hora pasó muy rápida. Debía una figura en madera, la cual no tenía a mano y tuve que empezar y acabar en una hora. Traté de grabar los ojos de Logan, me resultó algo muy lejano a ellos, con poca gracia, pero que sin embargo, era el mejor trabajo que he realizado en clase de artes. Debe ser porque lo hice con cariño.
Tenía la intención de obsequiárselo al dueño de esos ojos, pues gracias a éstos obtuve mi primer excelente en Artes. Recordé que aún llevaba el broche de flor que Logan me había regalado y que lo justo sería que Logan recibiese algo de mi parte también, algo con mucho amor.
De camino al edificio norte me encontré con Maya, el profesor de literatura, quien me felicitó por “Gin para todos” y me dedicó unas cuantas disculpas, pues él en un principio estuvo al tanto que mi obra fue la seleccionada entre todas, por tanto el hecho de saberlo y además ocultarlo todo el tiempo le volvía culpable. Le agradecí por el gesto, y le aseguré que no hay nada porque preocuparse: era mejor así, espontáneo.
Cuando creí que ya iba por despedirse, sus palabras me dejaron noqueada.
—Me ha extrañado no verle por las tardes, señorita—me dijo de pronto, traspasándome sus ojos a través del cristal de sus anteojos. En tanto yo fruncí el ceño, ocupando lugar entre mis cejas una dura franja—. Ha retornado el certamen de literatura, y como todos los años, la institución piensa en participar…
—Espere —le interrumpí, ligeramente alterada—¿Quiere decir que el grupo ya esta conformado?… ¡Como puede ser posible… yo el año pasado fui presidenta y…!
—Señorita —repuso, acomodándose las gafas—, no se alarme. El señor Jackson ha ocupado el puesto de presidente… por lo que deduje que usted ya estaba al tanto de la actividad y puesto que…
No quise oír más, y, rompiendo todas las reglas de la educación, le dejé allí hablando solo, mientras yo arrastraba los pies al salón de Oxley, con las aletas nasales dilatadas, expulsando aire y aspirando con violencia.
Oxley Jackson.
Más que costumbre, es o era una promesa participar en los certámenes de literatura con Oxley, sea cual sea, dentro, fuera o demasiado lejos de la ciudad, acudíamos a éstos. Disponíamos o disponemos —ya no lo sé, maldita sea— de un equipo tan comprometido con las letras como nosotros mismos. ¡Y con Oxley asistíamos a éstos desde muy niños! Pero ahora, presidente del equipo que YO debía tener este año, algo que habíamos acordado entre todos, y peor aún, que no me haya ni enterado… ¡todos me habían engañado, y él, mi mejor amigo! No podía creerlo, simplemente no podía. Lo único que lograba tener sentido era que Oxley en definitiva deseaba deshacerse de mí. Era más que personal: ya no era solo Logan a quien intentaba evitar, ahora también era a mí. Y es algo que no pienso tolerar.
¡Maldito caprichoso!, pensaba. ¡Maldito infantil, idiota!
Me planté en medio del salón de Oxley y aprovechando que este se hallaba vacío, olisqué el lugar, buscando su pupitre.
Últimamente mis sentidos se han agudizado producto de la ingesta de sangre humana. Y más si se trata de la sangre de Logan, de la cual estoy febrilmente conectada al ser éste parte de mí y yo parte suya. Recordé entonces el tallado en madera de sus ojos y me pregunté si quizá esté buscándome ahora mismo… pero no podía ocuparme de eso. Antes debía arreglar la situación con Oxley.
¿La situación?, pensé para mis adentros. Los celos de Oxley; el capricho de Oxley. Eso debía arreglar. Y ahora.
—Oxley —hablé en voz alta—. Me debes más de una explicación, bribón.
Me acomodé en su sitio, arrellanándome en la silla.
Bien. Faltan cinco minutos, y pronto ingresará por la puerta, distinguiré el olor a tabaco mezclado a aquella fuerte fragancia de perfume barato de hombre. No me moveré y no hablaré: solo analizaré su rostro y estoy casi segura que él entenderá que yo ya me he enterado. Eso le pondrá nervioso… dudará, pero sé muy bien que nuestro lenguaje supera las palabras. Él entiende nuestro lenguaje corporal ¡por algo es nuestro!, ¿no?
Observé con atención el reloj que prendía de la pared, viendo como las finas manillas giraban con lentitud. Eso lograba sacarme de quicio, sin embargo conseguía mantenerme distraída. No recordaba realmente que hacía mirando el reloj, solo lo veía y me frustraba que anduviese tan lento y que aún peor, no se detuviese nunca. Cuando la manilla hubo tocado el nueve, comprendí que ya eran las diez menos cuarto y que el receso había acabado.
Entonces el olor que rodeaba el sitio de Oxley me golpeó como el viento en otoño sobre el rostro, y le vi plantado frente a mí con los brazos en jarras y expresión crispada.
—¿Qué haces aquí? —La voz con esfuerzo exagerado le salía menos gutural de lo que en realidad estaba y no, no era producto de la resaca de unas horas y mucho menos algo reciente que le haya ocurrido. Estaba segura que se debía a mí.
Sin embargo, no respondí. Me lo había prometido. Continué observándole con atención, distinguiendo profundas ojeras rodeándole los ojos, la nariz un tanto rojiza, los poros más o menos abiertos, y el pelo húmedo. Daba la impresión de acabar de salir de la ducha. Su respiración era calma, tranquila como su pecho que apenas se distinguía el movimiento provocado al respirar. Oxley no necesitaba respirar, él es inmortal.
—¿Estás sorda o qué? —esta vez no fingió, y el tono era demasiado brusco y áspero—. Gabriela, vete.
Largué una corta risita, sus palabras no me dañaban, entendía que estaba despechado. Él, entonces, dejó caer los brazos por los costados, y me miró aún más consternado.
—Lárgate —musitó, apretando los dientes—ahora mismo.
Sacudí la cabeza. De veras no entendía a qué venía.
—Está bien —reflexionó—. ¿Qué haces aquí?
Traté de ver tras sus ojos, explicándole a través de una mirada todo lo que sentía en este momento: me imaginé entonces lo feliz que me vuelve estar con él, lo dulce que me suena su voz, pese a ser tan brusca, la mala costumbre que me armé de depender de aquel aroma a tabaco y perfume barato, lo mucho que añoro las tardes de verano, en las cuales nos pasábamos en el patio trasero de mi casa rellenando un cuaderno con escritos sueltos; su bella figura desnuda bajo las frazadas calientes de los hoteles que alojábamos cuando nuestras madres iban de viaje juntas… el deseo permanente que me invadía de ir más allá, sobrepasar mis limites y tocarle, sentirme tan ardiente como aquellas sabanas producto de una noche acalorada de verano en Buenos Aires; todos los recuerdos, la creciente llama que se encendía en mí al momento de tenerle cerca, tanto deseo, tanta pasión, tanto amor…
Me di cuenta que los ojos de Oxley se habían vuelto cristalinos y que refulgían de una manera especial. Lo había comprendido. Yo, medio llorando, me incorporé y le apreté el hombro.
—Te amo —le susurré.
—Te amo —susurró él.
Oxley no me detuvo ni nada por el estilo. Me dejó ir tranquilamente, lo que agradecí, pues al llegar al salón, me encontré con la sorpresa que la clase de cálculo ya había iniciado, la cual era repartida por el maestro Ramos, quien al contrario de estar dichoso por jubilar ya, no hacía más que gruñir y fastidiar la vida a todo el mundo. Y lo digo enserio, no solo por el hecho de haberme prohibido el ingreso al salón por llegar con retraso, sino, porque de veras es insoportable.
Caminé sin prisa por el edificio, buscando algún sitio tranquilo para pensar. Necesitaba pensar, en pocas horas habían sucedido demasiadas cosas.
Está bien. Me acabo de enterar que mi novio (no me acostumbro a llamarle así… Logan es más que un “novio”) sabía sobre mi condición medio vampira, y que, además, maneja más información sobre el tema que YO misma, puesto su padre es vampiro y el líder del partido también lo es, y sumando que está al tanto de que todos los soviets lo son también y que mi padre es cofundador del partido… ¡joder, demasiada información! Me llegaban a dar palpitaciones en la nuca y a bullirme la sangre en todo el cuerpo, calentándoseme con exageración la frente y las manos. Por hoy, preferiría olvidarlo y fingir que la vida sigue el mismo ritmo que antes: sin continuas sorpresas. Sería una decisión caprichosa y pueril, pero no había de otra. El ajenjo, la marihuana no eran buena mezcla cuando se madrugaba e iba a clases, y ni mucho menos cuando traspasas por momentos como estos.
Otro asunto que me tenía los pelos de punta era Oxley. Ya, acababa de darle una visita y expresarle más o menos lo que estaba sucediendo, pero aún no era suficiente. Él se había atrevido a suplantarme y ocultarme sobre el certamen. Y no creía que se debía a mi especial distracción, porque en ese sentido, yo siempre he estado al tanto de las noticias que transitan los paneles de información del establecimiento, por tanto, estaba casi segura de que Ox se había preocupado hasta del más ligero detalle para que yo no estuviese enterada. Y me daba la impresión que los del equipo también, algo que no me cuadraba del todo, pues con los chicos me llevaba muy bien, incluso el año pasado habían estado muy felices con la noticia de que yo sería la presidente del grupo. Solo había una explicación, y esa era Oxley y sus desenfrenados celos.
Pero, ¿por qué no reaccionó de esa forma, cuando yo estaba con César? Recuerdo muy bien lo alegre que Oxley se puso con la noticia, los consejos que nos brindaba continuamente y todo lo demás. Pero ahora, que yo estaba con Logan, no había sonrisas, ni consejos, ni felicitaciones. Nada. Y me costaba comprenderlo, me hacía verle como un maldito egoísta, pues él todo el tiempo no ha hecho más que tener parejas, sexo y una vida bohemia, torturándome con la idea de que su amor hacia mí es imperecedero, haciéndome sufrir con el imposible de que algún día sería mi chico y solo mío, de que algún día pondría los pies en la tierra, pediría mi mano, o bueno, ser su novia y ya estaría, su vida alocada acabaría, las orgías, el sexo desenfrenado y la condición de bisexual serían historia… y solo yo sería parte de su presente. Debía admitir que aquel imposible continuaba rondando en mi cabeza… pero yo amaba a Logan.
Logan… Logan es alguien, una persona, un ente… ¡sí, eso! Cuando le veo… muy pocas veces logro fijarme en su rostro, o en su cuerpo. No como ocurre con Oxley, con él es algo ínfimamente carnal, cuando tengo los ojos castaños del muchacho, un calor intenso me abrasa bajo el estomago y el deseo se apodera de mí —rayos, detestaba la idea de compararlos, pero era cierto, ambos eran los chicos de mi vida—, en cambio con Logan es diferente; con él es algo interpersonal, una sustancia se activa en mi cuerpo, mandando señales por todas partes, dándome escalofríos en la espina dorsal, sudándome las manos, agitar las pestañas y por sobretodo, el latir desbocado de mi corazón. Por un momento olvido donde estoy, quien soy y pienso solo en nosotros. Logan y yo. Yo y Logan. Y la lógica me abandona, la razón huye presa de un corazón enloquecido, quedando solo el sentir radiante de un querer impresionante. Incluso la sed me abandonaba. Él y yo. Yo y él.
Una vez más recordé la figura de madera. Extendí mi palma para poder verla: los ojos de Logan me contemplaban, una mirada cálida y expresiva, llena de bondad y amor. La acurruqué contra mi pecho y de pronto olvidé donde estaba y que me acomplejaba.
Yo era feliz. Amaba a Logan, no había nada de que preocuparse.

—Oye —una voz varonil provocó que me exaltara—. Quería pedirte una disculpa.
Me volví con violencia, encontrándome con Julián. Entonces recordé lo que había sucedido por la noche. El juego, el beso de Oxley y el llanto de Julián.
—Oh Dios… —exclamé, acercándome a él—. ¿Qué debería disculpar? Discúlpame tú a mí. Me siento fatal… Oxley, tú ya sabes.
Él apenas sonrió forzosamente. Su rostro se veía tan demacrado como los pocos que se habían dignado a aparecerse por la institución. Llevaba el pelo rubio húmedo, el uniforme atestado a perfume, y su rostro tan pálido como la cal, lo que le hacía lucir enfermo, puesto que su contextura era demasiado delgada y demasiado alta.
—Enserio, debes perdonarme. Sino, me sentiré fatal.
Escudriñé a través de sus ojos miel, sin encontrar nada en ellos.
—Vale. Si puedo hacer algo por ti… te perdono.
—Gracias —suspiró.
Sonreí débilmente.
—Sin ser inoportuna… ¿por qué te acabo de disculpar?
—No te preocupes, no eres inoportuna, en absoluto —esbozó una sonrisa—. Sucede que hace un par de horas moriste en mis pensamientos.
Un escalofrío me recorrió la espalda y él lo notó. Sin embargo no dijo nada, y comenzó a balancearse con la punta de los pies.
—¿Y bueno… solo es eso? —inquirí.
—Sí —replicó, dejando de jugar—. Como dato curioso podría decir que fui yo quién acabó con tu existencia. Pero no me malinterpretes: no deseo matarte.
Lancé un suspiro aliviada, aunque la idea de que Julián quisiese matarme no se me había cruzado por la mente, suspiré sin embargo.
—Claro, si te alejas de Oxley, no lo haré.
Entonces, soltó una carcajada, de esas que lanzan las brujas o villanos de películas, me miró fijo una última vez y se marchó, sin despedirse ni nada.
—Vaya enfermo—murmuró alguien, detrás de mí.
— ¿Ox? —pregunté, mirando sobre mi hombro.
—No puedo creer que te esté amenazando —dijo, abrazándome por los hombres—. Crío de mierda, ya verá como me deshago de él.
Acaricié el dorso de sus manos e inconscientemente una sonrisa cruzó mi rostro.
—Preferiría que le aguantaras algo más de tiempo. Está sufriendo.
—No. Ya me tiene cabreado y esto colma el vaso —me besó la sien—. Así aprenderá que debe respetarte.
—¿Y sí me mata?
Mi comentario pareció darle mucha gracia, y se largó a reír sonoramente. De una manera que no escuchaba hace ya bastante tiempo.
—Dudo que pueda contigo —repuso, sonriente—. Eres más fuerte que cuatro veces Julián, y además de ser debilucho y enfrentarse a una mitad vampiro, cuentas con la completa protección de un vampiro fuerte y enamorado, que no te dejará en descuido en momento alguno.
—Y con su novio, por supuesto —dijo de pronto, Logan, frente a nosotros.
—¿Cuánto llevas ahí que no te sentí? —pregunté, desasiéndome de los brazos de Oxley.
—Lo suficiente como para saber que alguien quiere hacerte daño ¿qué ocurre?
—¡Y a llegado el cabrón de Lerman! —exclamó Ox—. Aunque dudo que puedas con hacer algo al respecto… se trata de Julián. Nada grave.
Logan arrugó la frente.
—¿Qué le pasa a tu novio? ¿Se ha puesto celoso?
Ox asintió.
—Le tengo loco, ese es el problema —murmuró, fingiendo estar apenado—. Y ha advertido echarse a Gabriela en caso de que ésta no se aleje de mí, lo cual no hará ¿cierto?
—Cierto —afirmé divertida.
Pareció ser Logan el único que no le causo mucha gracia nuestro comentario. Por tanto aferró su brazo a mi cintura, y sostuvo sin expresión la mirada de Oxley.
—Ya vez —prosiguió Oxley—. Nada de qué preocuparse. Ahora podéis marcharos y continuar con vuestras chorradas, mientras yo me ocupo de mi dulce paloma despechada.
Le dio unas ligeras palmaditas en la espalda a Logan, y sin permitir que éste dijese algo o que yo lo hiciera, se marchó, demasiado rápido como para parecer normal.
—Vaya… ese tío te debe poner los pelos de punta —me dijo, sin dejar de fruncir el ceño—. Es como tan…
—Tan él —terminé por él—. Puede que aún siga poniéndome los pelos de punta, pero eres tú quien me vuelve realmente loca.
Esbozó una sonrisa.
—Es bueno saberlo.
—Creí que ya lo tenías claro.
Sacudió la cabeza, divertido.
—Me cuesta entender que alguien como tú pueda fijarse…
No estaba dispuesta a escucharle esa frasecita, por lo que me apresuré a colocar el índice sobre sus labios.
—Calla —susurré—. Y coge esto. Gracias.
Le entregué mi obra maestra en madera, que me había molestado en envolver con hojas llenas de garabatos en mi gran receso. Logan extendió la hoja con cuidado y por un momento dejó de fruncir el ceño.
—Es… precioso —exclamó—. Gaby, ¿soy yo?
Asentí, agitando la cabeza.
—Sí. Son tus ojos… aunque no me han salido del todo bien. Los reales son más lindos, pero… lo he hecho con amor. Y me he sacado un excelente.
Logan no hizo más que sonreír. Extendió los brazos y me envolvió en ellos, besándome en el pelo, la frente, los ojos, la nariz, los pómulos y finalmente en los labios. Donde se detuvo por un buen rato.
Permanecimos abrazados y besándonos hasta que tocó la campana, acompañándome a mi salón.
—Debo admitir que andar con este llavero me creerían un ser muy vanidoso —comentó, mientras andábamos por el pasillo atestado de estudiantes ruidosos.
—¿Por qué? No tiene nada de malo: tus ojos son preciosos.
—Bueno… si ves a un tipejo pasear con sus llaves y si, en el caso de darte cuenta de la figura que ocupa lugar en el llavero son la copia de sus ojos, pensarías que el tipo está muy mal.
—¿Y qué importa lo que piense o diga el resto?
—Tienes razón —se apresuró a contestar—. Nadie entendería el valor que tiene el llavero para mí. Yo les diría “es obra de mi novia, la que amo y me ama” y sonreiría.
—Y ellos —proseguí siguiéndole el juego— te dirían ¿cómo probarlo, Sr. lindos ojos?
—Pues… —continuo él— les extendería el llavero…
—E indicando con el índice, les apuntaría la esquina…
—Dónde hay una “G” de Gabriela, o Gaby, como me gusta llamarle. Y finalizaría, sin borrar la sonrisa del rostro ¿y además, qué le importa a usted?
—¿Y además, qué le importa a usted? —repetí en voz alta, aplaudiendo y echándome en sus brazos.
Justo entonces cruzábamos la puerta de la clase del segundo, en donde yo voy. Logan se atrevió a acompañarme hasta mi pupitre, acomodándose sobre la mesa, mientras yo estaba de pie, jugando con sus manos.
—¿Oxley está muy molesto? —preguntó de pronto.
—¿Por qué lo dices?
Torció la comisura de los labios, al parecer le daba gracia mi actitud impulsiva.
—Te vi antes en clase, estabas en su pupitre ¿no? —asentí—. ¿Hay una razón en específico, además de mí?
—La hay —le aseguré—. Oxley me ha estado ocultando sobre un certamen de literatura, del cual fui presidente el año pasado. Y me acabo de enterar gracias al profesor Maya que Oxley está como presidente en este nuevo ciclo…
Logan crispó el rostro. Se veía realmente enojado.
—¿Y qué hay con el equipo? —preguntó con voz áspera.
—Hm… bueno, nosotros solo nos reunimos cuando hay alguna presentación o certamen y este año ha sido el de los más aburridos. No ha sucedido nada en el mundo de las letras, y nuestro grupo por tanto no ha mantenido el contacto. Ni por Facebook, ni por la escuela, ni nada. Y se suponía que yo aún ocupaba el puesto de presidente, lo que me extraña muchísimo y me hace pensar que Oxley, bueno, quiere deshacerse de mí.
—Y ya lo ha hecho —me aseguró con voz tajante—. Es cuestión de ver como lo ha hecho tan limpio que ni yo me he enterado sobre algún certamen.
—La verdad es que somos bastante discretos dentro del alumnado…
—Al igual que los de teatro, la banda, los músicos, por no mencionar más. Pero los anuncios siempre están ¿no?
La que frunció el ceño esta vez fui yo. No lograba descifrar o más bien no quería descifrar lo que Logan decía.
—¿Qué quieres decir?
—Que Oxley se ha encargado de eliminar todo, además de suplantarte y quizá poner el equipo en tu contra.
—Estás siendo paranoico —me apresuré a interrumpirle—. Esta es la vida real, no el teatro.
Por un momento me arrepentí de haber dicho eso, y me avergoncé.
—Disculpa, yo no quise…
Logan sacudió la cabeza, y esbozó una amplía sonrisa.
—Pero ya lo has dicho y has sido sincera, eso lo que vale. —Enlazó nuestros dedos torpemente—Tienes razón, estoy siendo paranoico, disculpa.
—No… discúlpame tú a mí. Soy una idiota.
—No lo eres. Y basta, te quiero.
Acunó mi rostro entre sus manos, y me fusionó nuestros labios por unos cortos segundos.
—Debo irme.
—Te quiero.
—Y yo también, Gaby.
Se marchó con aquel andar principesco, atravesando el gentío que ocupaba el salón y alejándose muy pronto de mi campo visual.
No entendía por qué me había comportado así con él. Nunca me alteraba a su lado, nunca algo salía de control… pero era Oxley quien estaba en medio y eso entorpecía todo. Como la idea que ahora deambula en mi mente, sobre Oxley saboteando mi puesto en el equipo. ¿Por qué lo haría? Venganza. Capricho. Angustia. No tenía sentido, Oxley no es así.
Debería reconsiderar tomar el asunto de Oxley para ser almacenado bajo llave a lo largo de este día. Al menos, a lo largo de este día.
Sí, definitivamente hoy no haría más que dormir y olvidarme de lo ocurrido. Y claro, prepararme mentalmente para los dardos que muy pronto estaré expuesta a recibir. Pero más adelante, un poco más adelante.


Capítulo 12: ¡Felicidades!

Anteriormente {capítulo 11}
El travieso Gil fue desprendido de mi pierna, volviendo a su vez a un estado físico visible. Mi rostro se transformó, sentía la expresión dura, tensa, mientras que las lágrimas rodaban y caían por el mentón.
La mujer asintió con la cabeza, y el tipo que llevaba varios minutos con el arma en la sien de Oxley, se apartó. Yo corrí a su lado, abriéndome este sus brazos. Lloré como una magdalena en su pecho, sollozando y corriéndome los mocos sin parar.
Veía a Gili marcharse en los brazos de Cardena, quien lo apretaba contra su pecho como si fuese lo más valioso en su mundo, mientras una extraña sonrisa ocupaba todo su rostro.

(…)


Fue increíble alejarse de aquel sitio, de Trix, la jodida ciudad subterránea que ocultaba tanto misterio y que nos había traído tantos problemas. Jamás me habría imaginado sentirme tan agradecida por el simple hecho de respirar.
Traspasábamos la carretera a través de la furgoneta del papá de Logan, un vehículo grandote, con capacidad suficiente como para llevarse a sus compañeros del partido más nosotros tres, es decir, descontando ahora a Catherine, éramos seis a bordo. Yo iba en medio de Logan y Oxley, y eso, si mi mente no estuviese ocupada por el apenado rostro de Gili y la dicha que de momentos me invadía por estar al fin a salvo, me pondría nerviosa, pero no. Era una tontería.
El estéreo iba puesto con un CD de música clásica, reconocía el tema, eran las cuatro estaciones, de Vivaldi, acompañado del fondo soleado y verdoso que se distinguía a través de los cristales, todo era absoluta paz.
En cuanto el sol se escondía tras las espesas y oscuras nubes, comprendí que llegábamos a Potyhul, y no era porque siempre se halle así, sino, porque es época de invierno.
Me abracé en los hombros de Logan, mientras un tanto gruñón Oxley nos seguía por detrás. Había pedido que me dejen en casa y pregunté si alguno de los chicos deseaba acompañarme y puesto que ambos habían accedido…
Tenía la ligera sospecha que mamá no se encontraría muy bien. Mejor dicho, era lógico que mamá no está bien; cuantos días llevo fuera y todo lo demás. Esperaba que estuviera bien.
Nos despedimos agitando los brazos y así emprendimos marcha hasta la puerta de mi casa. El corazón me latía muy fuerte y las manos comenzaban a sudarme: estaba nerviosísima. Logan lo notó, y me apretó el hombro, transfiriéndome apoyo.
El rostro desganado y triste de mi madre me puso la piel de gallina: su aspecto era demacrado. Llevaba la mascara de pestañas rodeándole los ojos, el pelo desgreñado y un pijama sucio.
—Mamá —musité, lanzándome a sus brazos.
No había escuchado un sollozo tan fuerte escapar de ella: lloraba ruidosamente, y se enjugaba las lágrimas con la manga sucia. Las dos lloramos por un buen rato, susurrándonos cuanto nos queremos y extrañamos. Cuando mamá hubo acabado conmigo, se dirigió a Oxley, pasando un buen rato con él entre lágrimas. Luego, no tan efusiva, abrazó por unos segundos a Logan, y le pidió disculpas por los malos entendidos.
Finalmente se propuso hacernos un delicioso almuerzo, aunque ya eran las ocho de la noche, sin embargo no habíamos más que comido unas barras de cereal y café, pues llevábamos viajando dos días completos.
—¿Cuánto fue que nos marchamos? —le pregunté a mi madre, mientras la ayudaba a cocinar, haríamos tallarines con salsa.
Ella me observó de soslayo, mientras continuaba picando cebolla y los ojos se le escocían.
—Fue una semana y tres días —replicó maquinalmente.
Me sentí mal y culpable. Se notaba que llevaba la cuenta como algo sagrado, albergando la esperanza de si continuaba con vida o no. No me podía imaginar el sufrimiento de la espera, la tensión de no saber que podría ocurrir, de no saber con que te enfrentarás.
—Una semana muy dura, sin embargo —dijo, como leyéndome el pensamiento—. Siempre supe que estabas con vida, siempre supe que volverías.
Ya estaba farfullando y las lágrimas no eran solo producto de la cebolla. Detuvo la labor por unos minutos, en los cuales la abracé con todas mis fuerzas, entregándole todo mi amor.
—Te quiero tanto hija —susurraba en mi oído, mientras me acariciaba el pelo—. Prométeme que andarás con más cuidado ¿si?
—Lo prometo —repliqué con firmeza.
Al cabo de una hora y menos, nuestro almuerzo estaba terminado. Nos ubicamos en la mesa, de manera tal que mi madre quede a mi lado y Logan y Oxley juntos. Mi madre no se atrevía a soltarme.
Mi madre nos sirvió vino, aprovechando la ocasión y la escusa para beber más de la cuenta. De algún modo, hoy no parecía preocuparme.
—Cocina delicioso, Sra. Guzmán —exclamaba Logan, guardando bajo discreción el apetito voraz que le invadía, todo lo contrario a Oxley, quien ya había acabado con el primer plato y reclamaba por otro.
—Gracias, Logan —replicó ella, con una enorme sonrisa—. Y llámame Loreto, a secas.
—Está bien, Loreto.
Mi madre era solo sonrisas, le hacía tan feliz tenerme cerca y al parecer Logan le caía simpático.
Luego de cenar, nos acomodamos en la sala de estar, donde había un equipo electrónico no muy moderno, en el cual mamá colocaba sus cintas con bandas de los setenta, sobre todo de punk. Eso descoloco a Logan, quien era un amante de aquel estilo, ganándose de esa forma toda la estimación de mi madre.
—Cuando tenía su edad, esta música ya era anticuada, pero a mi me seguía gustando. En mis tiempos le decíamos “chévere” a algo genial —comenzó mi madre, mientras yo adquiría rubor en las mejillas—. Yo pertenecía al grupo de los populares, por así decirlo, y era así porque nos gustaba jalar y volarnos con la música. Escuchábamos éxitos de todos los tiempos, psicodelia, rock, punk… ya saben, de todo un poco. Pero había una canción en especial, un tipo de éxito total en Gringolandia, del sesenta y nueve —dio vuelta la cara de la cinta y cerró los ojos—. Escuchen, cierren los ojos, beban algo más de vino y siéntanse volar.
Era “crimson and clover”, de Tommy James & the Shondells. Y, efectivamente, era un éxito de los 70’ que mi madre nunca se aburría de colocarlo, y que, como la mayoría de las canciones que ésta escucha, se vuelven mías.
Oxley sonreía tanto como Logan, y me imaginaba que yo también. Aprovechando que los ojos de mi mejor amigo estaban sellados, me aproxime a Logan y besé sus labios por una fracción de segundo, provocando que éste de un respingo, reaccione y me acune en su pecho, sin soltarme más.
Ya entrada la noche, los chicos se marcharon en un taxi. Los hubiese ido a dejar en mi coche, pero éste se encontraba aún en casa de Logan, quien prometió llevármelo por la mañana, lo que me ponía aún más feliz, porque lo vería al cabo de unas pocas horas.
Esa noche dormí con mi madre, las dos muy sonrientes y abrazadas en su gran cama. No me había sentido tan agotada y feliz desde nunca, y por tanto, pensaba almacenar en mi memoria estos recuerdos para siempre.


Al cabo de una semana, las cosas no empezaron a salir tan bien. Ingresábamos a clases, las vacaciones de invierno acababan. Era lunes por la madrugada, y yo no podía dormir. Hace unas horas Logan se había marchado, se había vuelto costumbre vernos todos los días, y yo no me podía quitar su fragancia de la cabeza, ni aquella noche, que parece tan lejana, en la cual lo hicimos.
Sí. Desde entonces no hacemos el amor, y no entendía como Logan lo llevaba tan bien. Siquiera un indicio de molestia, desesperación ¡deseo! Pero nada, parecía ser que la única deseosa era yo. Y eso debía acabar, necesitaba calmarme.
Mañana entraría a clases, y aunque suene una tontería, eso me aterraba. Odiaba aquel sitio, que tanto me desagrada. Odiaba ir en segundo, mientras Logan y Oxley irían en cuarto, tan lejanos como nunca. Y odio la idea de tener que soportar a una manga de imbéciles.
Detestaba a mis compañeras, eran todas unas cabezas huecas y superficiales, detestaba a mis compañeros, que eran tal cual que las anteriores. Era un ambiente de mierda, y yo era una especie de abominación en aquel sitio. Si no fuese por Oxley, andaría sola por los pasillos, quizás siendo protagonista de las bromas de los tíos mayores o menores, quien sabe. Siempre hay una victima indefensa que cae en las redes de aquellos ridículos, y yo era presa fácil, lo admitía. Me gusta estudiar, al menos, lo suficiente como para algún día irme muy lejos a estudiar literatura, escribir libros y ser feliz. Y me gusta escribir, evidentemente, lo que muchos no saben y si se llegasen a enterar, no les causaría nada más que risa.
Como decía, Oxley es alguien muy conocido dentro del instituto. Es el muchacho más guapo, es bisexual (lo que parece atraer mujeres por doquier) y escribe, lo que, proviniendo de él, no es malo, es guay. Por tanto, llevarte con él es un obsequio del cielo y debes aprovecharlo, pero, también te ganas enemigos, y esos enemigos son las muchachitas, e incluso muchachos, que se encuentran perdidamente enamorados de Ox.
Es extraño, pero Oxley no disfruta de su popularidad. Él siempre ha preferido ser un marginado, y se esmera en parecerlo. Se lleva conmigo, en primer lugar y contamos con un no muy gran grupo de amigos, con los cuales constantemente estamos saliendo y disfrutando de nuestras vidas. Todos son chicos muy especiales, de diversos intereses y sobre todo amantes del arte. No me sorprende para nada haber encontrado a Logan allí, quien, reconocido por esta gente (bastante especial) fue llevado aquel día a las salidas de San Juan, cerca del río y la fogata, en donde le conocí.
El recuerdo me robó una sonrisa, y me animé a dormir, soñando con Logan e imaginando que mañana nos veríamos, otra vez.

Siempre he dicho que el uniforme, además de ser horrible, es muy incomodo. El reflejo del espejo mostraba mi silueta oculta tras los trapos que utilizábamos como vestimenta: una falda plisada a cuadros que me quedaba debajo de las rodillas y un jersey de lana rojo, con la insignia de la institución “Rodael”. Especialmente hoy me preocupaba en lucir hermosa, por tanto me había tomado el pelo negro en una coleta, aplicado mascara en las pestañas y brillo en los labios. Muy sutil, aunque no mucho había cambiado.
En fin, no consideraba para nada importante el hecho de arreglarme, pero debía admitir que me sentía nerviosa ante la expectativa de que Logan me viese bonita. Me eché perfume y cogiendo la chaqueta, me marché al instituto.
—Llego la chica con el coche guay.
Era Logan, quien lucía radiante con el uniforme de la institución, acentuándosele el dorso y los hombros anchos. Solté un suspiro por inercia y me arrojé a sus brazos.
—¿Así que auto mutilándote? —bromeé también, viendo que llevaba un nuevo pendiente en la nariz.
Apegó su cuerpo al mio, chocando mi espalda contra la puerta del antiguo escarabajo.
—¿No te gusta? —su voz me parecía un susurro, ya que entraba en el transe de embriagues por su olor.
Le vi el rostro con atención, tratando de concentrarme. Y fijé mis ojos en los suyos, en aquel océano sereno con destellos dorados.
—Me encanta —admití, bajando los ojos a sus labios—. Me encantas.
Logan rio disimuladamente, mientras aproximaba cada vez más su rostro al mío.
—Bésame —pedí en un susurro.
Y sus labios se fusionaron con los míos. Abrí la boca, dejándole ingresar, sintiendo las piernas flaquear y una tremenda desesperación por tocarlo, desordenarle el pelo, que vaya más y más rápido. Nuestro beso era furioso y apasionado, sus manos jugaban con mi cintura, frotándola y apretándola. Nos vimos en la obligación de tomar un respiro, pues por poco olvidábamos que somos humanos y debemos respirar.
—Te quiero —dijo él.
—Yo también —murmuré con voz ronca.
Nos dimos un último beso, este algo más corto y menos pasional.
—Te eche de menos toda la noche —le decía, mientras traspasábamos el pasillo atados de la mano.
Logan me vio sonriente.
—¿Cómo me vas a echar de menos, si han pasado unas horas solamente?
—Creo que te quiero mucho —admití.
Su risa en vez de ponerme feliz, en ese instante me hizo sentir insegura ¿él no me quería, tanto como yo a él? Decidí suprimir aquella idea de mi mente y dejar de pensar, definitivamente.
A veces pensaba demasiado y sin parar, lo cual, en situaciones como estas, no era del todo conveniente. Uno debía dejar fluir las situaciones, no estancarlas donde no hay nada diferente.
Logan rodeó mi cintura con su grueso brazo y depositó por unos cortos minutos los labios en mi pelo.
—¿Cuánto llevas en el instituto? —de pronto la idea me causó curiosidad, pues Logan parecía manejarse la mar de bien dentro del edificio, dirigiéndonos gracias a él al edificio norte, donde quedaba mi clase.
—Con esta semana cumplo un mes aquí—replicó.
—Vaya —musité— no te había visto.
Torció la comisura de los labios, pero no volvió el rostro para verme.
—Siempre andas en otro sitio, lejos de la realidad —parecía divagar en recuerdos—. Yo sí te veía, ya sabes… te recuerdo mucho mejor que tú a mí.
Entonces, la imagen del pequeño niño con un Jacinto resucitó en mi memoria.
—Sobre eso…
Pero ya habíamos llegado a mi clase, y acompañados de aún peor suerte, el timbre que anunciaba el ingreso a clases dio su anuncio.
—Más tarde hablamos, te quiero—exclamó con rapidez, mientras cogía mi rostro y daba un corto beso en mi mejilla.
No hice más que sonreír al verlo correr entre la multitud de personas, para desaparecer en el instante en medio de ellas y borrarse de mi campo visual.
La imagen del niño con ojos grandes y azules cubría mi pensamiento. No entendía como pude olvidarlo, pero comprendí que algunas veces el cerebro es tan fuerte que nos evita malos tragos, y parecía que yo, con mis escasos años, sufría más de la cuenta.
Además, solo era una cría ¿no?
Caí en la cuenta que me había abstraído en mis pensamientos, de manera tal que mi cuerpo estaba echado sobre el marco de la puerta, imposibilitando el paso de los alumnos que ingresaban al salón. Me sentí avergonzada y me apresuré a ingresar también.
Me acomodé en el pupitre sucesor del profesor, a un lado de la ventana y sin compañero alguno. A través del cristal podía ver el sol radiante y la lluvia caer.
—Que temporal más curioso ¿no crees? —una voz desconocida, proveniente de un hombre, la escuchaba de muy cerca.
Volví la cabeza y me encontré con el rostro de Julián, el novio más o menos formal de Oxley. O bueno, el último novio que éste poseía.
—Debes acostumbrarte a ver cosas como estas —repuse con suavidad, mientras veía con atención como éste acomodaba sus bártulos en la mesa contigua a la mía.
No creía caerle muy bien a Julián, después de todo, era yo la chica que ocupaba la mente de Oxley. Y creía que todo el mundo estaba enterado de ello.
El chico pareció leerme el pensamiento.
—Mira, hace unos días tú no me caías nada de bien —comenzó—, pero dado a que te he visto con ese chico, Lerman, lo más probable es que ahora sí podamos simpatizar. A menos que tengas la intención de salir con los dos chicos…
Solté una carcajada.
—Claro que no —repliqué—. Estoy con Logan, y Oxley es solo mi mejor amigo.
Entonces Julián pareció soltar un respiro de alivio.
—En tal caso, no me caías del todo mal. Tengo que admitir que me parecías bastante curiosa —me observó con una sonrisa en el rostro— ¿Amigos?
Me tendió la mano y con bastantes ánimos, la estreché.
—Amigos.
¿Qué podía ir mejor? Tenía un novio excelente, a mi mejor amigo a mi lado, a su novio como compañero de clases y una clase completa sobre historia universal.
Como suele suceder en clases de historia, mi mente se permite divagar y divagar, como una ametralladora que no hace más que disparar ideas y más ideas, lo cual encantaba a mi maestro y al resto de la clase dejaba atónitos. Y como nunca suele suceder, me sentí muy feliz cuando oí el timbre, pues ahora podría ver a Logan.
¡Y él me esperaba fuera, apoyado al marco de la puerta! Me lancé a sus brazos, rodeándole el cuello.
Después de besarlo como una maniaca y dejarle los labios rojos e hinchados, distinguí a Oxley tras Logan, no muy sonriente.
—¿Qué tal Ox? —lo saludé, sin soltarme de Logan.
—Bien —replicó conciso.
Cambié miradas con Logan y le susurré:
—¿Y a éste que le pasa?
Logan sacudió la cabeza, dándome a entender que no tenía importancia. Esperamos a Oxley, quien esperaba a Julián, y nos marchamos los cuatro al piso oriental, el sector de los cuartos, donde se hallaban la mayoría de nuestros amigos.
Mientras andábamos por los pasillos, las miradas parecían fulminarme directamente a mí. Nadie podía creer —ni mucho menos yo— la fortuna que tenía al estar rodeada de gente tan bien parecida como lo son éstos chicos. Pero bueno, algún día dejarían la estupidez de tachar a alguien por lo que hace o por lo que es, pues era algo infantil agrupar personas como populares, como no, y como nadie.
La verdad, me parecía una completa estupidez que la gente aún se fije en lo superficial. Admitía que yo también había visto muy guapo a Logan y todo lo demás, pero más me intereso cuando le conocí, cuando supe más o menos quien realmente es.
Sacudí la cabeza y me dije que dejara de pensar, de divagar en pensamientos que no venían al momento. Suele sucederme todo el tiempo, el no dejar de pensar y abstraerme en mi misma, sin vivir el momento y sin ser realmente alguien en toda esta historia.
—Cielo —murmuró Logan— ¿qué harás hoy en la noche?
—Supongo que dormir —repliqué por inercia.
Distinguí una sonrisa burlona en el rostro de Logan.
—¿Qué? —aún no entendía a donde quería llegar. Hoy es lunes, y mañana tendríamos clases a las ocho de la mañana, lo que me obligaba a descansar toda la noche para amanecer repuesta y con ánimos suficientes como para rendir en las puñeteras clases.
—¿Te apetece acompañarme, al teatro?
Fruncí el ceño y le observé con atención.
—Con mi agrupación “teloneros” nos presentaremos —me informó sonriente—, interpretando un guion creado por un anónimo del taller de literatura, de este mismo instituto.
Me sentí algo culpable por no saber mucho de Logan. Jamás me hubiese imaginado que actuase.
—Sería asombroso —exclamé—. No me lo perdería por nada del mundo.
Logan sonrió y me besó en los labios por una fracción de segundo.
El resto de chicos se encontraban tumbados en el suelo, al final del salón vacío y frío, producto de las ventanas abiertas. Era el salón del cuarto año medio “C”, dónde Oxley y Logan asistían. Nos esperaban.
Marco, un rubio enjuto y de cuello alargado, paró de tocar. Era costumbre traer una guitarra y cantar canciones todos los recreos. La mayoría de ahí eran socialistas o con ideologías parecidas, lo que los convertía en gente atractiva para ser utilizados como presas fáciles, pues nos hallábamos en un establecimiento privado, en donde la mayoría creía en la política de ultra derecha. Me prometí olvidar aquel punto… odiaba que mi vida este envuelta en la política.
Nos recibieron con verdadero entusiasmo, ofreciéndonos más de un abrazo y un beso.
Catalina, Sofía, Sarah y Paulina eran las chicas del grupo, todas diferentes, Catalina era algo así como hippie, hablaba de la paz mundial, el amor y le encantaba fumar marihuana (como a todos) pero la diferencia que ella jalaba todo el día. Sofía, era muy alegre, demasiado efusiva y con aparatos de colores en los dientes. Ella pertenecía a una banda, y amaba la poesía. Sarah era la más hermosa de todas, le gustaba frenéticamente el sexo, tenía padres millonarios y le gustaba pintar. Paulina era la ruda, originalmente su pelo era rubio, pero siempre lo teñía azabache, en contraste de su pálido rostro… ella pertenecía también a una banda, pero no esas del colegio, donde sales a desfilar, sino a una banda de rock pesado, donde tocaba la batería.
Tomás, Lorenzo, César, Andrés y Marco eran los chicos del grupo, al igual que las mujeres, todos diferentes. Tomás era gótico, escribe poseía que te obliga a desear cortarte las venas, y sale con Sofía (quién lo creería, ¿no?). Lorenzo y Andrés eran hippies, paz y amor para el mundo. Ambos se tiraban a Catalina, y los tres mantenían una relación, sin conflictos ni nada, pasándose todos los días volados y soñando en un mundo ideal. César era algo más tímido que el resto, siempre salía con disparates, y parecía ser el más inteligente de todos. Él era un ser humano bastante extraño, estaba segura de que sufre de algún trastorno. Al igual que yo, escribe historias y poesía, no falta decir que estuvimos durante dos años en una intensa relación, pero que pronto acabó, al darnos cuenta que no íbamos a ninguna parte, pues los dos nos queríamos por costumbre y por lo mucho que nos gustaba lo que el otro hacía, no porque realmente sintiéramos algo especial, como almas gemelas, una fantasía que los dos manteníamos.
Entonces aquel pensamiento me hizo ver a Logan. Era extraño, pero jamás me sentía tan bien como ahora. Recordaba nuestros momentos épicos con César, pero jamás se comparaba con la turba de emociones que me abatían al momento de tener a Logan cerca.
Quizás él sí era mi alma gemela.
—Chicos —espetó Logan, reclamando la atención de todos—, como algunos ya debéis saber, pertenezco a la agrupación de teatro “los teloneros”, con la cual nos presentaremos en el teatro municipal… quería por tanto invitaros a todos ustedes. La función inicia a las nueve de la noche…
Todos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir, felicitándole y preguntándole más sobre la obra.
—¿Pero qué onda, qué obra es? —preguntaba Sarah, quien recordaba haberse interesado mucho por Logan, en cuanto le conoció. Ello me trajo remordimiento.
—Es un drama vampírico, escrito anónimamente por alguien del grupo de literatura de aquí —comentó Logan, clavándome los ojos encima—. Me dijeron que el nombre queda como incognito, así que, por mucho que desee, no puedo deciros.
“Drama vampírico” —aquel era el tema del último mes, escogido por el profesor de literatura, en donde yo asistía. Recordaba haber escrito un guion, recordaba que a toda la clase se nos había asignado escribir un guion. Y no creía que el mío justamente haya sido seleccionado por la agrupación de teatro.
Marco retomó la canción que había quedado en el aire por nuestra llegada y cantamos alegres en los pocos minutos que de recreo nos quedaban.
El resto del día paso muy rápido, fue como un suspiro cuando ya eran las cuatro de la tarde, y debíamos abandonar la institución. Logan me acompañó hasta mi coche, en donde nos quedamos un momento, abrazados y besándonos, mientras encendíamos un cigarrillo y lo acabábamos al cabo de unos minutos.
—¿Cuál es el nombre de la obra? —le pregunté de la nada, mientras daba una profunda calada al puro.
De pronto Logan me observó con una risa grabada al rostro.
—No te diré —afirmó—. Si lo hago, la obra completa será revelada.
—Vale, entonces esperaré.
Me apretó el muslo y me besó en los labios, soltando el humo del cigarro.
—Te quiero.
—Yo también —dijo él, abriendo la ventana y arrojando la colilla. —Me temo que debo irme, es el último ensayo y…
—No te preocupes —repliqué, observando a través de la oscuridad del aparcamiento—. Nos echaran si no nos marchamos.
—Sí —asintió.
Me dio un fugaz beso en los labios y dejándome con aquella sensación de vértigo y mareo, se marchó en su moto.
Eché a andar el escarabajo, profiriendo éste una especie de rugido. Esquivé la vista del vasto y descolorido edificio, y me alejé con la rapidez máxima que me proporcionaba la escasa velocidad de mi antiguo coche.
—¡Mamá! —chillé, en cuanto entré a casa— ¡llegué!
La casa estaba silenciosa y oscura, lo que me produjo escalofríos. El estómago me gruñó y recordé que aún no almorzaba.
En la nevera había una nota, era de mi madre:
“Fui de compras, vuelvo más tarde.
PD: No alcancé a preparar el almuerzo, pero queda estofado de ayer… solo caliéntalo”.

Sentí un ligero vacío, y no solo en el estomago, sino una extraña sensación de soledad. El teléfono estaba frente a mí y unas intensas ganas de cogerlo me invadieron.
Marqué a Oxley.
—¿Diga? —saludó este, con voz indiferente.
—Ox —largué con voz aguda—. ¿Qué tal?
—Ah. Eres tú—dijo, alegrándosele un poco la voz—. Bien, un poco agotado, pero bien ¿Y tú, qué hay de bueno?
—Eh… no nada, estoy bien. Quería saber como estabas.
Pareció suspirar detrás de la línea. Un incomodo silencio se instaló.
—Acaba de llegar Julián —me informó—. Nos vemos luego.
Y fin de la conversación. Bueno, al menos no pensaba perderse la obra.
Vaya, pensé, como pueden cambiar las cosas de una semana para otra. La relación con Oxley siempre ha sido espontanea, y ahora parecía tan tensa, fría, y ya se me ocurría lo que la transformaba así.
Logan.
Oxley y yo siempre nos hemos amado de una manera intensa, nuestra relación era algo caótico, introvertido, sin ataduras pero con mucho romance y amistad. Aunque él siempre estaba con alguien aparte de mí, era yo quien siempre me mantenía solitaria y a disponibilidad plena para él. Pero hoy eso acababa: yo salía formalmente con Logan, lo cual prescindía las visitas con Oxley y nos volvía a una relación de amistad nada más. Una sola vez, antes de Logan, yo había puesto un límite, cuando comencé a salir con César. Aquella vez la reacción de Oxley fue diferente: no nos distanciamos como ahora, ni mucho menos, él estaba feliz por la decisión que yo había resuelto y nos felicitaba todo el tiempo. Quizás era porque estaba al tanto que lo mío con César era efímero o solo quizás le desagradaba especialmente Logan.
O quizás, haya decidido que realmente me ama.
Esperanzada en que la última alternativa fuese la incorrecta, metí al horno el estofado que mi madre preparó. Subí a mi habitación, me desprendí del incomodo uniforme, y dándome una ducha rápida, baje envuelta en una toalla a servirme la cena.

Aún tenía intenciones de verme guapa, por lo tanto dedique media hora a arreglarme para la noche eterna que se venía hoy. Estaba completamente segura que a casa no volvería, por tanto guardé mi uniforme en una mochila, junto a los cuadernos de mañana y los bártulos.
Debía llamar a mi madre, pero eso lo haría luego. Contaba con libertad absoluta desde que tengo consciencia.
Observé mi armario con atención, tratando de hallar algo decente para la ocasión. Algo demasiado formal no asentaría, y algo demasiado informal tampoco. Debía hallar el equilibrio y la moda no parecía ser mi fuerte.
Me decidí por una camiseta holgada de flores, que me cubría la mitad de los muslos, acompañada de un encaje negro, que me ceñía en la cintura y unas calzas cafés, con mis converses preferidas. Dejé mi cabello rizado suelto caer por los hombros y sostuve un mechón que escapaba con un broche de flor que días antes Logan me había obsequiado.
Sonreí ante mi reflejo, me veía muy bonita, y la idea de llevar el broche pondría contentísimo a Logan.
Me abrigué en mi gabán de lana y cogiendo el móvil, marqué a mi madre, informándole que no volvería y me quedaría con Logan, lo que, dado a su extremada confianza, no rechistó y solo me recomendó utilizar protección.
—Vale —dije con voz nerviosa—. Estoy tomando las pastillas, no te preocupes.
Y era verdad. En cuanto mi madre se enteró que salía con César, me compró varias cajas de anticonceptivos, los cuales jamás se agotaron, pues nunca los utilicé. Pero ahora era diferente, yo era activa, y Logan me volvía loca.
Aparqué el coche en el estacionamiento del edificio, uno grisáceo de piedra, que contenía el emblema de la ciudad.
“Un lugar feliz, para gente feliz”.
Siempre Potyhul me parecía salido de un cuento de horror. Su extraño clima, la gente que lo rodeaba, los edificios, todo tan críptico y a la vez tan aburrido, por ser una pequeña ciudad dentro de un pequeño país, aislado de toda Latinoamérica, pero que, sin embargo, contaba como parte de ella.
Eran cinco para las nueve, y la función estaba por comenzar. Un nudo me apretó el estómago y me dispuse a andar más rápido e ingresar al edificio. Cuando hube llegado, me costó un poco dar con mis amigos y cuando creía que no los encontraría en ningún sitio, ya visitando la primera fila ante el escenario, distinguí la hilera de sillas completa ocupada por ellos, con una restante para mí.
Agradecí en un susurro, puesto que las luces habían sido bajadas y todos guardaban silencio.
—Hola —saludé a Sarah— ¿llevan mucho esperando?
Ella asintió y me indico con el índice que me callara.
Una voz áspera e intrigante resonó a través de los parlantes. Él tipo anunciaba a los teloneros y confería al fin el nombre de la obra.
—“Gin para todos, de Gabriela Sáez —finalizó.
El telón ascendió, enseñando el dorso desnudo de Logan.
El corazón me dio un brinco y una especie de ansias me invadieron ¡ese era mi guion! ¡Ese era mi guion! Y yo jamás coloque una anonimato, Logan me había engañado… y Dios, ¡mi obra había sido escogida, y ahora interpretada! Pero mi regocijo personal acabó y toda mi atención fue a parar al escenario, donde Logan hacía de Pershon, el vampiro recientemente convertido por su hermana menor, una loca maniaca por la sangre, que pese a reprimir la sed que le provocaba su hermano, lo había convertido.
Pershon, a través de un punzante monólogo describía el intenso ardor que traspasaba su cuerpo, que le abrasaba las entrañas. Y Luna, su hermana, en un intento desesperado por acabar con su dolor, le clavaba una estaca en el pecho, para terminar con su existencia definitivamente. Sin embargo, Pershon sobrevive, y perdona a su pequeña hermana. Él, detestando su condición, trata de acabar con su vida, pues la sed que amenaza día tras día acabar con su cordura no termina nunca.
Un día Pershon descubre que puede sobrevivir bebiendo sangre de animal, como en su vida humana, donde degustaba del sabor de la carne animal. Ahora sería diferente, el bebería la sangre. Conciliando con su odio hacia su persona, consigue interactuar con la sociedad como alguien normal, sin levantar sospecha alguna. Decide estudiar sobre todo, va a la universidad, se traslada contantemente y lidia con la sed de su hermana, tratando de ayudarla, sin conseguirlo luego de varios siglos.
Ya en la actualidad, Pershon vive en Zúrich, Suiza. Allí conoce un instituto de secundario fundando por una vampiresa muy antigua, la cual le ofrece trabajo como profesor y con quien comienza una relación, más que nada por la soledad de tantos años.
Repartiendo clases, conoce a un humano que le llama profundamente la atención, de quien termina profundamente enamorado. Pershon descubre que su alma gemela era aquel chico de ojos ceniza.
Clandestinamente mantienen una relación, ocultándose de la Sra. Lillin, la directora y de la hermana de Pershon, que últimamente amenazaba con arrebatar la vida de todo aquello que estuviese vinculado con Pershon, pues ella comenzó a odiarlo, por la insistencia que este tenía en obligarla a acabar con su costumbre de beber sangre humana.
Cuando Pershon le confesaba a la Sra. Lillin que no la amaba y que en realidad amaba a Gin, su hermana efectuaba una visita a casa de Pershon, donde se hallaba Gin.
Cuando Pershon descubre el cadáver literalmente seco de su amado, le grita por favor a su hermana que acabe con su vida, pero ésta, indolente, se marcha sin más.
La obra termina con Luna, con los dientes manchados de sangre y los ojos perdidos, diciendo:
—¡Gin para todos!
El telón descendió y la reacción del público fue silencio absoluto, algún sollozo por hay y finalmente una ola de aplausos.
Entonces el elenco apareció una vez más, y Logan aún con el pecho descubierto y con un micrófono en mano, dijo:
—La autora de esta obra pertenece al taller de literatura de la institución Rodael, y tengo el gusto presentárosla —se acercó al límite del escenario y buscándome con la mirada, exclamó— Gabriela Sáez, acércate por favor.
Tragué saliva ruidosamente. El murmuro tenía todos alerta, buscando en algún lugar donde estaba la tal Gabriela. Lo que no sabían es que la chica soy yo.
Mis amigos me tomaron por los hombros, y Oxley, arrastrándome hasta las escaleras, me alentaba a través de susurros que vaya.
Con torpeza, y por poco tropezando en el escenario, llegué a un lado de Logan, quien se apresuró a susurrar “felicidades” y a cogerme del brazo. Yo también le susurré “felicidades” pues era el mejor para interpretar a Pershon.
Logan me acercó el micrófono y yo no tenía idea de que decir, frente a tanta gente, frente a tantos rostro conocidos y desconocidos. Me aclaré la garganta y con voz trémula comencé:
—Yo no tenía idea de que mi obra había sido la elegida. Vine con la intención de ver a mi novio actuar… y cuando lo veo interpretando a Pershon… fue, guay —sonreí un instante, estaba demasiado nerviosa—. Y bueno, escribí “Gin para todos” de manera espontanea. El profesor de literatura nos encomendó a la clase hacer una obra, que nos creyésemos dramaturgos: y creo que funcionó. Supongo. Lo mejor de todo, era la idea de utilizar vampiros, de los cuales estoy fielmente ligada, y en ello, en una sola noche, surgió el drama de Pershon. Y bueno, Gin surgió después de leer 1984, de George Orwell, en donde la bebida grasienta descrita allí no podía borrarse de mi pensamiento —eso logró soltar risas—. Y en fin, estoy muy agradecida con “los teloneros” por seleccionar en primer lugar mi obra y en segundo lugar, por interpretar tan de pu… tan bien algo que solo creía capaz de quedar siempre en mi imaginación.
El aplauso y las risas fueron masivos. El tembleque de mis manos pareció acabar, pero el sudor aún me cubría la frente y las piernas me flaqueaban.
Logan me llevo consigo al vestuario, en donde me presentó al elenco, todos muy simpáticos y alegres, quienes me agradecieron profundamente por escribir la obra. Los invitamos a acompañarnos, pero se resistieron, pues parecían ser mucho más responsables que nosotros mismos.
Nos reagrupamos junto a los chicos, y decidimos ir a casa de Sarah, quien tenía la casona más grande del mundo y la disponibilidad de todo tipo de tragos y vicios posibles. Definitivamente, hoy no descansaríamos.
Logan manejaba mi escarabajo y llevábamos a los hippies en los asientos traseros, con Catalina en medio y sus novios a sus lados.
Encendí la radio, y la sintonicé como por arte divino en la misma canción que aquel día mi madre nos enseñó. Andrés nos convidó marihuana, y mientras Logan conducía, jalamos un poco, incluso éste.
Los chicos me ofrecieron otro, y no rechisté. Se sentía tan suave, ágil, todo tan veloz y tranquilo.
El corazón se me agitó como siempre y los oídos se me volvieron sensibles. Logan subió el volumen de la radio, ahora con los Beatles.
—¿Qué sintonía es esa? —pregunté, creyendo que alguno sabía.
—No sé—contestó Catalina, con los ojos muy rojos—. Pero es buenísima.
Apreté el muslo de Logan, sacándole una sonrisa del rostro. Le dio una última calada al pitillo, y me lanzó el humo en la boca.
—La carretera —musité, fuera de mí.
—La carretera —repitió él.

Llegamos a casa de Sarah, la cual se hallaba apartada de la ciudad como todos los ricachones que decidían lo mismo, encontrar paz en el campo y fuera del alcance del ruido de la ciudad.
La casona, como antes dije, era toda de cristal. No había privacidad alguna allí, salvo por unas cuantas cortinas que cubrían algunas habitaciones. Tras la casa había un tipo de sendero que te dirigía a un estilo de lago artificial. Delante de la casa, un jardín cuajado de flores de todos tipos y arbustos muy bien cuidados ocultaba los cristales. Traspasamos el corto tramo dibujado en piedras para llegar al porche, donde se encontraba Sarah y el resto, esperándonos mientras conversaban sobre no sé que cosa.
Entonces descubrí que esperaban precisamente a Logan y a mí, con un pastel que tenía escrito “felicidades”.
El gesto me pareció muy tierno y me puse a llorar. Soy muy emocional.
— ¡Felicidades, chicos!
Fueron puros abrazos, felicitaciones y cariños. Y yo, lágrimas y lágrimas.
Entramos a la casa, escapando del frío que afuera había. El viento nos azotaba en la cara y nos amenazaba con infiltrarse dentro de nuestros poros.
Sarah nos dirigió al salón de estar, el cual se hallaba al final de la casa, sin cortina alguna y con vista perfecta al lago artificial. Giró unos botones que se hallaban en la esquina de la pared, encendiendo la luz y el aparato de música, reproduciendo a Vangelis, su intérprete favorito y uno de los míos también. El reproductor no veía en sitio alguno, solo se veía la habitación con suelo, paredes y techo claros, en una combinación de cremas, pendiendo de las paredes cuadros blancos, con una serie de puntos prácticamente invisibles.
Esos cuadros siempre me habían parecido extraños. Y nunca conseguía suprimir la primera impresión que me provocaban: dejarme boquiabierta y analizándolos por un buen rato. A Logan parecía ocurrirle lo mismo y me imaginaba que especialmente, luego de fumar de la buena, se estaba yendo en una especie de transe al verlos. Su expresión le delataba.
Por mi parte, me obligué a apartar los ojos de las pinturas, y echarme en el diván alargado y blanco que se encontraba apegado a la pared. En el sitio no había tele, ni mesas, ni ordenadores. Solo el diván y una alfombra de colores claros. Nada más.
La música solemne y progresiva comenzaba a surtir efecto en mis sentidos. Las ganas de extender mis brazos y piernas, abrazarme con agilidad, girar y brincar acrecentaban en mi pecho. Logan se acomodó a mi lado del diván, mirándome con los ojos rojos y las pupilas dilatadas: fumaba otro porro.
Sin embargo, continuaba luciendo muy sexy.
Las chicas comenzaron a hacer mucho ruido, trayendo consigo botellas de absenta, un licor muy fuerte, de color verde fluorescente y poco frecuente en Potyhul, que por más de alguno de nosotros llamábamos como el “hada verde” pues nos hacia alucinar.
Parecía que solo nosotros dos ya estábamos bastante colocados, y bueno, los hippies siempre lo estaban, pero que Logan y yo iniciemos antes de la verdadera celebración era todo un insulto para el resto. Así que nos escabullimos al baño, en donde nos mojamos el rostro y tratamos de despertar.
—Estoy es muy gracioso —decía Logan, mientras se secaba la cara con una toalla—, es la primera vez que vengo aquí y en estas condiciones.
Sonreí.
—No te preocupes… la celebración va dedicada a nosotros. Tenemos ventajas.
Negó con la cabeza y rodeó mi cintura.
—Gaby —musitó— ¿cuánto ha pasado desde…?
Su voz sonaba insegura, como si tuviese vergüenza en terminar la oración.
—¿Desde que no tenemos sexo? —terminé por él, a lo que asintió—. Desde que se llevaron a Gili.
El extraterrestre aún me traía recuerdos punzantes, pero como la memoria es frágil y el ser humano olvida con facilidad lo que no es tangible para el, cada vez se me hacía más sencillo lidiar con el recuerdo de aquel día.
—¿Y piensas que algún día…?
—Claro —me apresuré a contestar—. La verdad es que me lo he estado pensando… y creía que tú no querías.
—¡Quiero! —exclamó, ruborizándose—. Pensé que te molestaría si yo…
—Tienes que pensar que soy diferente —le dedique una sonrisa—. A veces pienso/siento más como hombre que como mujer. Créeme, soy muuuy caliente.
Mi declaración lo había dejado perplejo, sin embargo. Pero las risas no faltaron, y los besos tampoco.
—Entonces, pronto.
—Muy pronto —asentí, besándole los labios.

Volvimos al salón de la mano, donde continuaba Vangelis de fondo y ahora acompañado de risas alegres. Nos acomodamos en el suelo, mientras nos servían vino y nos integraban a la conversación.
—Era un chaval cuando ocurrió —se justificaba Julián, quien se hallaba recostado en el pecho de Ox—. Siempre pensé que el sonido más delicioso era el de una mujer gimiendo.
—¿Y por eso eras un lame-conchas? —bromeó Sarah, viéndole con picardía.
—No sé que tanto —admitió con picardía—. Me excita aún… pero, ahora me excita más lamer otras cosas…
Oxley quedó colorado, y luego soltó una risita nerviosa, le dio unas palmadas en los hombros y pareció alejarse de él, sin en realidad hacerlo.
—¡Ya! —Exclamó Sarah, incorporándose y cogiendo la botella con absenta— Como ya estáis todo, el juego debe comenzar.
Teníamos la costumbre de jugar al verdad o reto, y la mayoría de las veces el reto era beber de un solo tirón un vaso lleno de aquel alcohol, cuestión que era realmente abominable, pues era costumbre una previa preparación para aquel trago, con un cubito de azúcar y agua desnatada, para disolverlo un poco ya que la concentración del licor era al borde de los 80°.
—¡Yo empiezo! —pidió en un grito César, quien jamás se atrevía a alzar la voz más de la cuenta.
Fijamos los ojos en él, lo que le puso nervioso. Sin embargo no abandonó la valentía de momento y le arrebató de la mano la botella de absenta a Sarah. La hizo girar en el centro por unos segundos, deteniéndose en mí.
—Mierda —murmuré.
Una sonrisa maliciosa cruzó el rostro de César.
—Elije: verdad o reto.
Observé de soslayo a Logan, quien me miraba de manera intensa, transfiriéndome confianza.
—Verdad —no estaba dispuesta a beber como una salvaje.
Y la sonrisa pareció ensanchársele.
—¿Ya te acostaste con Logan? —su pregunta sonó como un dardo, en el cual yo era el blanco. Mis ojos fueron a parar por instinto a los de Oxley, quien ahora llevaba el ceño fruncido. Y vi a Logan, quien llevaba una expresión inescrutable.
—Sí —contesté con seguridad.
—¡Ay, este César, siempre mal utilizando las preguntas! —rezongaba la tierna de Sofía, quien se hallaba acurrucada al pecho de su novio, el chico gótico—. ¡Eso ya todos lo sabíamos, para que tan redundante!
Sí—le seguí el hilo, a través del pensamiento— ¿Para qué tan redundante? Oh… bueno, habría que retroceder el tiempo, dos años atrás precisamente, y recordar cuántas veces me negué a hacerlo con él. Y bueno, también al tratarse de la presencia de Oxley, claro, quien parecía echo añicos con la declaración, pero que, sin embargo, se mantenía estable, tratando de disimular no muy bien su enfado.
—Está bien —dijo Logan—. Ahora yo.
La ronda continuó con normalidad, nadie se atrevía a elegir verdad, y todos preferían pasar el fuerte trago por la garganta antes de ser humillados. O bien (que era lo más probable), estaban deseosos con la expectativa de alucinar.
Entonces, le tocó a Oxley, lo que me llevó a prestar total atención.
—Verdad o reto —le decía Logan.
—Verdad —replicó con sequedad.
—Bien. Besa a la mujer u hombre más hermoso de este lugar.
Creía que Oxley no se pondría de pie, pero lo hizo. Se quedo en medio del círculo, como en vista de la periferia, viendo a través de los ojos de cada uno de nosotros. Y finalmente se detuvo en los míos.
—Para mí eres la más hermosa, por dentro, por fuera, por donde te vea —susurraba, mientras inclinaba la cabeza y me traspasaba con aquellos ojos castaños— y por eso te elijo.
Me dio un corto beso en los labios, sintiendo por una fracción de segundo lo húmedos que los suyos estaban.
Yo estaba preocupada por la reacción que Logan tendría, pero este mantenía aquel rostro inexpresivo, torciendo levemente la comisura de los labios y apoyando medio cuerpo con el brazo derecho.
Oxley apartó los ojos de mí y volvió con lentitud a su sitio, en donde Julián contenía las lágrimas y no lo recibió para nada tan bien como hace unos segundos antes. Faltaron unos segundos, en los cuales el pobre y lindo muchachito de cabellos dorados y piel nívea huyó de la habitación, con lágrimas en los ojos.
Me sentí muy mal, como si tuviese la culpa de que Oxley me siguiese queriendo de esa forma. Me sentí mal por Julián y me sentí mal por haber deseado que Ox me elija, porque yo deseaba que el gritase que era yo la más hermosa para él.
La noche desde aquel incidente pareció agotarse. Los ánimos habían caído y el juego parado. Bebimos ahora el ajenjo preparado, solo un par de vasos, para decir adiós y volver a nuestros hogares.
Eran las seis de la mañana, y el firmamento comenzaba a mostrar inicios del alba, sin embargo, aun todo se hallaba muy oscuro y frío. Logan manejó el escarabajo, y esta vez no llevamos a nadie.
Guardábamos silencio mientras traspasábamos la carretera, ya que como antes dije, la casona de Sarah se hallaba fuera de la ciudad.
Logan detuvo el choche cerca de la playa, la cual no quedaba muy lejos de la casa de Sarah.
Me observó con intensidad, a través de sus ojos azules. Su respiración era entrecortada, al igual que la mía. De pronto se lanzó hacia mí, besándome con ferocidad en los labios. Sus manos recorrían mis muslos, ascendiendo cada vez más, en una sola dirección. Yo estaba medio paralizada, entre pedirle que se detenga o que continúe, pero cuando su mano acarició en círculos bajo mi estomago, se me olvidó hasta respirar; el asunto de Oxley parecía no tener mayor importancia y lo único que cruzaba mis pensamientos era el deseo morboso de tener a Logan dentro de mí.
De hacerlo mío.
Recordaba que, cuando lo habíamos hecho por primera vez, yo repetía una y otra vez eso: hacerlo mío. Logan es mío. Todo mío. Y aunque me convenciera que Logan era libre, que no debía pertenecerme, ni todas esas chorradas, un azote de fuerte deseo me desesperaba.
Lo besaba, mordía, acariciaba ¡me volvía loca, me descontrolaba!
Estaba intentando bajar el asiento, y fue repentino cuando la palanca cedió y me echó atrás de la nada. Nos largamos a reír por unos cortos segundos, para continuar con la labor de quitarnos la ropa y besarnos.
Logan se quitó la sudadera oscura, me quitó el abrigo de lana, yo le quité la camiseta. Y me detuve ahí.
Cambiamos de posición, de manera tal que él quedase tumbado sobre el asiento y yo sobre él. Comencé a besarle la frente, despacio, para descender a sus parpados, pómulos, nariz, labios, cuello, clavícula… y quedarme ahí, otra vez. En su clavícula.
Recordé entonces cuantas veces sentía esa especie de pánico por el olor de la sangre.
Recordé cuantas veces desvanecía por verla.
Recordé el muslo sangriento de Yegor, y un rugido escapó de mis labios.
No era pánico, era sed. Una sed tremenda, que jamás pude comprender y que me aterraba poseer. Loreto, mi madre, siempre me había advertido sobre ello.
Sobre la sed.
Y me había enseñado que la mejor manera de combatirla era pensando en el pánico, huyendo de ella.
Pero ahora tenía sangre fresca, caliente, que parecía llamarme, gritarme a que cediera.
—Gaby —murmuró Logan—, hazlo, por el amor de dios…
Y clavé mis dientes en su clavícula, absorbiendo aquel manjar que me recorría mi garganta, llenándome de regocijo.
Ahora comprendía porque detestaba tanto a Luna: yo me creía muchas veces como ella. Yo estaba sedienta de Logan, sedienta de su sangre que quería como mía… de todo él.
Logan lanzó un sordo alarido, revolviéndose tras mi cuerpo, para luego paralizarse y eructársele el caliente tizón oculto tras sus vaqueros.
Debía parar… debía parar, me auto convencía.
Pero los gemidos de Logan, sus manos acariciándome la cintura desnuda y por sobre todo la delicia de su sangre no me lo permitían.
Entonces sus manos se detuvieron y al fin logré quitarle los dientes de encima. El color de su rostro era cetrino y sus labios lívidos, aún veía, su corazón latía, pero aparentaba estar muerto.
—Está vez te excediste —me decía con suavidad, acariciándome el dorso de la mano.
Yo lo miraba con incredibilidad.
¿Qué él acaso estaba consiente de que yo soy un vampiro?