Anteriormente {capítulo 11}
El travieso Gil fue desprendido de mi pierna, volviendo a su vez a un estado físico visible. Mi rostro se transformó, sentía la expresión dura, tensa, mientras que las lágrimas rodaban y caían por el mentón.
La mujer asintió con la cabeza, y el tipo que llevaba varios minutos con el arma en la sien de Oxley, se apartó. Yo corrí a su lado, abriéndome este sus brazos. Lloré como una magdalena en su pecho, sollozando y corriéndome los mocos sin parar.
Veía a Gili marcharse en los brazos de Cardena, quien lo apretaba contra su pecho como si fuese lo más valioso en su mundo, mientras una extraña sonrisa ocupaba todo su rostro.
(…)
Fue increíble alejarse de aquel sitio, de Trix, la jodida ciudad subterránea que ocultaba tanto misterio y que nos había traído tantos problemas. Jamás me habría imaginado sentirme tan agradecida por el simple hecho de respirar.
Traspasábamos la carretera a través de la furgoneta del papá de Logan, un vehículo grandote, con capacidad suficiente como para llevarse a sus compañeros del partido más nosotros tres, es decir, descontando ahora a Catherine, éramos seis a bordo. Yo iba en medio de Logan y Oxley, y eso, si mi mente no estuviese ocupada por el apenado rostro de Gili y la dicha que de momentos me invadía por estar al fin a salvo, me pondría nerviosa, pero no. Era una tontería.
El estéreo iba puesto con un CD de música clásica, reconocía el tema, eran las cuatro estaciones, de Vivaldi, acompañado del fondo soleado y verdoso que se distinguía a través de los cristales, todo era absoluta paz.
En cuanto el sol se escondía tras las espesas y oscuras nubes, comprendí que llegábamos a Potyhul, y no era porque siempre se halle así, sino, porque es época de invierno.
Me abracé en los hombros de Logan, mientras un tanto gruñón Oxley nos seguía por detrás. Había pedido que me dejen en casa y pregunté si alguno de los chicos deseaba acompañarme y puesto que ambos habían accedido…
Tenía la ligera sospecha que mamá no se encontraría muy bien. Mejor dicho, era lógico que mamá no está bien; cuantos días llevo fuera y todo lo demás. Esperaba que estuviera bien.
Nos despedimos agitando los brazos y así emprendimos marcha hasta la puerta de mi casa. El corazón me latía muy fuerte y las manos comenzaban a sudarme: estaba nerviosísima. Logan lo notó, y me apretó el hombro, transfiriéndome apoyo.
El rostro desganado y triste de mi madre me puso la piel de gallina: su aspecto era demacrado. Llevaba la mascara de pestañas rodeándole los ojos, el pelo desgreñado y un pijama sucio.
—Mamá —musité, lanzándome a sus brazos.
No había escuchado un sollozo tan fuerte escapar de ella: lloraba ruidosamente, y se enjugaba las lágrimas con la manga sucia. Las dos lloramos por un buen rato, susurrándonos cuanto nos queremos y extrañamos. Cuando mamá hubo acabado conmigo, se dirigió a Oxley, pasando un buen rato con él entre lágrimas. Luego, no tan efusiva, abrazó por unos segundos a Logan, y le pidió disculpas por los malos entendidos.
Finalmente se propuso hacernos un delicioso almuerzo, aunque ya eran las ocho de la noche, sin embargo no habíamos más que comido unas barras de cereal y café, pues llevábamos viajando dos días completos.
—¿Cuánto fue que nos marchamos? —le pregunté a mi madre, mientras la ayudaba a cocinar, haríamos tallarines con salsa.
Ella me observó de soslayo, mientras continuaba picando cebolla y los ojos se le escocían.
—Fue una semana y tres días —replicó maquinalmente.
Me sentí mal y culpable. Se notaba que llevaba la cuenta como algo sagrado, albergando la esperanza de si continuaba con vida o no. No me podía imaginar el sufrimiento de la espera, la tensión de no saber que podría ocurrir, de no saber con que te enfrentarás.
—Una semana muy dura, sin embargo —dijo, como leyéndome el pensamiento—. Siempre supe que estabas con vida, siempre supe que volverías.
Ya estaba farfullando y las lágrimas no eran solo producto de la cebolla. Detuvo la labor por unos minutos, en los cuales la abracé con todas mis fuerzas, entregándole todo mi amor.
—Te quiero tanto hija —susurraba en mi oído, mientras me acariciaba el pelo—. Prométeme que andarás con más cuidado ¿si?
—Lo prometo —repliqué con firmeza.
Al cabo de una hora y menos, nuestro almuerzo estaba terminado. Nos ubicamos en la mesa, de manera tal que mi madre quede a mi lado y Logan y Oxley juntos. Mi madre no se atrevía a soltarme.
Mi madre nos sirvió vino, aprovechando la ocasión y la escusa para beber más de la cuenta. De algún modo, hoy no parecía preocuparme.
—Cocina delicioso, Sra. Guzmán —exclamaba Logan, guardando bajo discreción el apetito voraz que le invadía, todo lo contrario a Oxley, quien ya había acabado con el primer plato y reclamaba por otro.
—Gracias, Logan —replicó ella, con una enorme sonrisa—. Y llámame Loreto, a secas.
—Está bien, Loreto.
Mi madre era solo sonrisas, le hacía tan feliz tenerme cerca y al parecer Logan le caía simpático.
Luego de cenar, nos acomodamos en la sala de estar, donde había un equipo electrónico no muy moderno, en el cual mamá colocaba sus cintas con bandas de los setenta, sobre todo de punk. Eso descoloco a Logan, quien era un amante de aquel estilo, ganándose de esa forma toda la estimación de mi madre.
—Cuando tenía su edad, esta música ya era anticuada, pero a mi me seguía gustando. En mis tiempos le decíamos “chévere” a algo genial —comenzó mi madre, mientras yo adquiría rubor en las mejillas—. Yo pertenecía al grupo de los populares, por así decirlo, y era así porque nos gustaba jalar y volarnos con la música. Escuchábamos éxitos de todos los tiempos, psicodelia, rock, punk… ya saben, de todo un poco. Pero había una canción en especial, un tipo de éxito total en Gringolandia, del sesenta y nueve —dio vuelta la cara de la cinta y cerró los ojos—. Escuchen, cierren los ojos, beban algo más de vino y siéntanse volar.
Era “crimson and clover”, de Tommy James & the Shondells. Y, efectivamente, era un éxito de los 70’ que mi madre nunca se aburría de colocarlo, y que, como la mayoría de las canciones que ésta escucha, se vuelven mías.
Oxley sonreía tanto como Logan, y me imaginaba que yo también. Aprovechando que los ojos de mi mejor amigo estaban sellados, me aproxime a Logan y besé sus labios por una fracción de segundo, provocando que éste de un respingo, reaccione y me acune en su pecho, sin soltarme más.
Ya entrada la noche, los chicos se marcharon en un taxi. Los hubiese ido a dejar en mi coche, pero éste se encontraba aún en casa de Logan, quien prometió llevármelo por la mañana, lo que me ponía aún más feliz, porque lo vería al cabo de unas pocas horas.
Esa noche dormí con mi madre, las dos muy sonrientes y abrazadas en su gran cama. No me había sentido tan agotada y feliz desde nunca, y por tanto, pensaba almacenar en mi memoria estos recuerdos para siempre.
Al cabo de una semana, las cosas no empezaron a salir tan bien. Ingresábamos a clases, las vacaciones de invierno acababan. Era lunes por la madrugada, y yo no podía dormir. Hace unas horas Logan se había marchado, se había vuelto costumbre vernos todos los días, y yo no me podía quitar su fragancia de la cabeza, ni aquella noche, que parece tan lejana, en la cual lo hicimos.
Sí. Desde entonces no hacemos el amor, y no entendía como Logan lo llevaba tan bien. Siquiera un indicio de molestia, desesperación ¡deseo! Pero nada, parecía ser que la única deseosa era yo. Y eso debía acabar, necesitaba calmarme.
Mañana entraría a clases, y aunque suene una tontería, eso me aterraba. Odiaba aquel sitio, que tanto me desagrada. Odiaba ir en segundo, mientras Logan y Oxley irían en cuarto, tan lejanos como nunca. Y odio la idea de tener que soportar a una manga de imbéciles.
Detestaba a mis compañeras, eran todas unas cabezas huecas y superficiales, detestaba a mis compañeros, que eran tal cual que las anteriores. Era un ambiente de mierda, y yo era una especie de abominación en aquel sitio. Si no fuese por Oxley, andaría sola por los pasillos, quizás siendo protagonista de las bromas de los tíos mayores o menores, quien sabe. Siempre hay una victima indefensa que cae en las redes de aquellos ridículos, y yo era presa fácil, lo admitía. Me gusta estudiar, al menos, lo suficiente como para algún día irme muy lejos a estudiar literatura, escribir libros y ser feliz. Y me gusta escribir, evidentemente, lo que muchos no saben y si se llegasen a enterar, no les causaría nada más que risa.
Como decía, Oxley es alguien muy conocido dentro del instituto. Es el muchacho más guapo, es bisexual (lo que parece atraer mujeres por doquier) y escribe, lo que, proviniendo de él, no es malo, es guay. Por tanto, llevarte con él es un obsequio del cielo y debes aprovecharlo, pero, también te ganas enemigos, y esos enemigos son las muchachitas, e incluso muchachos, que se encuentran perdidamente enamorados de Ox.
Es extraño, pero Oxley no disfruta de su popularidad. Él siempre ha preferido ser un marginado, y se esmera en parecerlo. Se lleva conmigo, en primer lugar y contamos con un no muy gran grupo de amigos, con los cuales constantemente estamos saliendo y disfrutando de nuestras vidas. Todos son chicos muy especiales, de diversos intereses y sobre todo amantes del arte. No me sorprende para nada haber encontrado a Logan allí, quien, reconocido por esta gente (bastante especial) fue llevado aquel día a las salidas de San Juan, cerca del río y la fogata, en donde le conocí.
El recuerdo me robó una sonrisa, y me animé a dormir, soñando con Logan e imaginando que mañana nos veríamos, otra vez.
Siempre he dicho que el uniforme, además de ser horrible, es muy incomodo. El reflejo del espejo mostraba mi silueta oculta tras los trapos que utilizábamos como vestimenta: una falda plisada a cuadros que me quedaba debajo de las rodillas y un jersey de lana rojo, con la insignia de la institución “Rodael”. Especialmente hoy me preocupaba en lucir hermosa, por tanto me había tomado el pelo negro en una coleta, aplicado mascara en las pestañas y brillo en los labios. Muy sutil, aunque no mucho había cambiado.
En fin, no consideraba para nada importante el hecho de arreglarme, pero debía admitir que me sentía nerviosa ante la expectativa de que Logan me viese bonita. Me eché perfume y cogiendo la chaqueta, me marché al instituto.
—Llego la chica con el coche guay.
Era Logan, quien lucía radiante con el uniforme de la institución, acentuándosele el dorso y los hombros anchos. Solté un suspiro por inercia y me arrojé a sus brazos.
—¿Así que auto mutilándote? —bromeé también, viendo que llevaba un nuevo pendiente en la nariz.
Apegó su cuerpo al mio, chocando mi espalda contra la puerta del antiguo escarabajo.
—¿No te gusta? —su voz me parecía un susurro, ya que entraba en el transe de embriagues por su olor.
Le vi el rostro con atención, tratando de concentrarme. Y fijé mis ojos en los suyos, en aquel océano sereno con destellos dorados.
—Me encanta —admití, bajando los ojos a sus labios—. Me encantas.
Logan rio disimuladamente, mientras aproximaba cada vez más su rostro al mío.
—Bésame —pedí en un susurro.
Y sus labios se fusionaron con los míos. Abrí la boca, dejándole ingresar, sintiendo las piernas flaquear y una tremenda desesperación por tocarlo, desordenarle el pelo, que vaya más y más rápido. Nuestro beso era furioso y apasionado, sus manos jugaban con mi cintura, frotándola y apretándola. Nos vimos en la obligación de tomar un respiro, pues por poco olvidábamos que somos humanos y debemos respirar.
—Te quiero —dijo él.
—Yo también —murmuré con voz ronca.
Nos dimos un último beso, este algo más corto y menos pasional.
—Te eche de menos toda la noche —le decía, mientras traspasábamos el pasillo atados de la mano.
Logan me vio sonriente.
—¿Cómo me vas a echar de menos, si han pasado unas horas solamente?
—Creo que te quiero mucho —admití.
Su risa en vez de ponerme feliz, en ese instante me hizo sentir insegura ¿él no me quería, tanto como yo a él? Decidí suprimir aquella idea de mi mente y dejar de pensar, definitivamente.
A veces pensaba demasiado y sin parar, lo cual, en situaciones como estas, no era del todo conveniente. Uno debía dejar fluir las situaciones, no estancarlas donde no hay nada diferente.
Logan rodeó mi cintura con su grueso brazo y depositó por unos cortos minutos los labios en mi pelo.
—¿Cuánto llevas en el instituto? —de pronto la idea me causó curiosidad, pues Logan parecía manejarse la mar de bien dentro del edificio, dirigiéndonos gracias a él al edificio norte, donde quedaba mi clase.
—Con esta semana cumplo un mes aquí—replicó.
—Vaya —musité— no te había visto.
Torció la comisura de los labios, pero no volvió el rostro para verme.
—Siempre andas en otro sitio, lejos de la realidad —parecía divagar en recuerdos—. Yo sí te veía, ya sabes… te recuerdo mucho mejor que tú a mí.
Entonces, la imagen del pequeño niño con un Jacinto resucitó en mi memoria.
—Sobre eso…
Pero ya habíamos llegado a mi clase, y acompañados de aún peor suerte, el timbre que anunciaba el ingreso a clases dio su anuncio.
—Más tarde hablamos, te quiero—exclamó con rapidez, mientras cogía mi rostro y daba un corto beso en mi mejilla.
No hice más que sonreír al verlo correr entre la multitud de personas, para desaparecer en el instante en medio de ellas y borrarse de mi campo visual.
La imagen del niño con ojos grandes y azules cubría mi pensamiento. No entendía como pude olvidarlo, pero comprendí que algunas veces el cerebro es tan fuerte que nos evita malos tragos, y parecía que yo, con mis escasos años, sufría más de la cuenta.
Además, solo era una cría ¿no?
Caí en la cuenta que me había abstraído en mis pensamientos, de manera tal que mi cuerpo estaba echado sobre el marco de la puerta, imposibilitando el paso de los alumnos que ingresaban al salón. Me sentí avergonzada y me apresuré a ingresar también.
Me acomodé en el pupitre sucesor del profesor, a un lado de la ventana y sin compañero alguno. A través del cristal podía ver el sol radiante y la lluvia caer.
—Que temporal más curioso ¿no crees? —una voz desconocida, proveniente de un hombre, la escuchaba de muy cerca.
Volví la cabeza y me encontré con el rostro de Julián, el novio más o menos formal de Oxley. O bueno, el último novio que éste poseía.
—Debes acostumbrarte a ver cosas como estas —repuse con suavidad, mientras veía con atención como éste acomodaba sus bártulos en la mesa contigua a la mía.
No creía caerle muy bien a Julián, después de todo, era yo la chica que ocupaba la mente de Oxley. Y creía que todo el mundo estaba enterado de ello.
El chico pareció leerme el pensamiento.
—Mira, hace unos días tú no me caías nada de bien —comenzó—, pero dado a que te he visto con ese chico, Lerman, lo más probable es que ahora sí podamos simpatizar. A menos que tengas la intención de salir con los dos chicos…
Solté una carcajada.
—Claro que no —repliqué—. Estoy con Logan, y Oxley es solo mi mejor amigo.
Entonces Julián pareció soltar un respiro de alivio.
—En tal caso, no me caías del todo mal. Tengo que admitir que me parecías bastante curiosa —me observó con una sonrisa en el rostro— ¿Amigos?
Me tendió la mano y con bastantes ánimos, la estreché.
—Amigos.
¿Qué podía ir mejor? Tenía un novio excelente, a mi mejor amigo a mi lado, a su novio como compañero de clases y una clase completa sobre historia universal.
Como suele suceder en clases de historia, mi mente se permite divagar y divagar, como una ametralladora que no hace más que disparar ideas y más ideas, lo cual encantaba a mi maestro y al resto de la clase dejaba atónitos. Y como nunca suele suceder, me sentí muy feliz cuando oí el timbre, pues ahora podría ver a Logan.
¡Y él me esperaba fuera, apoyado al marco de la puerta! Me lancé a sus brazos, rodeándole el cuello.
Después de besarlo como una maniaca y dejarle los labios rojos e hinchados, distinguí a Oxley tras Logan, no muy sonriente.
—¿Qué tal Ox? —lo saludé, sin soltarme de Logan.
—Bien —replicó conciso.
Cambié miradas con Logan y le susurré:
—¿Y a éste que le pasa?
Logan sacudió la cabeza, dándome a entender que no tenía importancia. Esperamos a Oxley, quien esperaba a Julián, y nos marchamos los cuatro al piso oriental, el sector de los cuartos, donde se hallaban la mayoría de nuestros amigos.
Mientras andábamos por los pasillos, las miradas parecían fulminarme directamente a mí. Nadie podía creer —ni mucho menos yo— la fortuna que tenía al estar rodeada de gente tan bien parecida como lo son éstos chicos. Pero bueno, algún día dejarían la estupidez de tachar a alguien por lo que hace o por lo que es, pues era algo infantil agrupar personas como populares, como no, y como nadie.
La verdad, me parecía una completa estupidez que la gente aún se fije en lo superficial. Admitía que yo también había visto muy guapo a Logan y todo lo demás, pero más me intereso cuando le conocí, cuando supe más o menos quien realmente es.
Sacudí la cabeza y me dije que dejara de pensar, de divagar en pensamientos que no venían al momento. Suele sucederme todo el tiempo, el no dejar de pensar y abstraerme en mi misma, sin vivir el momento y sin ser realmente alguien en toda esta historia.
—Cielo —murmuró Logan— ¿qué harás hoy en la noche?
—Supongo que dormir —repliqué por inercia.
Distinguí una sonrisa burlona en el rostro de Logan.
—¿Qué? —aún no entendía a donde quería llegar. Hoy es lunes, y mañana tendríamos clases a las ocho de la mañana, lo que me obligaba a descansar toda la noche para amanecer repuesta y con ánimos suficientes como para rendir en las puñeteras clases.
—¿Te apetece acompañarme, al teatro?
Fruncí el ceño y le observé con atención.
—Con mi agrupación “teloneros” nos presentaremos —me informó sonriente—, interpretando un guion creado por un anónimo del taller de literatura, de este mismo instituto.
Me sentí algo culpable por no saber mucho de Logan. Jamás me hubiese imaginado que actuase.
—Sería asombroso —exclamé—. No me lo perdería por nada del mundo.
Logan sonrió y me besó en los labios por una fracción de segundo.
El resto de chicos se encontraban tumbados en el suelo, al final del salón vacío y frío, producto de las ventanas abiertas. Era el salón del cuarto año medio “C”, dónde Oxley y Logan asistían. Nos esperaban.
Marco, un rubio enjuto y de cuello alargado, paró de tocar. Era costumbre traer una guitarra y cantar canciones todos los recreos. La mayoría de ahí eran socialistas o con ideologías parecidas, lo que los convertía en gente atractiva para ser utilizados como presas fáciles, pues nos hallábamos en un establecimiento privado, en donde la mayoría creía en la política de ultra derecha. Me prometí olvidar aquel punto… odiaba que mi vida este envuelta en la política.
Nos recibieron con verdadero entusiasmo, ofreciéndonos más de un abrazo y un beso.
Catalina, Sofía, Sarah y Paulina eran las chicas del grupo, todas diferentes, Catalina era algo así como hippie, hablaba de la paz mundial, el amor y le encantaba fumar marihuana (como a todos) pero la diferencia que ella jalaba todo el día. Sofía, era muy alegre, demasiado efusiva y con aparatos de colores en los dientes. Ella pertenecía a una banda, y amaba la poesía. Sarah era la más hermosa de todas, le gustaba frenéticamente el sexo, tenía padres millonarios y le gustaba pintar. Paulina era la ruda, originalmente su pelo era rubio, pero siempre lo teñía azabache, en contraste de su pálido rostro… ella pertenecía también a una banda, pero no esas del colegio, donde sales a desfilar, sino a una banda de rock pesado, donde tocaba la batería.
Tomás, Lorenzo, César, Andrés y Marco eran los chicos del grupo, al igual que las mujeres, todos diferentes. Tomás era gótico, escribe poseía que te obliga a desear cortarte las venas, y sale con Sofía (quién lo creería, ¿no?). Lorenzo y Andrés eran hippies, paz y amor para el mundo. Ambos se tiraban a Catalina, y los tres mantenían una relación, sin conflictos ni nada, pasándose todos los días volados y soñando en un mundo ideal. César era algo más tímido que el resto, siempre salía con disparates, y parecía ser el más inteligente de todos. Él era un ser humano bastante extraño, estaba segura de que sufre de algún trastorno. Al igual que yo, escribe historias y poesía, no falta decir que estuvimos durante dos años en una intensa relación, pero que pronto acabó, al darnos cuenta que no íbamos a ninguna parte, pues los dos nos queríamos por costumbre y por lo mucho que nos gustaba lo que el otro hacía, no porque realmente sintiéramos algo especial, como almas gemelas, una fantasía que los dos manteníamos.
Entonces aquel pensamiento me hizo ver a Logan. Era extraño, pero jamás me sentía tan bien como ahora. Recordaba nuestros momentos épicos con César, pero jamás se comparaba con la turba de emociones que me abatían al momento de tener a Logan cerca.
Quizás él sí era mi alma gemela.
—Chicos —espetó Logan, reclamando la atención de todos—, como algunos ya debéis saber, pertenezco a la agrupación de teatro “los teloneros”, con la cual nos presentaremos en el teatro municipal… quería por tanto invitaros a todos ustedes. La función inicia a las nueve de la noche…
Todos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir, felicitándole y preguntándole más sobre la obra.
—¿Pero qué onda, qué obra es? —preguntaba Sarah, quien recordaba haberse interesado mucho por Logan, en cuanto le conoció. Ello me trajo remordimiento.
—Es un drama vampírico, escrito anónimamente por alguien del grupo de literatura de aquí —comentó Logan, clavándome los ojos encima—. Me dijeron que el nombre queda como incognito, así que, por mucho que desee, no puedo deciros.
“Drama vampírico” —aquel era el tema del último mes, escogido por el profesor de literatura, en donde yo asistía. Recordaba haber escrito un guion, recordaba que a toda la clase se nos había asignado escribir un guion. Y no creía que el mío justamente haya sido seleccionado por la agrupación de teatro.
Marco retomó la canción que había quedado en el aire por nuestra llegada y cantamos alegres en los pocos minutos que de recreo nos quedaban.
El resto del día paso muy rápido, fue como un suspiro cuando ya eran las cuatro de la tarde, y debíamos abandonar la institución. Logan me acompañó hasta mi coche, en donde nos quedamos un momento, abrazados y besándonos, mientras encendíamos un cigarrillo y lo acabábamos al cabo de unos minutos.
—¿Cuál es el nombre de la obra? —le pregunté de la nada, mientras daba una profunda calada al puro.
De pronto Logan me observó con una risa grabada al rostro.
—No te diré —afirmó—. Si lo hago, la obra completa será revelada.
—Vale, entonces esperaré.
Me apretó el muslo y me besó en los labios, soltando el humo del cigarro.
—Te quiero.
—Yo también —dijo él, abriendo la ventana y arrojando la colilla. —Me temo que debo irme, es el último ensayo y…
—No te preocupes —repliqué, observando a través de la oscuridad del aparcamiento—. Nos echaran si no nos marchamos.
—Sí —asintió.
Me dio un fugaz beso en los labios y dejándome con aquella sensación de vértigo y mareo, se marchó en su moto.
Eché a andar el escarabajo, profiriendo éste una especie de rugido. Esquivé la vista del vasto y descolorido edificio, y me alejé con la rapidez máxima que me proporcionaba la escasa velocidad de mi antiguo coche.
—¡Mamá! —chillé, en cuanto entré a casa— ¡llegué!
La casa estaba silenciosa y oscura, lo que me produjo escalofríos. El estómago me gruñó y recordé que aún no almorzaba.
En la nevera había una nota, era de mi madre:
“Fui de compras, vuelvo más tarde.
PD: No alcancé a preparar el almuerzo, pero queda estofado de ayer… solo caliéntalo”.
Sentí un ligero vacío, y no solo en el estomago, sino una extraña sensación de soledad. El teléfono estaba frente a mí y unas intensas ganas de cogerlo me invadieron.
Marqué a Oxley.
—¿Diga? —saludó este, con voz indiferente.
—Ox —largué con voz aguda—. ¿Qué tal?
—Ah. Eres tú—dijo, alegrándosele un poco la voz—. Bien, un poco agotado, pero bien ¿Y tú, qué hay de bueno?
—Eh… no nada, estoy bien. Quería saber como estabas.
Pareció suspirar detrás de la línea. Un incomodo silencio se instaló.
—Acaba de llegar Julián —me informó—. Nos vemos luego.
Y fin de la conversación. Bueno, al menos no pensaba perderse la obra.
Vaya, pensé, como pueden cambiar las cosas de una semana para otra. La relación con Oxley siempre ha sido espontanea, y ahora parecía tan tensa, fría, y ya se me ocurría lo que la transformaba así.
Logan.
Oxley y yo siempre nos hemos amado de una manera intensa, nuestra relación era algo caótico, introvertido, sin ataduras pero con mucho romance y amistad. Aunque él siempre estaba con alguien aparte de mí, era yo quien siempre me mantenía solitaria y a disponibilidad plena para él. Pero hoy eso acababa: yo salía formalmente con Logan, lo cual prescindía las visitas con Oxley y nos volvía a una relación de amistad nada más. Una sola vez, antes de Logan, yo había puesto un límite, cuando comencé a salir con César. Aquella vez la reacción de Oxley fue diferente: no nos distanciamos como ahora, ni mucho menos, él estaba feliz por la decisión que yo había resuelto y nos felicitaba todo el tiempo. Quizás era porque estaba al tanto que lo mío con César era efímero o solo quizás le desagradaba especialmente Logan.
O quizás, haya decidido que realmente me ama.
Esperanzada en que la última alternativa fuese la incorrecta, metí al horno el estofado que mi madre preparó. Subí a mi habitación, me desprendí del incomodo uniforme, y dándome una ducha rápida, baje envuelta en una toalla a servirme la cena.
Aún tenía intenciones de verme guapa, por lo tanto dedique media hora a arreglarme para la noche eterna que se venía hoy. Estaba completamente segura que a casa no volvería, por tanto guardé mi uniforme en una mochila, junto a los cuadernos de mañana y los bártulos.
Debía llamar a mi madre, pero eso lo haría luego. Contaba con libertad absoluta desde que tengo consciencia.
Observé mi armario con atención, tratando de hallar algo decente para la ocasión. Algo demasiado formal no asentaría, y algo demasiado informal tampoco. Debía hallar el equilibrio y la moda no parecía ser mi fuerte.
Me decidí por una camiseta holgada de flores, que me cubría la mitad de los muslos, acompañada de un encaje negro, que me ceñía en la cintura y unas calzas cafés, con mis converses preferidas. Dejé mi cabello rizado suelto caer por los hombros y sostuve un mechón que escapaba con un broche de flor que días antes Logan me había obsequiado.
Sonreí ante mi reflejo, me veía muy bonita, y la idea de llevar el broche pondría contentísimo a Logan.
Me abrigué en mi gabán de lana y cogiendo el móvil, marqué a mi madre, informándole que no volvería y me quedaría con Logan, lo que, dado a su extremada confianza, no rechistó y solo me recomendó utilizar protección.
—Vale —dije con voz nerviosa—. Estoy tomando las pastillas, no te preocupes.
Y era verdad. En cuanto mi madre se enteró que salía con César, me compró varias cajas de anticonceptivos, los cuales jamás se agotaron, pues nunca los utilicé. Pero ahora era diferente, yo era activa, y Logan me volvía loca.
Aparqué el coche en el estacionamiento del edificio, uno grisáceo de piedra, que contenía el emblema de la ciudad.
“Un lugar feliz, para gente feliz”.
Siempre Potyhul me parecía salido de un cuento de horror. Su extraño clima, la gente que lo rodeaba, los edificios, todo tan críptico y a la vez tan aburrido, por ser una pequeña ciudad dentro de un pequeño país, aislado de toda Latinoamérica, pero que, sin embargo, contaba como parte de ella.
Eran cinco para las nueve, y la función estaba por comenzar. Un nudo me apretó el estómago y me dispuse a andar más rápido e ingresar al edificio. Cuando hube llegado, me costó un poco dar con mis amigos y cuando creía que no los encontraría en ningún sitio, ya visitando la primera fila ante el escenario, distinguí la hilera de sillas completa ocupada por ellos, con una restante para mí.
Agradecí en un susurro, puesto que las luces habían sido bajadas y todos guardaban silencio.
—Hola —saludé a Sarah— ¿llevan mucho esperando?
Ella asintió y me indico con el índice que me callara.
Una voz áspera e intrigante resonó a través de los parlantes. Él tipo anunciaba a los teloneros y confería al fin el nombre de la obra.
—“Gin para todos, de Gabriela Sáez —finalizó.
El telón ascendió, enseñando el dorso desnudo de Logan.
El corazón me dio un brinco y una especie de ansias me invadieron ¡ese era mi guion! ¡Ese era mi guion! Y yo jamás coloque una anonimato, Logan me había engañado… y Dios, ¡mi obra había sido escogida, y ahora interpretada! Pero mi regocijo personal acabó y toda mi atención fue a parar al escenario, donde Logan hacía de Pershon, el vampiro recientemente convertido por su hermana menor, una loca maniaca por la sangre, que pese a reprimir la sed que le provocaba su hermano, lo había convertido.
Pershon, a través de un punzante monólogo describía el intenso ardor que traspasaba su cuerpo, que le abrasaba las entrañas. Y Luna, su hermana, en un intento desesperado por acabar con su dolor, le clavaba una estaca en el pecho, para terminar con su existencia definitivamente. Sin embargo, Pershon sobrevive, y perdona a su pequeña hermana. Él, detestando su condición, trata de acabar con su vida, pues la sed que amenaza día tras día acabar con su cordura no termina nunca.
Un día Pershon descubre que puede sobrevivir bebiendo sangre de animal, como en su vida humana, donde degustaba del sabor de la carne animal. Ahora sería diferente, el bebería la sangre. Conciliando con su odio hacia su persona, consigue interactuar con la sociedad como alguien normal, sin levantar sospecha alguna. Decide estudiar sobre todo, va a la universidad, se traslada contantemente y lidia con la sed de su hermana, tratando de ayudarla, sin conseguirlo luego de varios siglos.
Ya en la actualidad, Pershon vive en Zúrich, Suiza. Allí conoce un instituto de secundario fundando por una vampiresa muy antigua, la cual le ofrece trabajo como profesor y con quien comienza una relación, más que nada por la soledad de tantos años.
Repartiendo clases, conoce a un humano que le llama profundamente la atención, de quien termina profundamente enamorado. Pershon descubre que su alma gemela era aquel chico de ojos ceniza.
Clandestinamente mantienen una relación, ocultándose de la Sra. Lillin, la directora y de la hermana de Pershon, que últimamente amenazaba con arrebatar la vida de todo aquello que estuviese vinculado con Pershon, pues ella comenzó a odiarlo, por la insistencia que este tenía en obligarla a acabar con su costumbre de beber sangre humana.
Cuando Pershon le confesaba a la Sra. Lillin que no la amaba y que en realidad amaba a Gin, su hermana efectuaba una visita a casa de Pershon, donde se hallaba Gin.
Cuando Pershon descubre el cadáver literalmente seco de su amado, le grita por favor a su hermana que acabe con su vida, pero ésta, indolente, se marcha sin más.
La obra termina con Luna, con los dientes manchados de sangre y los ojos perdidos, diciendo:
—¡Gin para todos!
El telón descendió y la reacción del público fue silencio absoluto, algún sollozo por hay y finalmente una ola de aplausos.
Entonces el elenco apareció una vez más, y Logan aún con el pecho descubierto y con un micrófono en mano, dijo:
—La autora de esta obra pertenece al taller de literatura de la institución Rodael, y tengo el gusto presentárosla —se acercó al límite del escenario y buscándome con la mirada, exclamó— Gabriela Sáez, acércate por favor.
Tragué saliva ruidosamente. El murmuro tenía todos alerta, buscando en algún lugar donde estaba la tal Gabriela. Lo que no sabían es que la chica soy yo.
Mis amigos me tomaron por los hombros, y Oxley, arrastrándome hasta las escaleras, me alentaba a través de susurros que vaya.
Con torpeza, y por poco tropezando en el escenario, llegué a un lado de Logan, quien se apresuró a susurrar “felicidades” y a cogerme del brazo. Yo también le susurré “felicidades” pues era el mejor para interpretar a Pershon.
Logan me acercó el micrófono y yo no tenía idea de que decir, frente a tanta gente, frente a tantos rostro conocidos y desconocidos. Me aclaré la garganta y con voz trémula comencé:
—Yo no tenía idea de que mi obra había sido la elegida. Vine con la intención de ver a mi novio actuar… y cuando lo veo interpretando a Pershon… fue, guay —sonreí un instante, estaba demasiado nerviosa—. Y bueno, escribí “Gin para todos” de manera espontanea. El profesor de literatura nos encomendó a la clase hacer una obra, que nos creyésemos dramaturgos: y creo que funcionó. Supongo. Lo mejor de todo, era la idea de utilizar vampiros, de los cuales estoy fielmente ligada, y en ello, en una sola noche, surgió el drama de Pershon. Y bueno, Gin surgió después de leer 1984, de George Orwell, en donde la bebida grasienta descrita allí no podía borrarse de mi pensamiento —eso logró soltar risas—. Y en fin, estoy muy agradecida con “los teloneros” por seleccionar en primer lugar mi obra y en segundo lugar, por interpretar tan de pu… tan bien algo que solo creía capaz de quedar siempre en mi imaginación.
El aplauso y las risas fueron masivos. El tembleque de mis manos pareció acabar, pero el sudor aún me cubría la frente y las piernas me flaqueaban.
Logan me llevo consigo al vestuario, en donde me presentó al elenco, todos muy simpáticos y alegres, quienes me agradecieron profundamente por escribir la obra. Los invitamos a acompañarnos, pero se resistieron, pues parecían ser mucho más responsables que nosotros mismos.
Nos reagrupamos junto a los chicos, y decidimos ir a casa de Sarah, quien tenía la casona más grande del mundo y la disponibilidad de todo tipo de tragos y vicios posibles. Definitivamente, hoy no descansaríamos.
Logan manejaba mi escarabajo y llevábamos a los hippies en los asientos traseros, con Catalina en medio y sus novios a sus lados.
Encendí la radio, y la sintonicé como por arte divino en la misma canción que aquel día mi madre nos enseñó. Andrés nos convidó marihuana, y mientras Logan conducía, jalamos un poco, incluso éste.
Los chicos me ofrecieron otro, y no rechisté. Se sentía tan suave, ágil, todo tan veloz y tranquilo.
El corazón se me agitó como siempre y los oídos se me volvieron sensibles. Logan subió el volumen de la radio, ahora con los Beatles.
—¿Qué sintonía es esa? —pregunté, creyendo que alguno sabía.
—No sé—contestó Catalina, con los ojos muy rojos—. Pero es buenísima.
Apreté el muslo de Logan, sacándole una sonrisa del rostro. Le dio una última calada al pitillo, y me lanzó el humo en la boca.
—La carretera —musité, fuera de mí.
—La carretera —repitió él.
Llegamos a casa de Sarah, la cual se hallaba apartada de la ciudad como todos los ricachones que decidían lo mismo, encontrar paz en el campo y fuera del alcance del ruido de la ciudad.
La casona, como antes dije, era toda de cristal. No había privacidad alguna allí, salvo por unas cuantas cortinas que cubrían algunas habitaciones. Tras la casa había un tipo de sendero que te dirigía a un estilo de lago artificial. Delante de la casa, un jardín cuajado de flores de todos tipos y arbustos muy bien cuidados ocultaba los cristales. Traspasamos el corto tramo dibujado en piedras para llegar al porche, donde se encontraba Sarah y el resto, esperándonos mientras conversaban sobre no sé que cosa.
Entonces descubrí que esperaban precisamente a Logan y a mí, con un pastel que tenía escrito “felicidades”.
El gesto me pareció muy tierno y me puse a llorar. Soy muy emocional.
— ¡Felicidades, chicos!
Fueron puros abrazos, felicitaciones y cariños. Y yo, lágrimas y lágrimas.
Entramos a la casa, escapando del frío que afuera había. El viento nos azotaba en la cara y nos amenazaba con infiltrarse dentro de nuestros poros.
Sarah nos dirigió al salón de estar, el cual se hallaba al final de la casa, sin cortina alguna y con vista perfecta al lago artificial. Giró unos botones que se hallaban en la esquina de la pared, encendiendo la luz y el aparato de música, reproduciendo a Vangelis, su intérprete favorito y uno de los míos también. El reproductor no veía en sitio alguno, solo se veía la habitación con suelo, paredes y techo claros, en una combinación de cremas, pendiendo de las paredes cuadros blancos, con una serie de puntos prácticamente invisibles.
Esos cuadros siempre me habían parecido extraños. Y nunca conseguía suprimir la primera impresión que me provocaban: dejarme boquiabierta y analizándolos por un buen rato. A Logan parecía ocurrirle lo mismo y me imaginaba que especialmente, luego de fumar de la buena, se estaba yendo en una especie de transe al verlos. Su expresión le delataba.
Por mi parte, me obligué a apartar los ojos de las pinturas, y echarme en el diván alargado y blanco que se encontraba apegado a la pared. En el sitio no había tele, ni mesas, ni ordenadores. Solo el diván y una alfombra de colores claros. Nada más.
La música solemne y progresiva comenzaba a surtir efecto en mis sentidos. Las ganas de extender mis brazos y piernas, abrazarme con agilidad, girar y brincar acrecentaban en mi pecho. Logan se acomodó a mi lado del diván, mirándome con los ojos rojos y las pupilas dilatadas: fumaba otro porro.
Sin embargo, continuaba luciendo muy sexy.
Las chicas comenzaron a hacer mucho ruido, trayendo consigo botellas de absenta, un licor muy fuerte, de color verde fluorescente y poco frecuente en Potyhul, que por más de alguno de nosotros llamábamos como el “hada verde” pues nos hacia alucinar.
Parecía que solo nosotros dos ya estábamos bastante colocados, y bueno, los hippies siempre lo estaban, pero que Logan y yo iniciemos antes de la verdadera celebración era todo un insulto para el resto. Así que nos escabullimos al baño, en donde nos mojamos el rostro y tratamos de despertar.
—Estoy es muy gracioso —decía Logan, mientras se secaba la cara con una toalla—, es la primera vez que vengo aquí y en estas condiciones.
Sonreí.
—No te preocupes… la celebración va dedicada a nosotros. Tenemos ventajas.
Negó con la cabeza y rodeó mi cintura.
—Gaby —musitó— ¿cuánto ha pasado desde…?
Su voz sonaba insegura, como si tuviese vergüenza en terminar la oración.
—¿Desde que no tenemos sexo? —terminé por él, a lo que asintió—. Desde que se llevaron a Gili.
El extraterrestre aún me traía recuerdos punzantes, pero como la memoria es frágil y el ser humano olvida con facilidad lo que no es tangible para el, cada vez se me hacía más sencillo lidiar con el recuerdo de aquel día.
—¿Y piensas que algún día…?
—Claro —me apresuré a contestar—. La verdad es que me lo he estado pensando… y creía que tú no querías.
—¡Quiero! —exclamó, ruborizándose—. Pensé que te molestaría si yo…
—Tienes que pensar que soy diferente —le dedique una sonrisa—. A veces pienso/siento más como hombre que como mujer. Créeme, soy muuuy caliente.
Mi declaración lo había dejado perplejo, sin embargo. Pero las risas no faltaron, y los besos tampoco.
—Entonces, pronto.
—Muy pronto —asentí, besándole los labios.
Volvimos al salón de la mano, donde continuaba Vangelis de fondo y ahora acompañado de risas alegres. Nos acomodamos en el suelo, mientras nos servían vino y nos integraban a la conversación.
—Era un chaval cuando ocurrió —se justificaba Julián, quien se hallaba recostado en el pecho de Ox—. Siempre pensé que el sonido más delicioso era el de una mujer gimiendo.
—¿Y por eso eras un lame-conchas? —bromeó Sarah, viéndole con picardía.
—No sé que tanto —admitió con picardía—. Me excita aún… pero, ahora me excita más lamer otras cosas…
Oxley quedó colorado, y luego soltó una risita nerviosa, le dio unas palmadas en los hombros y pareció alejarse de él, sin en realidad hacerlo.
—¡Ya! —Exclamó Sarah, incorporándose y cogiendo la botella con absenta— Como ya estáis todo, el juego debe comenzar.
Teníamos la costumbre de jugar al verdad o reto, y la mayoría de las veces el reto era beber de un solo tirón un vaso lleno de aquel alcohol, cuestión que era realmente abominable, pues era costumbre una previa preparación para aquel trago, con un cubito de azúcar y agua desnatada, para disolverlo un poco ya que la concentración del licor era al borde de los 80°.
—¡Yo empiezo! —pidió en un grito César, quien jamás se atrevía a alzar la voz más de la cuenta.
Fijamos los ojos en él, lo que le puso nervioso. Sin embargo no abandonó la valentía de momento y le arrebató de la mano la botella de absenta a Sarah. La hizo girar en el centro por unos segundos, deteniéndose en mí.
—Mierda —murmuré.
Una sonrisa maliciosa cruzó el rostro de César.
—Elije: verdad o reto.
Observé de soslayo a Logan, quien me miraba de manera intensa, transfiriéndome confianza.
—Verdad —no estaba dispuesta a beber como una salvaje.
Y la sonrisa pareció ensanchársele.
—¿Ya te acostaste con Logan? —su pregunta sonó como un dardo, en el cual yo era el blanco. Mis ojos fueron a parar por instinto a los de Oxley, quien ahora llevaba el ceño fruncido. Y vi a Logan, quien llevaba una expresión inescrutable.
—Sí —contesté con seguridad.
—¡Ay, este César, siempre mal utilizando las preguntas! —rezongaba la tierna de Sofía, quien se hallaba acurrucada al pecho de su novio, el chico gótico—. ¡Eso ya todos lo sabíamos, para que tan redundante!
Sí—le seguí el hilo, a través del pensamiento— ¿Para qué tan redundante? Oh… bueno, habría que retroceder el tiempo, dos años atrás precisamente, y recordar cuántas veces me negué a hacerlo con él. Y bueno, también al tratarse de la presencia de Oxley, claro, quien parecía echo añicos con la declaración, pero que, sin embargo, se mantenía estable, tratando de disimular no muy bien su enfado.
—Está bien —dijo Logan—. Ahora yo.
La ronda continuó con normalidad, nadie se atrevía a elegir verdad, y todos preferían pasar el fuerte trago por la garganta antes de ser humillados. O bien (que era lo más probable), estaban deseosos con la expectativa de alucinar.
Entonces, le tocó a Oxley, lo que me llevó a prestar total atención.
—Verdad o reto —le decía Logan.
—Verdad —replicó con sequedad.
—Bien. Besa a la mujer u hombre más hermoso de este lugar.
Creía que Oxley no se pondría de pie, pero lo hizo. Se quedo en medio del círculo, como en vista de la periferia, viendo a través de los ojos de cada uno de nosotros. Y finalmente se detuvo en los míos.
—Para mí eres la más hermosa, por dentro, por fuera, por donde te vea —susurraba, mientras inclinaba la cabeza y me traspasaba con aquellos ojos castaños— y por eso te elijo.
Me dio un corto beso en los labios, sintiendo por una fracción de segundo lo húmedos que los suyos estaban.
Yo estaba preocupada por la reacción que Logan tendría, pero este mantenía aquel rostro inexpresivo, torciendo levemente la comisura de los labios y apoyando medio cuerpo con el brazo derecho.
Oxley apartó los ojos de mí y volvió con lentitud a su sitio, en donde Julián contenía las lágrimas y no lo recibió para nada tan bien como hace unos segundos antes. Faltaron unos segundos, en los cuales el pobre y lindo muchachito de cabellos dorados y piel nívea huyó de la habitación, con lágrimas en los ojos.
Me sentí muy mal, como si tuviese la culpa de que Oxley me siguiese queriendo de esa forma. Me sentí mal por Julián y me sentí mal por haber deseado que Ox me elija, porque yo deseaba que el gritase que era yo la más hermosa para él.
La noche desde aquel incidente pareció agotarse. Los ánimos habían caído y el juego parado. Bebimos ahora el ajenjo preparado, solo un par de vasos, para decir adiós y volver a nuestros hogares.
Eran las seis de la mañana, y el firmamento comenzaba a mostrar inicios del alba, sin embargo, aun todo se hallaba muy oscuro y frío. Logan manejó el escarabajo, y esta vez no llevamos a nadie.
Guardábamos silencio mientras traspasábamos la carretera, ya que como antes dije, la casona de Sarah se hallaba fuera de la ciudad.
Logan detuvo el choche cerca de la playa, la cual no quedaba muy lejos de la casa de Sarah.
Me observó con intensidad, a través de sus ojos azules. Su respiración era entrecortada, al igual que la mía. De pronto se lanzó hacia mí, besándome con ferocidad en los labios. Sus manos recorrían mis muslos, ascendiendo cada vez más, en una sola dirección. Yo estaba medio paralizada, entre pedirle que se detenga o que continúe, pero cuando su mano acarició en círculos bajo mi estomago, se me olvidó hasta respirar; el asunto de Oxley parecía no tener mayor importancia y lo único que cruzaba mis pensamientos era el deseo morboso de tener a Logan dentro de mí.
De hacerlo mío.
Recordaba que, cuando lo habíamos hecho por primera vez, yo repetía una y otra vez eso: hacerlo mío. Logan es mío. Todo mío. Y aunque me convenciera que Logan era libre, que no debía pertenecerme, ni todas esas chorradas, un azote de fuerte deseo me desesperaba.
Lo besaba, mordía, acariciaba ¡me volvía loca, me descontrolaba!
Estaba intentando bajar el asiento, y fue repentino cuando la palanca cedió y me echó atrás de la nada. Nos largamos a reír por unos cortos segundos, para continuar con la labor de quitarnos la ropa y besarnos.
Logan se quitó la sudadera oscura, me quitó el abrigo de lana, yo le quité la camiseta. Y me detuve ahí.
Cambiamos de posición, de manera tal que él quedase tumbado sobre el asiento y yo sobre él. Comencé a besarle la frente, despacio, para descender a sus parpados, pómulos, nariz, labios, cuello, clavícula… y quedarme ahí, otra vez. En su clavícula.
Recordé entonces cuantas veces sentía esa especie de pánico por el olor de la sangre.
Recordé cuantas veces desvanecía por verla.
Recordé el muslo sangriento de Yegor, y un rugido escapó de mis labios.
No era pánico, era sed. Una sed tremenda, que jamás pude comprender y que me aterraba poseer. Loreto, mi madre, siempre me había advertido sobre ello.
Sobre la sed.
Y me había enseñado que la mejor manera de combatirla era pensando en el pánico, huyendo de ella.
Pero ahora tenía sangre fresca, caliente, que parecía llamarme, gritarme a que cediera.
—Gaby —murmuró Logan—, hazlo, por el amor de dios…
Y clavé mis dientes en su clavícula, absorbiendo aquel manjar que me recorría mi garganta, llenándome de regocijo.
Ahora comprendía porque detestaba tanto a Luna: yo me creía muchas veces como ella. Yo estaba sedienta de Logan, sedienta de su sangre que quería como mía… de todo él.
Logan lanzó un sordo alarido, revolviéndose tras mi cuerpo, para luego paralizarse y eructársele el caliente tizón oculto tras sus vaqueros.
Debía parar… debía parar, me auto convencía.
Pero los gemidos de Logan, sus manos acariciándome la cintura desnuda y por sobre todo la delicia de su sangre no me lo permitían.
Entonces sus manos se detuvieron y al fin logré quitarle los dientes de encima. El color de su rostro era cetrino y sus labios lívidos, aún veía, su corazón latía, pero aparentaba estar muerto.
—Está vez te excediste —me decía con suavidad, acariciándome el dorso de la mano.
Yo lo miraba con incredibilidad.
¿Qué él acaso estaba consiente de que yo soy un vampiro?